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Uno de los policías tiró una colilla al suelo. Inmediatamente después encendí un camel. La banda principal estaba apenas subiendo al escenario, cuando llegué. De eso hacía como media hora. Calculé que duraría una hora más. Busqué un lugar donde sentarme.

Era un festival de rock. La banda estelar, los Bunkers. Hacía mucho que yo me había desconectado de la música, sobre todo del rock. Ya no me interesaba. Nunca había escuchado a los Bunkers y lo que alcanzaba a escuchar desde donde estaba, no me agradó.

Pasaron unos cuarenta minutos y, aunque el concierto seguía, mucha gente empezó a salir. Me sorprendió la cantidad de mujeres que salían. De entre dieciséis años y mi edad. Hay muchas mujeres guapas en Guadalajara, pensé.

Tenemos que hablar, me dijo en cuanto llegué a su casa. A mitad de ese hablar, me llegó el mensaje, ¿puedes venir por mí?, era de mi hermana. Fue la única interrupción.

Al final me dijo, ¿quieres un beso de despedida? Me tardé un poco en responder. Sí, supongo, dije.

Los Bunkers se despidieron. Regresan, dos canciones más y se acaba, pensé. Había ido a muchos conciertos como para no saber. Regresaron, efectivamente, y empezaron a tocar. “Amor adiós, no se puede continuar, ya la magia terminó…”. Reconocí la canción. No la tocaban muy diferente de la original. Canté en voz muy baja, “… no sufras más, quizás mañana nuestro llanto quede atrás…”.

Tocaron otra, luego se acabo. La gente salió. Entre los primeros iban mi hermana y su novio. Los llamé. Mientras me seguían al carro, lo alcancé a escuchar, creo que está borracho, dijo él.

Antes de llevarlo a su casa, pasé a una licorería y compré otra red label. Antes de llegar a su casa, me la había terminado.

Fue lo primero que se me vino a la mente cuando recibí la pistola y las cien balas hace treintisiete años, venganza. Le di vueltas a la idea durante un par de años. Era muy difícil, una empresa casi imposible, pero no podía pensar en nadie a quien odiase más que a esa turba de salvajes ignorantes. Finalmente me decidí a hacerlo.

Los primeros fueron los más fáciles. Encontré sus nombres en periódicos. Los cacé. He procurado enterarlos a todos del porqué. Mi papá era policía, lo mataron en Tláhuac, les he dicho.

Al principio usaba una bala por persona, pero después encontré placer en su dolor y en su terror. Les disparaba dos o tres veces. A las rodillas, a veces a los genitales y después de un rato, el tiro de gracia. He de reconocer que prefiero matar mujeres.

La cosa se ha ido complicando. Con los rostros que aparecían en los videos como única pista, me ha llevado mucho tiempo encontrarlos. Éste me tomó tres años. Me quedan cuatro balas; ocasionalmente he usado algunas para obtener información y recursos. Podría matarlo con dos y buscar a otro, o usar las cuatro en él. Ya estoy viejo y cansado.

Con la primera se tira al suelo, retorciéndose de dolor. La segunda va a los testículos. Enciendo un cigarro.

Llega el momento, mi cigarro apunto de extinguirse, él agoniza. Me acerco al cabrón y le apago el cigarro en el párpado, después lo apago a él.

Me quedó una bala, ¿ahora qué? Saco la cajetilla y me doy cuenta de que también me queda un solo delicado. Lo enciendo mientras pienso, el último de mi vida.

Habíamos sido un grupo pequeño y muy unido. Durante los cinco años consecuentes a nuestra salida de la preparatoria nos reunimos algunas veces. A dichas reuniones cada vez asistíamos menos personas, hasta que simplemente el tiempo terminó por separarnos definitivamente. Pero ahí estaba Jaime diez años después, llamándonos uno a uno en un injustificado esfuerzo por reunirnos de nuevo. Desde luego yo acepté.

Llegué cinco minutos después de lo acordado. No esperaba ver a tantos, eran todos los que asistían regularmente a las pedas y algunos más. Los salude con efusividad no fingida, de verdad me daba un chingo de gusto verlos.

Jaime, supongo que en un arrebato de nostalgia, sugirió ir al agua azul, un parque que se encuentra a unas diez cuadras de la prepa y que había sido escenario de muchísimas pedas post-clases. Para completar la nostálgica velada compramos licor barato, del que solíamos beber en aquellas tardes de nuestra juventud, pero ahora adquiriendolo en mayor cantidad.

Atardecía, habíamos bebido muchísimo y solo uno pocos seguíamos haciéndolo pero nadie se había ido, como si hubiésemos pactado quedarnos todos hasta el final. Entre pendejadas, una de las muchachas, no recuerdo cual, le dijo a Carolina señalando una rama, mira esa ardilla te va atacar. Carolina agarró una botella vacía y se preparó para lanzársela a la ardilla.

Mientras la observaba recordé cuanto me había gustado siempre y cuanto me gustaba ahora, en ese preciso instante, mientras alzaba la botella, hermosa. Totalmente absorto en Carolina, no la vi venir. La botella reventó contra mi cara abriéndome la ceja.