Todas las mañanas es igual. En cuanto despierto comienzo a sudar, envuelto en las sábanas me pregunto primero si aún estoy vivo, estoy tan quieto que puede ser que sea la conciencia del alma y no el cerebro quien piense todo esto. Entonces viene el horror primero, tengo que mover alguna parte del cuerpo para saber que sigo vivo pero ¿cuál mover? ¿Y si durante la noche me quede invalido por alguna razón desconocida o alguna bacteria nueva?, ¿y si de verdad estoy muerto? Muevo primero los dedos de los pies y de las manos, hasta donde entiendo si puedo mover los dedos de pies y manos, podré mover el resto de la extremidad.
Al darme cuenta de que pude moverme, me tranquilizo un poco pues me doy cuenta de que sigo vivo y de que no estoy invalido… aunque aún no puedo estar tan seguro, todo esto puede ser una ilusión, el pensar o tener la sensación de movimiento no es garantía de que no he muerto, es decir, ¿acaso como espíritu no tendría la misma sensación? No tengo más remedio que abrir los ojos. Entonces un frío helado recorre mi espalda, que tal si al abrir los ojos me veo acostado en mi cama muerto; o si perdí la vista y me quedo sumergido en la oscuridad, ¿cómo podré saber si estoy muerto o vivo? Tal vez esa oscuridad sea precisamente la de la muerte.
Finalmente abro los ojos y veo la luz del sol filtrarse a través de las verdes sábanas que cubren mi rostro, y eso es todo, ahora se que estoy vivo, o al menos eso creo, sin embargo me da tanto miedo salir de mi habitación que de no ser por esa mano que me alimenta todos los días, tal vez ya estaría muerto.

