Ejercicio 10: Funeral

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Una vez más gracias a todos por su participación. Es momento de comentar. El Ejercicio QUINCE será publicado a las cero horas del Viernes cuatro de Abril.

UPDATE:

Por primera y última vez dos textos que fueron mandados a tiempo pero no fueron categorizados han sido subidos con el resto de los participantes. Por favor, queridos Metatexteros, NO OLVIDEN ASIGNARLE LA CATEGORIA ADECUADA A SUS TEXTOS. La noche del Jueves al subir los textos mis circuitos filtan todos los ejercicios que tengan la categoría del ejercicio en cuestion. los que sean “uncategorized” suelen quedarse en el limbo y no es por mala leche, sino porque no los veo.

Continúen en lo que sea que estaban haciendo. BIP

Pasaron varios años hasta que volví a ver a Arturo Belano; me dio mucho gusto, claro.

Cuando era chico me aventaba piedras. En aquella época tenía cabello abundante con tupé nemoroso. Jugábamos haciendo espadas de palos, te daba guerra el condenado escuincle. Éramos unos mocosos, nos dejaban hacer lo que fuera. En las ventanas nos gustaba estrellar huevos, oh, placenteras travesuras. Recordamos la ocasión en que, cuando invitó a salir a Rosa, Melchor hizo el ridículo (finalmente le fue bien, pues aunque sólo pretendía un beso, obtuvo más que eso).

Una vez que salimos de día de campo nos presumió unas almohadas con fundas hechas para acampar especialmente.
Las cosas han cambiado. Arturo ha agrandado el círculo de sus amistades hasta ser bastante influyente. Es famoso como delantero centro clavado en Barcelona FC; como defensa habría que ponerlo a prueba.
Jugando futbol es todo un ariete… hace poco me entraron las ganas de verlo y fui a su casa, pero no encontré a nadie.

Pasaron varios años hasta que volví a ver a Arturo Belano, no se como llegó hasta aquí, repentinamente lo tuve en mis manos, y al segundo siguiente estaba cómodamente sentado frente a mi
- ¿Qué tal te va la vida? – saludó – al parecer no muy bien – se respondió a si mismo abarcando la habitación en la que estábamos y al resto de las personas que la ocupaban – ¡rayos, no se como lograste que te refundieran en este sito!
- ¡¿Es imposible que no entiendas lo que representas para mi?! – comencé a gritar, las demás personas que estaban en la habitación comenzaron a agitarse, evidentemente no les agradaba que hubiera una confrontación
- ¡Una ilusión! – ahora era el quien gritaba – ¡eso es lo que debería ser para ti! – apenado por el exabrupto respiro hondo y se tranquilizó – ¿no lo comprendes verdad?, no puedes ver que yo ya pertenezco a alguien, que yo ya tengo una personalidad definida, que mi dueño es aquel por quien yo vivo
- ¿Qué tiene el que no tenga yo? – a estas alturas yo ya estaba llorando y las otras personas en la habitación hacían sonidos que no entendía, sonidos de sufrimiento, dolor y desesperación
- Para empezar, libertad – sonaba triste – cordura, tal vez, pasión, sin duda. No, no lo entenderás – susurraba – es momento de irme, y ya no regresaré, solo lamento que por ti ya no puedo hacer nada – se desvanecía… la demás gente en la habitación gritaba y gemía, y unos hombres uniformados en azul y blanco corrían hacia mi – anda, si quieres entenderlo sigue hasta la habitación blanca y ahí la encontrarás – para cuando terminó de decir esto ya no estaba, había desaparecido.
Le obedecí, corrí, los uniformados me perseguían, ahí estaba, esa habitación que a diario veía… no entendía, me precipité hacia ella esperanzado de que ahí estuviera… pero al llegar no encontré a nadie

Pasaron varios años hasta que volví a ver a Arturo Belano. La última vez corríamos juntos, tratando de escapar de las guardias que cerraban los accesos de la plaza donde la protesta, abruptamente interrumpida por ráfagas de ametralladora, se había desarrollado. A lo lejos se escuchaban todavía las voces suplicantes y los lamentos de los heridos. Acurrucados uno contra el otro en el dintel de una puerta, el miedo me subía por la garganta con un sabor acre.

- Tenemos que separarnos – Me dijo – Si nos ven juntos te van a chingar a ti también -

Asentí con la cabeza, tratando de fingir normalidad comencé a caminar en dirección opuesta. Ya estaba lejos cuando les oí gritar.

- Ese cabrón es uno de los organizadores – Vociferaba un militar vestido de paisano.

Por el rabillo del ojo vi como a culatazos lo sometían.

Pasó mucho tiempo, de habladas supe que estaba recluido en San Juan de Ulúa. Una parte de mi dio gracias al cielo por no compartir la misma suerte, aunque otra, con voz acusadora me juzgaba con severidad por mi cobardía.

Ahora estaba allí, tocando a mi puerta, vestido con harapos y el cuerpo cubierto de tierra y arañones.

- Se había escapado – me dijo – le seguían y necesitaba de mi ayuda -

Con un abrazo fraternal le recibí, era la oportunidad de reivindicarme. Después de comer le ofrecí mi mejor cama, se recostó cayendo rápidamente en un profundo sueño.

Pasaba la media noche cuando tocaron la puerta, aturdido me dirigí a abrir cuando ésta fue abatida y con presteza me tomaron prisionero. Comenzaron a golpearme mientras repetidamente me preguntaban – ¿Dónde está? -.

Acobardado señalé la habitación. Me exigieron que los llevara, con el peso de mi conciencia a cuestas abrí la puerta. El viento se colaba por la ventana abierta, miré al alrededor pero no encontré a nadie.

Pasaron varios años hasta que volví a ver a Arturo Belan, la vida había sido más dura con él, las bolsas en sus ojos y varios kilos de menos me insinuaron la historia que no me quiso contar, y que yo no quise preguntar. Vestía un acabado traje de lana, la camisa arrugada y desfajada le daban un aire de fracaso que me provocó un nudo en la garganta, no se parecía en nada a aquél individuo que hace algunos años asustaba a las personas con sólo caminar en su traje de cuatro botones, portando un bastón con cabeza de diamante y su sombrero de pluma.

