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Un mexicano más.

¿Quién iba a sospechar de él? Javier siempre había sido un buen hombre. Además, estaba convencido de que hacía lo correcto. No había de qué avergonzarse.

El bebé no paraba de llorar. La esposa de Javier, todavía con el cuerpo temblando a causa del temor y la rabia contenida, había tratado de tranquilizar a la criatura meciéndola con ternura.

Pero era como si estuviera al tanto de lo que ocurría. De que ellos no eran sus padres. De que todo iba a cambiar a partir de ese momento. El sentido de la vida. ¿Del universo? Todo.

El hombre que lo convenció de hacerlo tenía un aspecto estrafalario. Sombrero de alas anchas, una especie de nudo en el cuello. Calzado relumbrante. Un rostro beatífico.

Aquella noche, cuando lo encontró en el campo, fue cuando le encomendó apoderarse del bebé. Enumeró razones. Le relató que aquel engendro sería la debacle del mundo.

Para convencerlo, puso ante sus ojos imágenes aterradoras. Hambre. Peste. Sed. Caballos de fuego. Javier no tuvo que pensarlo más. Lo haría. A la noche siguiente, entraría a la casa de María y José, y raptaría al pequeño Jesús. Y lo hizo. Armó una treta, y lo hizo.

Se ocultaron en un pueblo cercano.

Pero a Javier el llanto del bebé lo estaba volviendo loco. Deseaba que aquel sujeto cumpliera con su palabra lo más pronto posible. Que se llevara al falso mesías y que hiciera con él lo que fuera necesario.

Fue en ese instante que tocaron a la puerta. ¿Había llegado el momento? El bebé paró de llorar. Afuera estaba el sujeto que había convencido a Javier. Estaba sangrando. Abrieron.