‹ Historias en la Morgue • La perversidad está ahí fuera ›
Bajó las persianas como cada noche antes de dormir, sin embargo antes de alejarse de la ventana alcanzó a ver su silueta. La luz que emanaba del farol de la esquina iluminaba la escena. Se quedo ahí, al pie de la ventana, observándolo, memorizando cada movimiento. A los pocos días esta actividad se había convertido en parte de su rutina.
Caminaba de prisa, el trabajo había estado horrible, ansiaba llegar a su casa para darse un baño. Al doblar la esquina se percató de su presencia, no pudo contener la sonrisa, rápidamente ideó algo para acercase.
-¡Hola! ¿Te ayudo?- dijo nerviosa.
-Gracias, está bien- respondió él.
-Ok, si necesitas algo me avisas, vivo en el 305B- agregó María emocionada.
Subió de prisa mientras repasaba mentalmente lo ocurrido, sonreía. Al entrar se dirigió hacia la ventana esperando poder contemplarlo de nuevo, no tuvo mucha suerte, Juan había desaparecido. Desilusionada fue a encender la ducha para tomar el baño que tanto necesitaba.
Entró a la habitación y poco a poco fue deshaciéndose de la ropa, llegó a la tina y se sumergió. La sangre comenzaba a fluir con mayor rapidez dentro de su torrente sanguíneo, gotas de sudor resbalaban de su frente, empezó a gemir. La humedad se hizo presente dentro de su interior, lo único en que podía pensar era en él, en sus movimientos, en sus manos torpes, en sus piernas inertes, en la dificultad que expresaba su cuerpo para desplazarse. Por un lado sentía una gran admiración por él, por el otro lo compadecía, le tenía lástima, se sentía superior a él y por tanto con la capacidad y el derecho de ofrecerle su ayuda, de cuidarlo, de protejerlo.
El teléfono sonó repentinamente sacando a Maria de su trance, era de la oficina, había llegado un nuevo paciente, contusiones múltiples, accidente automovilístico, cuadraplejía completa. María sonrió ilusionada.
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11 comments
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Marzo 21, 2008 at 4:48 pm
Sara
si hasta haces que parezca interesante! jajajajaja
por cierto: no la pueden llamar de la oficina, sino de la clinica, del hospital o del consultorio, pero es un detalle menor ante la historia jajajaja
me gusto
saludos!
Marzo 22, 2008 at 12:07 am
Lidia
Marzo 22, 2008 at 1:52 am
l i l i t h
que deeeenso.
muy bien Ana, excelente regreso.
pd. nomás la onda de la sangre y el torrente sanguíneo tan cerca… pero es una cuestión menor.
Marzo 23, 2008 at 9:04 am
Raúl V. Ortiz
Bueno la que haya sido, el texto está genial.
Ya sentía que me metía a bañar con ella jejeje.
Felicidades
Marzo 24, 2008 at 9:30 am
3rn3st0
Marzo 25, 2008 at 6:31 pm
Cazador de Tatuajes
La reflexión en la bañera simplemente no tiene madre.
Misión cumplida, te luciste
Marzo 26, 2008 at 11:42 pm
Ana
Sara: Creo que en los hospitales, las clínicas y los centros de rehabiltación poseen oficinas, whatever. Decidí escribir “oficina” y no lo que tu propones para hacer más inesperado el final. Respecto a hacer que suene interesante, créeme que lo es!
Lidia:Mi personaje no goza con el dolor ajeno, eso seria sadismo, y no creo que María sea sádica, es más bien la fijación que tiene con el cuerpo paralizado y la dificultad de movimiento que presenta Juan.
Lilith:Captaste mejor la idea. De acuerdísimo contigo sobre la “sangre” y lo “sanguíneo” me fije hasta que ya lo había enviado, sorry!
Raúl: A estos paráfilicos los denominan “devottes” hoy en día. Qué bueno que sintió con ella!
Ernesto: Gracias!
Cazador: ¿Por qué fuertísimo?
Marzo 28, 2008 at 9:40 am
Rox
Muy buen relato, excelentemente narrada.
Marzo 28, 2008 at 4:28 pm
Boqueño Inapasionado
Tu texto está muy pero muy chingón. Felicidades.
Marzo 28, 2008 at 6:29 pm
Ana
Rox:Gracias!
Marzo 28, 2008 at 7:47 pm
El Satánico Dr. Iosephus