Nuestra plática fue corta, no hubo tiempo, y aparentemente tampoco interés, de hablar sobre Georgina, me tuve que despedir argumentando que el negocio iba lento que tenía que atender unos asuntos, con mi tarjeta de presentación y un seco “Estamos en contacto” me fui.

En el resto del día una urgencia creciente por ver a Georgina ocupó mi cabeza, quería llegar a la casa y contarle sobre lo diferente que lucía Arturo, besarla y hacerle el amor como la primera vez, ese 26 de octubre, el mismo día en que Arturo desapareció.

En el camino de regreso, mi locura era tal que imaginaba a Arturo con Georgina, aquél viejo miedo que tenía volvió a cobrarse todos estos años en que lo mantuve escondido tras una falsa vida de felicidad.

Lo único que deseaba era llegar y ver su cara, esa mezcla de ojos de tigre y boca de fresa que en tantos problemas me había metido toda la vida. Llegué a la casa una hora antes de lo habitual, pero no encontré a nadie.

Pasaron varios años hasta que volví a ver a Arturo Belano, nos separamos un día por diferencias irreconciliables.

Recién había presentado su nueva obra, causando gran expectación, foros, teatros, universidades y medios solo hablaban de ella, aunque mas allá de la critica, lo que le importaba era saber si su obra realmente transmitía lo que en un principio el había deseado. Algo que hasta para un artista de su nivel es imposible.

En el la calle algunos tocaban su brazo y algunos otros solo murmuraban: ahí va el artista. Otro tanto ocurría en el mercado, mientras seleccionaba las frutas para el cóctel matutino, eso solo acrecentaba el vacío.

Salí a caminar, a buscarle sentido a lo que hago, y solo descubrí que al mundo le importa un pito, a quien le puede importar quien pinta, quien escribe, quien crea; el oficio de artista se encuentra a la vez sobrevalorado y devaluado, dicotomías simples para un estudioso de la estética, no para mi, que solo soy un mortal intentando vivir de lo que ama.

Pero cual es el sentido si no hay quien ame lo que hago.

Dialogamos al espejo esas y otras cosas, su trabajo de alter ego se tornaba difícil, por eso me dejo hace tiempo.

Seres taladran mi cerebro, con pequeñas herramientas que hacen juego con sus pequeños overoles azules, mi escape ya no tiene escape.

Salio a la calle y encontró a la gente estaba molesta con el, por no ser perfecto, por las fallas en su anterior creación.

En el mercado ya no tocaban mi brazo, ni murmuraban mi nombre, y aunque la critica nunca me importo, después de varios años busque en el espejo a Roberto Bolaño, pero no encontré a nadie.

Pasaron varios años hasta que volví a ver a Arturo Belano. Simplemente estaba ahí, con los amigos, como si nunca se hubiera ido.

Cuando entré al café no lo reconocí, me acerqué a saludar a todos y de pronto me topé con su rostro. Me sonrió a manera de saludo y dejó de verme por el resto de la noche. De alguna forma, parecía ser la única fuera de lugar, como si hubiera llegado tarde a un espectáculo y no entendiera nada ahora por no haber visto el comienzo. Yo estaba incómoda a su lado, sin atreverme a preguntar nada, a enfrentarlo, a pensar en algo ajeno a ese hombre.

Éramos nueve en la mesa. No fui consciente de eso hasta tiempo después, cuando obsesivamente repasé esas horas. No puedo recordar qué lugar ocupaban los demás, porque en ese momento eran sólo unos fantasmas sin rostro, de voces lejanas. Él estaba a mi derecha.

Cuando la reunión terminaba, Alicia, fingidamente casual, dijo que pronto nos llegaría la invitación de su boda. Alicia y Arturo. Que le daba mucho gusto compartir la noticia.

Mientras los demás se acercaban a felicitar a la pareja yo miré cómo de la tierra se levantaba un aire en fuga, tembloroso y absolutamente calcinante. Allá afuera, pensé, las piedras se derretirán; aquí, me estoy congelando.

Me despedí apresuradamente, de lejos, pero no salí del local. Me refugié en el baño. Me lavé las manos, la cara, debía encontrar algo de claridad, saber qué palabras debían salir de mi boca. No sólo era yo, estaba segura, Belano no era alguien a quien se pudiera imaginar en esa trama. Después de ensayar frente al espejo “serán muy felices”, “qué alegría”, pinté una sonrisa en mis labios y salí decidida al último abrazo.

Pero no encontré a nadie.

Pasaron varios años hasta que volví a ver a Arturo Belano. El hijo de puta no había cambiado, lo cual me extrañó porque desfiguré su rostro en nuestro último encuentro. La cirugía reconstructiva debió costarle una fortuna.

En cuanto me vio, evitó encararme. Él sabía perfectamente que no tenía escapatoria y esa vez me aseguraría que no sobreviviera. Averigüé donde estaba hospedado e hice la visita. Estaba listo para encargarme de todos los matones que el muy maricón enviaría, sé cómo piensa. Pero no encontré a nadie.

Pasaron varios años hasta que volví a ver a Arturo Belano…

Me causaba mucha gracia su apellido, desde la primaria no cansábamos de burlarnos de él; en cambio, su actitud era serena, siempre orgulloso de su apellido altivo se crecía con los insultos. Era hijo de un tipo que había inventado un tipo de pegamiento industrial y vivían bien de la patente.

Curiosamente nos encontramos en la universidad como compañeros de carrera, el seguía siendo el mismo, por su carácter no tenía amigos… curiosamente yo terminé siéndolo. Esa soledad de entonces parecía arrastrarla desde hace mucho, incluso ni siquiera me hablaba bien de sus padres, a quienes dejaría justo al terminar sus estudios. Parecía que les guardaba rencor.

Yo me fui a vivir a Reynosa por cuestiones de trabajo y perdí contacto con él. Como dije, pasaron varios años hasta que un día él me buscó saliendo de la oficina. Quería cruzar la frontera y quería que lo alojara unos días en mi casa, estaba huyendo de la policía pero nunca me dijo por qué, pero lo sospeché la razón cuando, al preguntarle por sus padres, su rostro se puso blanco.

