Se sintió como una escritora profesional al abrir Word y poner las manos sobre el teclado. No lo era. Estaba bastante lejos de serlo. Pero debía terminar el ensayo antes de que oscureciera y enviarlo por e-mail. Se sentía como atrapada bajo el calor que desprendía el techo, sobre el cual caía, como granizo, el despiadado sol de aquél horrible verano. ¿Qué más daba si faltaba a una tarea más? Ni siquiera le darían uno de esos papeles de los que tanto presumen los que sí entraban a la universidad y no se veían obligados a tomar mediocres clases por internet. Se recostó sobre su cama, con las manos detrás de la nuca, y observó el techo por unos momentos. ¿Qué caso tenía? Decidió salir por un helado a la esquina para conseguir un poco de inspiración. Le llamaron la atención un par de pequeñas aves que volaban en la misma dirección en la que ella caminaba. Sintió el fuerte impulso de correr tras de ellas para seguir observándolas, pero no lo hizo. Eran golondrinas, negras desde la cabeza hasta la cola, con las pancitas de colores que lucían cuando por las tardes salían y adornaban el cielo, con sus naranjas, blancos y amarillos. Se dejó hipnotizar un poco en el camino de regreso a casa, después de comprar su helado de guayaba, con su elegante forma de volar. “¿Tendría tanto sentido quedarse a observarlas como escribir el ensayo?”, se dijo mientras se tumbaba sobre la hierba casi recién cortada del pequeño parque de la colonia, “De cualquier manera, ¿Tendrá algún sentido?… No lo sé, pero se ven muy bonitas…”.

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