Tres días navegando por el cinturón de asteroides, desactivando escudos y bloqueando señales, escondiéndonos como ratas campestres. Cuando el Wolfshund nos encontró, no tuvimos tiempo para pensar e hicimos lo posible por escapar del ataque inicial. En el respiro, recordamos las enseñanzas de la academia: “El porcentaje de supervivencia al encuentro de un Wolfshund es de un cero por ciento, absoluto”.
En el segundo encuentro, descubrimos que los asteorides ayudaban a bloquear la señal y podíamos huir entre ellos, pero el Wolfshund era un cazador persistente. Nos destrozó el área común. Mac, entre las alarmas y el fuego, sugirió que apagaramos el escudo. Sonó como un escupitajo. Habíamos sobrevivido una vez, y este segundo encuentro era el segundo round, en nuestra cabeza esto lo decidía. Nadie quería abandonar cualquier ventaja posible. ¿Bajar el escudo? Troné los labios y di la orden. Cuando bajamos el escudo, el Wolfshund se desorientó y escapamos de sus fauces.
Eso fue hace tres días.
La otra cosa que te enseñan en la academia acerca de los Wolfshund es: “O muere o mata. No conoce medias tintas”. Llevamos días navegando en los asteroides. Mis dos subalternos y yo, después de la evasión exitosa, hemos decidido conservar la nave Casa a costa de lo que sea posible. César, el oficial de suministros, echó a reír. -Si tan sólo tuviéramos ladrillos -dijo entre carcajadas-. seríamos unos puerquitos felices.
-Calma. Vamos a salir de esta y seremos los tres hijos de perra que derrotaron al Wolfshund. ¿Presidente?
Me acaricié las manos. Honestamente, el cinturón de asteroides se había vuelto un punto cómodo. César pidió ladrillos, y bueno, en cierto modo los conseguimos. Estábamos resguardados, quien sabe por cuanto tiempo. Wolfshund, seguramente, nos estaba esperando afuera. Sí. Era como asomarse por la ventana, y mirar la sombra de un lobo.