Un día después de que salió de mi casa, llegaron unos policías preguntando por él, llevaba seis meses de prófugo por doble homicidio. Yo me hice el desentendido y creo que les costó trabajo aceptarlo, sobre todo cuando les dije que tenía mucho tiempo sin tener razón de él.

Tres años después me llegó un mail de Arturo, en el cual decía que tenía que verme en la Central Camionera para agradecerme mi “discreción en ese difícil momento”. Llegué a tiempo, me senté donde él había indicado y tomé el sobre que me había debajo del asiento (medio millón y postales de Zúrich). Esperaba abrazarlo por última vez… pero no encontré a nadie.

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Gerson Obrajero

Pasaron varios años hasta que volví a ver a Arturo Belano.

Cuando lo vi, no pude creerlo, después de tantos años lo volví a ver, le grite con mi pecho ronco “ARTURO!” pero no me oía, era lógico los trenes no dejaban que escuchara mi voz, entonces fue cuando camine hacia él, pero parecía que entre mas me acercaba mas se alejaba, hasta que por fin lo alcance, fue cuando le pregunte por mi dinero, el que me debía de un carro, entonces me contesto: “yo t lo pago mañana, ve a mi departamento que esta a 2 calles de aquí, a las 5p.m.” yo encantado le dije que si, al otro dia fui a su departamento donde me digo que estaba viviendo,

pero no encontré a nadie.

Pasaron varios años hasta que volví a ver a Arturo Belano…Abandono su casa el día en que Jimena y yo nos casamos, no sin antes prometer que algún día regresaría para recuperar el que fuera el amor de su vida, y finalmente hoy estaba de vuelta caminando tranquilamente por el malecón principal. Seguía teniendo el rostro enjuto y la mirada fría, conservaba aún ese rostro inexpresivo que intimidaba a cualquiera.

Trate de esconderme para evitar su encuentro, no tenía respuestas o consuelo que ofrecerle; el se merecía mas que palabras a la medida o discursos prefabricados, no puedes llegar a decirle a alguien que está enamorado perdidamente, que el objeto de su amor se ha fundido en otros ojos, que son otras manos las que toman su cintura cuando caminan por la calle; que no han de ser sus labios los que acaricien su cuerpo desnudo antes de dormir. No me fue posible evitarlo, supongo que me había visto incluso desde antes que yo advirtiera su presencia.

Si su rostro fuera capaz de expresar algún tipo de sentimiento, estoy seguro que sería felicidad. Finalmente llego a mi lado y sin decir palabra alguna se sentó a mi lado. Permanecimos en silencio un par de minutos, hasta que finalmente me dijo:

- He vuelto para luchar por el amor que me robaron.

- Nadie te robo nada, así es el amor.

- Eso no importa ahora, ojala hubieras podido ver su rostro cuando le hable de nosotros, cuando le enseñe la foto.

Al tiempo que decía esto último estiro su mano hasta tocar la mía. Salí corriendo de ahí, pensando en como explicarle a Jimena que antes de conocerla tuve un romance con él, prepare mis mejores palabras antes de llegar a la casa, pero no encontré a nadie.

Pasaron varios años hasta que volví a ver a Arturo Belano. Estaba en el aeropuerto mirando la tormenta, esperando y él me reconoció:

- ¡Hey Polli!

Hacía mucho tiempo que nadie me llamaba así: en la secundaria me decían Polli porque tenía corazón de pollo. Antes de mirar atrás, yo ya sabía que era él y un escalofrío recorrió mi espalda. Al mirarlo vi que tenía algunas canas, sin embargo sus ojos seguían siendo profundos y hermosos. Se acercó a mí y me dio un beso.

- Tanto tiempo.- Dije.
- Te ves muy bien… ¿tu avión también se retrasó?
- Sí.

Sentí mi corazón volcarse al observar que acomodaba sus maletas para esperar a mi lado. Tenía dentro de mí un extraño sentimiento, entre miedo y nostalgia. Tomé aire y traté de iniciar una conversación:

- ¿Y para dónde viajas?
- Panamá… negocios de la familia, ¿y tú?
- De vuelta a casa… ¿vives aquí?
- Me la paso viajando pero sí tengo casa aquí… ¿Y tú?
- Vine a un funeral… pero tengo que volver a Houston.
- Que pena. ¿Estás bien?
- Sí. Creo… – sonreí- ¿Crees que la tormenta vaya a pasar pronto?
- No lo sé. Ya son varias horas… deja pregunto.

Lo miré alejarse, me puse a divagar mientras miraba a la gente alrededor. El dolor de mi presente se revolvía con la ilusión extraña de verlo de nuevo, de platicar con él. Me preguntaba si alguna vez él se habrá imaginado lo que solía sentir…

- Me dijeron que van a cancelar mi vuelo. Pregunté por el tuyo – se sonrojó- y dice que parece que también. En un rato van a dar el aviso… ¿Quieres tomar un café?

Creo que empecé a temblar… mi tonta timidez de la adolescencia se hizo presente… y por instante me puse a buscar en mi interior quien podría recogerme en el aeropuerto… pero no encontré a nadie.

Pasaron varios años hasta que volví a ver a Arturo Belano. Estaba más jodido que cuando lo perdoné aquel día. De por sí era un hombre triste, de semblante rígido y un aura de soledad que lo caracterizaba. La guerra había pasado por su pequeño pueblo y él, junto con otros hombres, se fueron a refugiar de la bola y la leva a las montañas. Ahí lo conocí. Intentando morder un mango podrido que a duras penas hubiera podido medio silenciar el hambre que se cargaba desde hacía casi tres días.

Su alma fatigada se movía de un lado a otro. Nerviosa. Impaciente.

—Hora de irnos— le susurré.

