Articles by DavidP

19 años. En London.

El universo, la naturaleza, la vida, todo, no tiene sentido. ¿Por qué habría de tener? Los hombres ven todas las cosas como útiles o inútiles, buenas o malas. Y los pretenciosos dicen “Todo lo que existe es para que el hombre haga uso él, todo lo que existe tiene un sentido”. Pero el sentido que le quieren atribuir a todo nace de un sesgo en favor de ellos. Los hombres y la tierra, son nada en comparación a lo que hay allá afuera en el universo. ¿Por qué un supremo sentido del universo debería reparar en si debes salir esta noche, alentarte a esperar a tu media naranja que está solo a la vuelta de la esquina, o complacerse cuando le prendes velas y le hablas sin verlo cada vez que necesitas algo?

Otro sentido menos subjetivo para todo este circo que pasa en frente de nuestros ojos, sería solo vivir más. La vida es una serie de maquinitas equipadas con lo necesario para hacer más maquinitas. Sin embargo los humanos se preocuparon no solamente por vivir más, sino  también por vivir mejor. La ventaja de la inteligencia les permitió satisfacer sus necesidades biológicas, y entonces preguntarse ¿Y ahora qué? ¿Qué sentido tiene esto que estoy viviendo, a donde se supone que debo ir?

Bueno, pues no se supone que vayas a ningún lado. A nadie le importa, y al universo le da igual lo que hagas o dejes de hacer. Haz entonces lo que quieras. Ese creo yo, es el mejor y mas honesto sentido que le puedes dar a tu vida.

Junto al fuego, tratando de calentar sus piernas flacas, estaba la abuela, una tierna viejecita olvidada que odiaba la nieve y desvariaba a causa de su soledad. El calor y el chisporroteo le recordaban tiempos mejores, y entonces hablaba sola como era su costumbre:

-Esos tiempos eran mejores. Tú no tenías tantas tareas, yo no tenía tantos años encima. Yo lucía hermosos vestidos, porque tenía con qué sustentarlos, en cambio, eso ahora lo tienes de sobra. Te podía besar cuantas veces quisiera; aun hoy quisiera seguir haciéndolo, pero tu decidiste dejarte esa horrible barba, que solo te dignas a arreglar cuando estás por ausentarte. ¿Cuándo fue que cambiaste mi compañía, por tu soledad, en aras de alimentar tu generosidad compulsiva? Me dolió mucho cuando decidiste utilizar nuestro garaje para guardar esas bestias peludas y en lugar de comprarme el auto que tanto te pedí de navidad, te gastaste los ahorros en un estúpido trineo tal vez para divertir a unos hijos que nunca llegaron. Tus salidas nocturnas me preocupaban al principio, luego de unos cuantos años terminé por acostumbrarme a estar sola en navidad, acostumbrada, pero cada día odiándote más.

Él, que había escuchado todo, no quiso hacerlo más, cerró la puerta y se marchó. -Te odio- gritó ella, -a ti y a tu estúpido traje rojo, a tus renos del demonio, y a tu risita artificial-.