Articles by mamasan

Músico, poeta y ocioso

29

29.

INT. AUTOBUS EN MOVIMIENTO – CONTINUO

MARCIA ve por la ventana como todo en el exterior pasa rápidamente frente a su mirada. Los ojos de MARCIA se ven llorosos, tiene su celular en la mano.

CORTE A:

INT. CASA DE ANTONIO – CONTINUO

ANTONIO DEJA el vaso de agua sobre la mesa de la cocina y CAMINA hacia la sala donde MARCIA espera sentada en un sofá. Ella tiene un cigarro en la mano y observa a ANTONIO mientras se acerca.

ANTONIO

Solo quiero que me digas como paso, ¿Por qué con él?

MARCIA lo observa, calla unos segundos y ENCIENDE el cigarro.

MARCIA

En aquella reunion con tu alumnos, el se acercó y comenzamos a hablar. En ese momento no sabía que él…

ANTONIO levanta la voz súbitamente interrumpiendo a MARCIA.

ANTONIO

De cualquier manera me engañaste, un engaño por si mismo es doloroso, pero esto? ¡Esto me esta matando Marcia!

REGRESA A:

INT. AUTOBÚS EN MOVIMIENTO – CONTINUO

MARCIA recibe un mensaje en su celular, OBSERVA la pantalla de su teléfono, en la pantalla aparece el nombre de PROF. JUAREZ, MARCIA lee el mensaje que dice:

“Perdóname entiendo lo que hiciste, tu y mi hijo tienen la misma edad. Lo nuestro nunca tuvo futuro.”

El autobús se detiene frente a la escuela, ella observa por la ventana y ve a ANTONIO parado afuera observándola por la ventanilla.

Viajé tanto para encontrarme con ella.

Yo esperaba en el café donde quedamos de vernos, había llegado muy temprano y esperaba solo en la mesa. Pedí un café y me puse los audífonos mientras esperaba.

Siempre he pensado que lo que escucho en mi reproductor musicaliza las escenas a mi alrededor; invariablemente, con solo girar la cabeza, encuentro alguna escena que pudiese sonorizarse con la canción que eligiera el azar. Así pues, después de un breve silencio y justo cuando mi mirada se encontró con una mujer sentada a un par de mesas de distancia, comenzó a reproducirse “Love Burns”.

Lo primero que vi fueron sus ojos llenos de lágrimas. Ella lo miraba fijamente y hablaba algo que no pudo descifrar y él, al responderle, sincronizaba a la perfección con lo que en el reproductor se escuchaba: “…Kiss my love and I wish you’re gone…”. Él no hablaba mucho solo la miraba fijamente y repetía “…Kiss my love and I wish you’re gone…”. De pronto ella se levanta de la mesa sin verlo a los ojos y se marcha muy a prisa. Él se queda inmóvil.

Veo mi reloj y es casi la hora acordada, observo hacia el otro lado de la calle y la reconozco de inmediato: misma silueta que en las fotografías. Veo al tipo en la otra mesa, mirando a la nada y con los ojos rasos de llanto. Yo, sin dudarlo, me levanto de la mesa, dejo algo de dinero y salgo por la puerta de atrás de la cafetería.

Sabía que iba a cometer un error y estaba a tiempo de evitarlo. En el reproductor se escucha: “…Now she’s gone love burns inside me…”. La revelación era clarísima y no quería de regreso ese sentimiento punzante, no en otra ciudad y con la canción incorrecta.

Cerró la última página del libro y lo invadió la incertidumbre. La necesidad de saber sobre el creador de esas líneas llenas de dolor, le generó una angustia que no podía contener. Aunque era bien sabido de lo peligroso que era indagar en los libros prohibidos, él no pudo evitar robar el ejemplar de la vieja librería de la escuela y comenzar a leerlo para saciar su curiosidad.

Orestes había escuchado de una pequeña librería donde podía encontrar manuscritos muy antiguos. Quizás ahí encontraría las respuestas que tanto anhelaba. Caminó por horas en el barrio viejo. Desde una esquina divisó, sobre el dintel de una puerta, un símbolo que revelaba la ubicación de la librería.

Sin reparar por la ausencia del encargado del negocio, entro de prisa; se dirigió a los estantes del fondo. Un raro instinto le decía que ahí encontraría lo que buscaba. Los lomos de cuero roído salían de forma desordenada de un estante. Orestes tomó un libro al azar y comenzó a ojearlo. Al tratar de ver en su interior, las páginas estaban en blanco. Tomó el siguiente libro y se encontró con lo mismo; después tomó otro y otro, sin éxito. Su ansiedad se volvió insoportable, su deseo por encontrar respuestas alimentaba su imaginación.

Casi al borde de la locura toma un ejemplar de apariencia similar a la del libro que lo había perturbado. Al ojearlo, en lugar de hojas en blanco, mostraba ilustraciones y párrafos como los de la copia que él tenía. A diferencia del ejemplar que había hurtado, éste en la última página mostraba el nombre del autor: Orestes Vön Demutch.

Un zumbido atraviesa sus oídos, siente como su vida se escapa del cuerpo con una extraña sensación de bienestar.

Orestes se desploma sin vida en el piso.

Demonios

-Nunca me llevé bien con mi padre, lo sabes-. Dice mirándola con los ojos llenos de lágrimas.

Ella se levanta del sofá y se acerca, se inclina, lo toma de las manos y pone una Mágnum en entre ellas. -Sí, lo sé Carlos, pero quizá esta sea la mejor oportunidad de vencer tus fantasmas del pasado y terminar con su miseria de una vez-.

Carlos responde rabiosamente. Su rostro marcado mostraba lo difícil que había sido mantenerse con vida desde hace algunos años. -Aunque siempre fue un hijo de puta conmigo y con mi madre no puedo hacerlo, a pesar que está ahí dentro devorando lo que queda de ella, no puedo entrar a matar al miserable. Realmente le temo Candace-.

Un silencio entre los dos deja escuchar los jadeos del monstruo, crujidos de huesos al romperse y los chasquidos de cada mordisco. Carlos se lleva las manos a la cabeza; algo que creía olvidado regreso a su mente. Cuando de niño su madre lo escondía cada que su padre borracho llegaba a golpearla brutalmente. Se podía ver su dolor por la expresión en su rostro y su torso curvado.

Repentinamente, Carlos se levanta y camina hacia la habitación, se detiene frente a la puerta un momento, quita el seguro y entra.

Candace lo observa desaparecer tras la puerta al cerrarse. Se escucha un grito y un disparo sordo. Una intranquilidad invade a Candace, entra corriendo a la habitación; encuentra a Carlos en el piso y junto a él, su padre devorando los sesos esparcidos por el suelo.

-Finalmente no pudiste con tus demonios Carlos-. Al borde de las lágrimas y con cautela toma él arma de su compañero de escuadrón. Sale del lugar dejando atrás la horripilante escena.

-Que miserable infancia viviste Carlos-. Pensó Candace.