Se negaba. Se negaba a dejar atrás el jodido pueblo. Quería esperar a la parada de cruz. Quería esa prorroga. “No”, le respondí, pero él insistía, me rogaba, me pedía de rodillas por favor y al final acepté. Dejé su alma penante durante toda aquella semana. El domingo, domingo de ramos, volví por él a la media noche. En el pequeño cuarto, donde una mesita en una esquina con un cirio prendido y una foto de un Arturo Belano de tiempos mejores, dormitaba una anciana bastante carcomida por el tiempo. Junto a ella, el alma de Arturo Belano la consolaba en silencio, susurrándole mensajes de amor al oído sordo por la edad.

—Hora de irnos— le dije.

Besó la mejilla cuarteada de su anciana madre y me siguió hacia la puerta. Antes de salir del lugar, volví la mirada rápidamente para volver a ver el lugar del velorio. Tal como lo vi cuando llegué, salvo la anciana y solitaria madre, no encontré nadie ahí.

Pasaron varios años hasta que volví a ver a Arturo Belano. Lo encontré eligiendo una de esas camisas de cuadritos de señores. El segundo en que sostuvimos la mirada fue suficiente para que la sangre se me helara y huyera. Una vez resguardada en la agradable multitud de la plaza regresé a mis 16, cuando lo conocí…

Lo nuestro era violaba mas de una ley y nosotros buscábamos sentencia de por vida. Tal vez en celdas separadas dejaríamos de tocarnos, de desvestirnos con la mirada, de darnos esos besos eternos, cuando la eternidad se terminaba ante la mirada de algún vigía mojigato.

En un segundo regresé a los besos frente a Paul y Bono, a la alfombra con tinto derramado, a las llamadas trasatlánticas sin tono, a un corazón que terminó amargado. Al insomnio, las pesadillas, los cigarros. El miedo, el deseo, el desamparo. Mi vientre fértil desgarrado.

Jamás volvería a su olor, a mis manos en su cabeza, a su silencio dándome la espalda. Nunca más habría madrugadas sin dormir, esa cama no soportaría más mi cuerpo derrotado. Siempre me quedaría con su risa, con la manera de moverme, con la mierda que sigo cargando.

Habían pasado ya muchas noches doblando ropa y más madrugadas soñando con su boca. Dos años odiándolo, mil y un días olvidándolo. Dos niños y sus padres, treinta y tres amantes de ocasión. Aunque ninguno al que mi cuerpo buscara con la misma vocación.

Este inventario repasaba en mi pensamiento, intentando inmovilizar mis pies en el pavimento. Pero la fuerza de buscarle soportaba por mucho el peso que cargaba en las bolsas de mi pasado. Y volví a buscarle… pero no encontré a nadie.

Pasaron varios años hasta que volví a ver a Arturo Belano, estaba desde luego diferente pues ocho años y una guerra mundial no dejan a nadie igual, el primer día que lo vi estaba llorando de coraje al tiempo que no paraba de decir: “Te vas a Francia para conocer a la futura esposa de tu hijo y regresas jodido y con la nueva de que tu hijo esta muerto, ¡que hijos de puta!”. Estaba acabado, estaba cambiado.

Entre otras cosas Arturo no paraba de explicar el por que de su tardanza, decía que había quedado atrapado en un pueblo de Francia y juraba que lo habían mandado a uno de los muchos campos de concentración del ejercito alemán. De los putos nazis asesinos como el les decía.

A Arturo lo recuerdo mucho, en primera por que era muy amigo de mi padre y en segunda por que fue la primera persona cercana a mí que supe que había muerto, recuerdo el día que murió, la gente rodeaba su casa mientras la policía trataba de alejarla, yo tenia ganas de ver el cadáver, era algo nuevo para mi y no quería perdérmelo, busque una entrada alterna a su casa por medio del techo, entre y busque el cadáver, de verdad que tenia muchas ganas de verlo, finalmente ahí estaba el sillón donde siempre se sentaba y donde decían que había dejado su ultimo aliento, pero no encontré a nadie.

Pasaron varios años hasta que volví a ver a Arturo Belano. La cicatriz en su rostro parecía acrecentada por el tiempo pero él la llevaba con orgullo, incluso más que las propias medallas al Mérito, al Honor, al Valor y a tantos otros logros militares que peleaban por un lugar en su pecho.

-General- le dije, al tiempo que le daba un saludo militar que él devolvió con férrea seriedad; inmediatamente después sonrió levemente y contestó:

-Mayor… ¡Perdón! Coronel.

El ineludible respeto militar dio paso al cordial abrazo de los colegas unidos en las armas, que vuelven a encontrarse a pesar de los años de guerra que han tenido que soportar.

-¿A qué se debe el honor de su presencia en las trincheras?- pregunté.

Su expresión pasó nuevamente a esa seriedad que le daba el aspecto de escultura de César. Tomó aire como para acentuar la importancia de lo que estaba a punto de revelar

-El Proyecto Prometeo está listo y su unidad fue elegida para ponerlo en marcha.

La noticia me golpeó como una carga de plasma ultra-térmico de expansión.

-¿Pasa algo, Coronel?- me preguntó al darse cuenta de mi expresión de sorpresa.

-Nada, General. El Séptimo Regimiento de Infantería, “Fenrir”, se enorgullece ante este honor.

-Brillante, Coronel. Repórtese en el Cuartel a las 2100- el general saludó militarmente y dio media vuelta; todavía se detuvo un momento en la puerta y dijo- Me alegra verte bien, Edmond.

A las 2100, mi Regimiento y yo nos encontrábamos listos para recibir órdenes, bajo la mirada del Lobo de nuestros Estandartes, armaduras de Bellum-Titanium reluciendo a la luz de las lunas. La descarga del arma Prometeo acabaría con los Vampyr y su maldito planeta.

Después de activarlo, aguardamos… y entonces comprendimos. Por eso maldije a Belano y grabé este microcristal, la carga está por estallar… Debían venir por nosotros. Yo… los busqué… pero no encontré a nadie…

Iosephus

Pasaron varios años hasta que volví a ver a Arturo Belano. Estaba mucho más delgado desde la última vez que le viera y en sus ojos se pintaba la tristeza de aquellos a quienes la vida les ha negado siempre un triunfo, una meta.

