Me miro al espejo extrañada. Abro y cierro los ojos, saco la lengua y toco el vidrio. Sí, es un espejo. No parece que esté soñando. Escucho unos ronquidos y me aterro. No quiero despertar a nadie hasta averiguar que hago aquí. Siento frío en mis pies y me doy cuenta que estoy descalza. Visto una bata blanca larga, no parezco tener ningún golpe. Cierro la puerta del baño.
Trato con cuidado de averiguar si el espejo tiene también un gabinete. El ruido al abrirse es un poco más fuerte de lo que esperaba pero al acercarme a la puerta no escucho a nadie acercarse. Hilo dental, rastrillos, algodón, alcohol y pastillas. Muchos medicamentos. Leo rápido las cajas de diferentes tamaños y colores: antiácidos, jarabe para la tos, varios tipos de pastillas para el dolor de cabeza, artritis. Veo un bote de pastillas atrás de las cajas. Tiene una etiqueta pero no alcanzo el envase. Al alcanzarlo tiro algo, escucho como a lo lejos un ruido pero no me importa. Comienzo a sentirme muy asustada.
El envase tiene una etiqueta: un nombre y una dirección que no me suenan familiares. Pero una palabra llama mi atención. Por fin siento acercarme a algo conocido:
—Clo-za-pi-ne. —Escucho mi voz y me suena hueca. Esa palabra es importante… ¿Porqué no puedo recordar?….
—¿Mami?
Volteo y detrás de mí, está un pequeño que me mira sorprendido.

