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Mi día comenzó como de perros: mi padre aparece entre un charco de sangre y yo me siento liberada. Sé que ya nada será lo mismo. Recuerdo el silbido estridente de la locomotora y el fogonazo que rasgó el aire. Siento nauseas cuando evoco los olores de los sesos calientes de él. Me pareció irreal esa mirada apagada, esas pupilas inertes que me miraban atónitas. Incrédula contemplaba esas manos estáticas, esos dedos que un día se resbalaron huidizos sobre mi piel, mientras yo quería morir.

 

El primer silbato de la máquina me advirtió que estuviera lista y decidida. Con su propia arma, la de él, untada con un poco de jugo vaginal de mi coño; una bala con el aroma de ese elixir justo en su cerebro, a cambio del pulgar que él metía en mi sexo, mientras me susurraba: Janie.

 

Corro y corro lejos de mi pena, lejos de mi perpetrador,

rumbo hacia mi liberación;

pero él no sabe que va tras su perdición,

que intenta alcanzar una exhalación,

fue cuando su suerte cambió como un traidor.

 

La segunda sirena me anunció que el camino terminaba. Debía detenerme, enfrentar mi demonio, mirarlo a los ojos, decirle “tu suerte llegó a su fin, en adelante dejaré de ser inocente, el hechizo se acabó”. Siempre supe que estaba sola, a mi no podían creerme, nadie. Y cuando el microrelámpago rompió el viento como un latigazo, me di cuenta que ni siquiera eso calmaría mi dolor. Ya nada será lo mismo. A quienes me voltearon la espalda les digo que “no me adeudan nada, ya no soy la misma, pero él nunca me podrá pagar”.

 

Grito y grito, presa de desesperación,

ya pasó el momento de oír la misma canción,

ahora sólo manipulo el revolver,

luego, no hay como atrás volver.