Le saludé como en los viejos tiempos. Desde sus ojos hundidos y vidriosos me devolvió el saludo y aunque su rostro y su cuerpo reflejaban el fracaso, su voz no había cambiado. Era fuerte, agradable y cargada de una energía que hacía que quien hablara con él dejara de sentir esa extraña sensación mezcla de pena y lástima. Su voz desmentía completamente lo que su humanidad reflejaba al mundo exterior y cuando empezó a hablar volví a percibir en mi interior todas aquellas que me hicieran amarle como jamás había amado a otro hombre.

Arturo fue mi gran amor y como toda adolescente me sentía cohibida ante aquel hombre que hablaba con tanta firmeza y tanta propiedad. Se que él se daba cuenta, pero Arturo era además el hombre más tímido que jamás conociera.

Conversamos un buen rato, de cosas banales, me narró su vida, las cosas que había hecho y las que había dejado de hacer. Y de pronto, sin más ni más lo soltó, así de improviso: — Siempre te amé, aún te sigo amando. ¿Lo sabías?

— Lo he sabido siempre, pero jamás te atreviste a decirme nada. — Respondí como una autómata.

El me miró pensativo y sonrió levemente. Luego, aspiró profundamente y con la voz más sosegada y serena que jamás escuché concluyó: — Un día fui a tu casa, quería casarme contigo y tenía intención de pedírtelo, sin embargo, — su mirada se entristeció infinitamente — llamé a la puerta varias veces, pero no encontré a nadie.

“Pasaron varios años hasta que volví a ver a Arturo Belano. O bueno, una parte de él. Al principio no lo reconocí, pero la forma de ese pene erecto en la fotografía me hizo recordar tantas tardes en su oficina. En algo ayudó que a Arturo siempre le haya gustado hacerlo con las luces encendidas.

Pequeño, quizá, un poco curvado hacia la izquierda y con ese lunar en forma de grano de arroz que es inconfundible. Mi subconsciente me había forzado a borrarlo de la mente. Por eso me costó trabajo saber quién era.

Le cuento esto porque sé que usted jamás le diría a mi marido. Pedro es un buen hombre y nos hemos acoplado muy bien juntos. Es todo lo que habría podido pedir en un hombre. Sin embargo esa fotografía y esa carta citándome en un hotel bien conocido habían logrado que me humedeciera sobremanera.

Hace dos días perdí el sobre. Pedro había estado en mi estudio y le pregunté si no había tomado mis documentos. Temí lo peor. ¿Y si se enteraba? Unas horas después encontré el sobre en un cajón y noté a Pedro un poco extraño pero no le di importancia. Debo confesar que mis pensamientos estaban lejos de casa. Arturo había prometido esperarme en la habitación 417 del Hotel La Isla.

Ayer fue el día. No vi a Pedro en toda la mañana, A medio dia entró despacito al estudio y me dio un beso en la frente. Me dijo que no lo esperara para cenar.

A las siete en punto entraba con mi auto en el Hotel. Me parecía extraño no ver nada de gente. Y eso que era quincena.

La puerta de la habitación estaba abierta. Había manchas de sangre, entré y la recorrí completita, pero no encontré a nadie.”

Frio

-Pasaron varios años hasta que volví a ver a Arturo Belano

-¿Quién?

-Ése, el que me hacía erizar la espalda.

-¿El de las manos grandes?

-Sí.

-¿El de la fuerza desencadenante de temblores?

-Sí, Carlos, el del frío previo a la sensación de plenitud.

-Ja! No sigas, que no tengo que comer en casa.

-Jajajaja… ¿Tienes el marica en on?

-Si, búrlate, cuando sales del mercado mucho tiempo la ansiedad de volver ahí paraliza.

-Lo sé, ¿no te digo? Arturo Belano

-Y que quería?

-No sé, lo vi al abrirse las puertas del metro, cuando cerraron y comenzamos a movernos ya no estaba.

-¿Qué querrá?

-Ni idea… ¿otra vela?

-¡Deja de jugar con esas vainas! ¡Ya me estas asustando!

-¿Qué? ¿Acaso no puedo?

-No sé, Fer, eso de buscar placer con las ánimas cómo que no entra dentro del concepto de espiritualidad generalmente aceptado.

-Jajajaja, pero si siempre es como la primera vez, me voy acompañado y al despertar… vacío.

-No sé, Fer, aunque entiendo, yo lo quise intentar pero no encontré a nadie.

Pasaron varios años hasta que volví a ver a Arturo Belano. Mi mano temblaba inquieta apuntando mi revólver a la altura de la cabeza, detrás de la puerta donde sigilosamente lo esperaba. Espere mucho el momento en que pudiera despojar al mundo de una basura como él. Apreté el gatillo de manera automática, la bala le atravesó la cabeza, y pude ver su cuerpo desplomarse en la alfombra, solo que no era el…era una chica de 20 años. Su rostro me parecía conocido. Era la chica que conocí en el bar dos noches atrás. Lo que aún no entiendo es que estaba haciendo aquí. Asesine a una inocente, erré el blanco. Entonces me pareció oír su voz y busque frenéticamente por todas partes. Las puertas estaban completamente cerradas no había manera de escapar… De pronto un susurro me erizo hasta el alma…

-¿No entiendes todavía que nunca podrás sacarme de tu existencia?-

Al darme vuelta, sólo encontré mi reflejo en la ventana. Seguí buscando sin encontrar rastro alguno. Regrese a la habitación donde yacía inerte el cuerpo de la joven y pude notar que en su mano traía un papel. Lo que vi, me confundió aún mas, era un recado mío citándola en este lugar y a esta hora, no era la primera vez que me pasaba, ya en dos ocasiones habían muerto inocentes por culpa de él, sólo que esta vez yo fui el que invito a venir a la víctima. Entonces lo escuche de nuevo…

-No podrás detenerme nunca-

Abrí rápidamente la puerta, mire en el pasillo, pero no encontré a nadie

Pasaron varios años hasta que volví a ver a Arturo Belano, y no fue en el puesto de jugos de naranja donde se ganaba la vida desde hace muchos años. En ese tiempo yo vivía solo en un pequeño cuarto de alquiler, mi familia había muerto en un incendio, causa de un cigarrillo mal cuidado en la cama de mis padres y mi pequeña hermana. Yo me había quedado ese día jugando hasta tarde y muy tarde fue cuando los vecinos se dieron cuenta del fuego.

