Uno de los policías tiró una colilla al suelo. Inmediatamente después encendí un camel. La banda principal estaba apenas subiendo al escenario, cuando llegué. De eso hacía como media hora. Calculé que duraría una hora más. Busqué un lugar donde sentarme.
Era un festival de rock. La banda estelar, los Bunkers. Hacía mucho que yo me había desconectado de la música, sobre todo del rock. Ya no me interesaba. Nunca había escuchado a los Bunkers y lo que alcanzaba a escuchar desde donde estaba, no me agradó.
Pasaron unos cuarenta minutos y, aunque el concierto seguía, mucha gente empezó a salir. Me sorprendió la cantidad de mujeres que salían. De entre dieciséis años y mi edad. Hay muchas mujeres guapas en Guadalajara, pensé.
Tenemos que hablar, me dijo en cuanto llegué a su casa. A mitad de ese hablar, me llegó el mensaje, ¿puedes venir por mí?, era de mi hermana. Fue la única interrupción.
Al final me dijo, ¿quieres un beso de despedida? Me tardé un poco en responder. Sí, supongo, dije.
Los Bunkers se despidieron. Regresan, dos canciones más y se acaba, pensé. Había ido a muchos conciertos como para no saber. Regresaron, efectivamente, y empezaron a tocar. “Amor adiós, no se puede continuar, ya la magia terminó…”. Reconocí la canción. No la tocaban muy diferente de la original. Canté en voz muy baja, “… no sufras más, quizás mañana nuestro llanto quede atrás…”.
Tocaron otra, luego se acabo. La gente salió. Entre los primeros iban mi hermana y su novio. Los llamé. Mientras me seguían al carro, lo alcancé a escuchar, creo que está borracho, dijo él.
Antes de llevarlo a su casa, pasé a una licorería y compré otra red label. Antes de llegar a su casa, me la había terminado.

