El año pasado cometí una equivocación al entrar en esa casa. Marisol me invitó al saber que estaría solo. Puso ojos de perro pateado y me pidió ir a su fiesta familiar. Borracho acepté.
Inmediatamente las observaciones enojosas: “hacen bonita pareja”, “¿qué intenciones tienes?”, “¿cuánto llevan de novios?”. ¿Novios?, ¡teníamos tres meses cogiendo y eso era todo!, ¡eso iba a ser todo!
Busqué al tío alcohólico que nunca falta, soporté un improvisado regalo en su intercambio y en algún momento después de las bendiciones me largué, no sin antes intentar meterle mano a una inhospitalaria Marisol, que consideró inapropiado un furtivo faje navideño. Esa vulgar descortesía me catapultó, ya “jalado”, a pedir posada por las calles a grito pelado.
- Ja, ja, ja, estás loco.-África reía de buena gana.
- ¡Degenerados!, fui la buena obra navideña para calmar sus conciencias.
- Te invitaron a celebrar y los llamas degenerados.
- Tendrías que ver la bufanda que me regalaron, como para una marcha por el orgullo gay.
Se rió nuevamente y aproveche para proponerle:
- Pasa las fiestas conmigo, compramos comida, botellas y algo de material.
- ¡Como crees!, ¿y mis hijos?
¡Maldición!, celebré Días de la Madre, Pascuas y Días de Muertos en puteros, pero en Navidad invariablemente cierran. Supongo que hasta los seres más viles tienen alguien para celebrar ese día. África debió pensar algo similar, porque puso la familiar cara de perro pateado.
- ¿No tienes con quien pasar Navidad?
¡Joder!, aquí venía la invitación. Me simpatizaba, era buen palo y ya había dejado de cobrarme, pero ir a su casa significaba algo serio. Las prostitutas son mujeres interesantes y las mejores novias, pero también son unas hijas de la chingada si las defraudas, y yo siempre defraudo.
- ¡Claro que tengo a alguien!, pero te voy a extrañar.
Un rato después se vistió, me besó largamente y me dejó solo, sin pavo, sin villancicos, sin nacimiento y sin esperanzas. ¡Me sentí el rey del universo!