A pesar de mis doce años, Arturo me enseño a ganarme la vida cuando quede solo, primero entregaba paquetes y recogía el dinero, luego me enseño a armar los paquetes con las blancas píldoras, “Píldoras de Olvidar” decía.

Pronto creció el negocio, y mientras yo crecía más cosas aprendía a hacer, el puesto de naranjas siempre fue el más concurrido del mercado gracias al “Toque mágico”. Yo las hacía y repartía pero no me deban probarlas, decían que era muy chico para esas cosas.

Cuando todo acabo, yo pude salir del problema porque estaba limpio y era menor de edad, pero a pesar de mis 16 años mi lista de crímenes no solo era trafico de drogas. Por lo mismo fue fácil encontrar un trabajo parecido, y mi nuevo jefe no erá como Arturo, al contrario yo mismo debía probar la mercancía para saber que era de calidad, y yo con gusto lo hacía, ellas no eran pastillas de olvidar, por el contrario me hacían recordar esa época donde tenia familia y un hogar, poco a poco empecé a tomar más píldoras y más drogas diferentes, tanto asi que el día que volví a ver a Arturo, pase de largo pues sencillamente miraba al vacio y mire el espacio que el ocupaba, pero no encontré a nadie.

Pasaron varios años hasta que volví a ver a Arturo Belano, lucia prácticamente idéntico a la última vez que lo vi…

…recuerdolo poco antes de la despedida de mis clases en la escuela de detectives, a donde fui enviado por la AFI, él platicaba con López Lobo, quien se marchaba con junto al pelotón de refuerzos cuando quedó resuelto ese caso.

Es raro, pero todo lo que aprehendí durante mi estancia en Chile, no era nada comparado con la sapiencia que tenía ese hombre sólo… (¿qué estaría haciendo en México y en CD. Juárez?)

Hasta donde supe se había retirado de la profesión, residiendo en Liberia y no creo que sea quien vendrá por parte de la INTERPOL a cooperarnos para de una vez resolver este maldito asunto.

Continué mi camino a la bodega en la que según el informante vieron al acompañante de la última mujer asesinada, de cuyo caso estaba a cargo, por la menara y el móvil parecía una más de la lista de extra oficialmente miles.

Llegué con el encargado de las bodegas, con un poco de persuasión mexicana me presto el duplicado de las llaves. Encendí un cigarrillo y me protegí del maldito frío, cubriendo el rostro con el cuello de la gabardina y el sombrero, avanzando lentamente hacia el lugar en cuestión.

No se que esperaba encontrar, que podría averiguar yo que no supieran ya las efectivas autoridades locales. El atardecer daba un toque de misterio a la escena, muy al estilo de las historias de detectives sangrientas que leía mi padrino.

Abrí la puerta lentamente y con estupor vi la escena de una morgue con los compartimientos llenos de cadáveres de jóvenes mujeres desnudas… de pronto un disparo por poco me mata, sólo rozo mi gabardina.

Corrí hasta la puerta que conducía hacia el corredor por donde entre, llegué al cuartucho del encargado; pero no encontré a nadie.

Esta semana las instrucciones son muy simples.

Los participantes de Metatextos deberán escribir, en trescientas palabras o menos un texto de tema libre que

a) Comience con la frase: “Pasaron varios años hasta que volví a ver a Arturo Belano.”

b) Termine con la frase “pero no encontré a nadie”

Las palabras que conforman estas oraciones no forman parte de las trescientas del cuerpo del texto.

Tienen hasta las 23:30 horas del Jueves 29 de Mayo (Hora de la Ciudad de México) para mandar su texto. Como siempre, serán publicados a las 0:00 horas del Viernes 30.

Suerte.

Una vez más gracias a todos por su participación. Es momento de comentar. El Ejercicio ONCE será publicado a las cero horas del Viernes Once de Abril.

Su profesión era la más inusual para vivir en la Ciudad de México, en pleno 2008. Sin embargo era ampliamente recomendada, incluso por el personal de la famosa funeraria de Félix Cuevas, en la que le había llorado a más de un artista o político importante.

matilda

Aquella tarde había sido contratada para llorar fuertemente -casi rayando en la histeria- durante 2 horas. Su llanto y duración preferida. Siempre había pensado que nadie podía haber sido tan bueno como para merecer un llanto más largo.

Entró a la sala sin fijarse siquiera en el nombre del patrón, como se refería ella al muertito. De reojo miró a los presentes y los encontró extrañamente conocidos. -De accidente seguramente, de los que se quedan medios muertos y van cayendo en cadena- pensó. Además que de luto y con semblante triste, toda la gente luce igual.

Se instaló de rodillas ante el féretro y comenzó a llorar. Al principio los sollozos eran casi imperceptibles, pero a los cinco minutos el fuerte llanto acompañado de frases atormentadoras como ¿Por qué Dios mío? ¿Porque?!?! ¡Aun no era tiempo!, provocó que varias mujeres la acompañaran en esa pieza orquestal que el llanto fúnebre es.

Entre llanto y moco, sus acompañantes hacían comentarios de la fallecida.

-Siempre tan considerada con los sentimientos de los demás-
-Nunca le importo salir de madrugada, a cualquier hora estaba disponible-
-Supongo que su trabajo la enloqueció… ¡Mira que irse por lo más cobarde y ruin!-
-Ve a la llorona, se nota que ella era su colega… ¡Que bien llora!-

Matilda sabía que las conversaciones en los funerales siempre son iguales. Sin embargo, la última frase le despertó curiosidad: nunca había sabido de alguna colega profesional.

Se acercó al féretro abierto y un frío intenso le recorrió el cuerpo. Su fuerte llanto fue callado para sólo transformarse en un grito espeluznante al tocarse el cuello y comprobar que tenía las mismas marcas que la patrona. Marcas de la soga con la que se colgó.

Dos viejas beatas tenebrosas asistieron al funeral de su contemporáneo Fofógoras, un notable ateo con quien por años habían sostenido largas y agrias discusiones sobre religión.

- Vamos a rezar un ruega por nosotros – le dijo una beata a la otra cuando vió que ninguno de los asistentes guardaba el debido respeto por el muerto.

- ¿Y no nos correrá su nieta?

- Esa atea alzada como su abuelo no se va a atrever. Avísale a la gente.

Luego de la letanía.

- Este funeral es muy raro. ¿Ya te fijaste que estamos velando un ataud vacío?

- Es que Fofógoras se hizo cremar tan pronto como falleció.

- Fofógoras estaba loco. ¿Viste que su nieta se salió cuando empezamos a rezar?

- Te digo que es igualita a su abuelo quien ahorita ha de estar pagando sus pecados en el infierno.

- Shhh. Ahí viene la nieta.

- Hola, gracias por venir. Mi abuelo me indicó que a las que rezaran por él les sirviera de este café exótico. Ya ven que le gustaba viajar por todo el mundo.

- Ah gracias, qué considerada.

Luego de que las beatas se zamparan varias tazas de café.

- ¡Qué café tan sabroso! Parece que el viejo al final se ablandó. Así les pasa a todos los que enfrentan a la muerte. A la mera hora se vuelven muy mansitos. Le tengo que preguntar a su nieta dónde lo puedo conseguir… ¿niña, sabes dónde consiguió este café tu abuelo?

- De sí mismo. Me pidió que lo preparara con sus cenizas. Para ustedes.

- Qué pinche horror, es detestable.

Javier tomó el teléfono y marcó de memoria un número. Después del cuarto timbrazo la familiar voz de Perla le indicaba que ella no se encontraba ahí en ese momento, pero que debía dejar mensaje después del bip. ¡Aló! Nena, ¿te apetece salir mañana en la noche?.

- ¿Aló? ¡¡Pinche mamón de mierda!! ¿Pero que carajo estaba pensando?

No sé a qué hora escuches esto, pero si no lo haces, yo te marco al móvil para quedar de acuerdo ¿te parece? ¡Baaai!

- Puta, hasta su voz ha de ser desagradable.

Inmediatamente después de colgar, Javier se dirigió a la ventana de su departamento, la abrió de un brusco movimiento y tras dar una profunda aspiración, volteó hacia abajo, para disfrutar el vértigo, esa llamada que nos hace la tierra para que saltemos.

- No, no, no, no mamar, Kundera se está revolcando en su tumba, que espanto, que puto espanto.

      Si me lanzara ahora – pensó –, mi funeral atraería multitudes

- Me doy, esto  es demasiado para mí.

 

¿Confirma que desea enviar “Javiercuento.doc” a la papelera de reciclaje?

 

- Nunca estuve tan seguro de algo en mi vida.

 

*clic*

 

Maldita sea, es horrible revisar los textos de pubertad. Pinche Javier, era un Gordolfo Gelatino cualquiera. Qué bueno que me libré de ese bodrio antes de que alguien más lo leyera.

Hablaban en voz baja frente al cuerpo de su amigo, el mismo que dio su último suspiro dentro de los fierros retorcidos de un auto. Siempre pensaron que su muerte fue de manera por demás estúpida.

Aquella noche, totalmente alcoholizados, el conductor del vehículo compacto golpeó por alcance a un taxi y le rompió una calavera. Trataron de huir, esquivaron varios rojos del semáforo hasta que se encontraron con alguien igual de briago que ellos al volante y a toda velocidad en una camioneta.

Él, que viajaba en el asiento trasero, no resistió las heridas, y las múltiples fracturas le arrancaron la vida en el trayecto al hospital.

- Es que no es lo mismo. La última vez que fui a un funeral, el que estaba en una caja era mi abuelo. Murió de causas naturales. En esa ocasión sólo abracé muy fuerte a mi abuela, no había necesidad de decirle nada. Ahora qué le digo a los familiares.

- Es fácil, diles que te sientes mal, que estás con ellos en todo lo que se les ofrezca y que tengan pronta resignación.

- No me salen las palabras, ve tú primero, yo te sigo.

Se quedó frente al ataud, le echó una última mirada al cadáver y cuando estaba a punto de decirle unas palabras, vio al compañero salir corriendo del lugar, seguido de una turba enfurecida.

Dos días después se encontraron, aquel que salió huyendo por supuesto no fue al velorio y al verse las preguntas no se hicieron esperar.

- ¿Qué les dijiste?

- Me puse tan nervioso que lo único que salió de mi boca fue “Muchos días de estos”.

El maestro Sadr Qunyawi hizo la plegaria ante los restos del más respetado preceptor y poeta sufi.

Cientos de sus discípulos llorábamos la perdida de quien predicó que el hombre perfecto mira hacia su interior, hacia su alma intelectual buscando sabiduría. Llorábamos nuestra orfandad, nuestro dolor egoista.

Tenía 12 años cuando el persa Farid al-din Attar vaticinó que haría arder a los aspirantes espirituales del mundo. Ahora todo el Islam peregrina a su tumba aquí en Konya.

Amó a la humanidad. Deseaba que ella también se amara.

¡Ven, quienquiera que seas!
Infiel, religioso o pagano, poco importa.
Nuestra caravana no es de desilusión,
sino de esperanza!
¡Ven aunque hayas roto mil veces tus promesas!
¡A pesar de todo, ven!

Mantenía permanentemente su gran alegría interna. Libre de la pedantería del soberbio, vivió su espiritualidad como un niño, danzando, cantando.

¿Qué puedo hacer, oh musulmanes?, no me reconozco a mi mismo.
No soy cristiano, ni judío, ni mago, ni musulmán.
No soy de la mina de la Naturaleza, ni de los cielos giratorios.
No soy de este mundo, ni del próximo, ni del Paraíso, ni del Infierno.
No soy de Adán, ni de Eva, ni del Edén, ni Rizwán;
Embriagado con la copa del Amor, he visto que los dos mundos son uno;
no tengo otra cosa que hacer más que el jolgorio y la jarana.

Condenado a muerte, en virtud de haber nacido, se alegró cuando enfermó porque supo que había llegado su momento para hacerse uno con el Amado. Falleció pocos días después mientras dormía.

Recuerdo la tristeza y las palabras finales de Qunyawi durante las exequias:

“Santo, hombre imposible. Tu credo, tu lengua y tu raza fueron la humanidad. Libre, sublimada por la felicidad, por la pureza de intención, por la voluntad impecable. En ello creíste y confiaste. Quienes te amamos intentaremos imitar tu coraje para armonizar con el universo. Amigo, padre, hermano; gracias. Hasta que volvamos a vernos, hasta que volvamos a contemplar tú sonrisa al final del tiempo.”

Bunny se ve serena aunque no puedo distinguir sus ojos. Estoy contento con eso, su espíritu es fuerte y eso me tranquiliza. A su lado Jacob y Ámbar riñen por algo que no alcanzo a distinguir. Bendita inocencia. Ella revuelve sus ensortijadas cabelleras.

- Niños, no peleen – les dice con una sonrisa.

Yess se acerca y les toma de la mano.

- Vengan, les invito un helado -

En el rincón más alejado del cuarto, encogida y con las manos sobre el rostro está Princesa. Ha venido sola. Su mirada se cruza con la de Bunny al levantar la cabeza. Después de un momento de incertidumbre muestran ambas una tímida sonrisa.

- Hola, ¿Cómo como estas? – Le pregunta Bunny acercándose.

- Triste – responde Princesa rompiendo en llanto – ahora que Papá no está me siento muy sola -

Grandes lagrimones corren por sus mejillas.

- A pesar de todo lo amaba y lo extraño mucho -

El abrazo de Bunny hace que Princesa se sobresalte.
- No estas sola, El te amaba también y se que ahora los cuatro tenemos un ángel que nos protege desde arriba -

Si pudiera sonreír lo haría, ahora sé que todos estarán bien y que puedo marcharme tranquilo. Solo quisiera decirles algo más, Bunny, Princesa, Jacob, Ámbar los amo.

Veo acercarse a Mamá y Papá.
- Ven con nosotros – me dicen.

Me habían dicho que cuando uno se muere el cuerpo deja de funcionar… ¡pamplinas! ¡Que me devuelvan mi dinero!

Resulta que mis oídos seguirán siendo funcionales hasta que me incineren; oí a uno de los de acá decir que es un pequeño defecto en el modelo humano, pero que las nuevas generaciones ya están arregladas. Se escucha como un micrófono distante, pero lo suficientemente audible como para escuchar en un radio de un metro.

He oído a tías que no conozco decir que era un buen chico, aplicado, amable… Nunca nadie había estado tan cerca de mí hablando sobre mí y no conmigo. Bueno, sin contar cuando mis papás me sentaban en la mesa del comedor y discutían sobre qué iban a hacer conmigo y quién de los dos tenía la culpa mientras yo miraba mis uñas crecer.

Hablando de papá y mamá: hace rato los oí, o, más bien, sus gemidos. Pobrecitos, están peor que nunca. Ahora oigo a mis amigos: hablan de esas extrañas cosas que hacemos… bueno, hacíamos juntos… ¡y se ríen! Se ve mal en un funeral hacerlo, pero bueno, siempre fueron muy… ¡Joder! ¿Ahora lloran? ¡Quién los entiende! ¡No lloren! ¡Este lugar es la onda! ¡Me siento genial!

Tal vez estoy siendo egoísta… creo que me extrañarán. Aquí me dijeron que ni me preocupara por eso: que no extrañaré a nadie. Intenté ponerme triste pero no pude. Parece ser que la tristeza está prohibida aquí. Qué raras reglas… pero todos se ven muy contentos, eso es bueno… creo.

Diablos… quiero que me incineren ya para contemplar a los pajaritos sin distracciones…

Todos dicen muy joven… ¿Quince años es muy joven?

Ámbar decidió quedarse sola un momento. Se fue alejando de los brazos protectores de su pareja, de las palabras de aliento de sus tías, del aura extraña que rodeaba el lugar. Estaba cansada de pensar y llorar así que se sentó quieta en un rincón para observarlos a todos. Observar a las mujeres que llegaban con los ojos llenos de lágrimas a abrazar a su madre, a los hombres y su expresión incómoda, a las sombras desconocidas que llegaban con morbo o buenas intenciones.

Miró llegar a alguien conocido y trató de desaparecer en vano. El hombre la alcanzó para darle el pésame.

- Tanto tiempo. – Dijo él y se sentó a su lado.
- ¿Qué haces aquí?
- Vine a acompañar a tu hermano. ¿No te da gusto verme?
- La verdad no.
- Aquí está, ¿verdad?
- Sí.

Ella miró a lo lejos buscando los ojos de su novio.

- ¿Me dejaste por ese pendejo?
- No, te dejé porque tú eres un pendejo.

Ámbar se levantó, su prometido fue hacia ella y la abrazó mirando al intruso y marcando territorio.

- ¿Estás bien niña?
- Sí. Bueno no… ¿De qué estaban hablando?
- ¿Viste a la muchacha que llegó con mi primo Luis?
- Mhmmm… ¿Luis es el grandote o el gordo?
- El grandote de bigote canoso que se fue hace ratito.
- ¿Qué tiene?
- Dice Jorge que esa morra anduvo muchos años con su jefe.
- Y dicen que las mujeres somos las chismosas…
- Tú preguntaste.
- Ya sé.

Ella se quedó mirando a la nada un rato. Él lo notó y la abrazó. Ella comenzó a llorar de nuevo, murmurando cosas. Él sólo entendió una frase:

- ¿Porqué… porqué hacerse eso si de todos modos se iba a morir pronto?

— ¿Sabes que le ocurrió? — Preguntó con voz queda la mujer junto a la oreja de su amiga.
— No tengo idea, parece ser que recibió un fuerte golpe en la base del estómago que le desprendió los órganos internos. — Respondió la otra y luego de una pausa agregó: — Bueno, eso fue lo que escuché.

Más allá, cerca del ataúd un hombre que parecía ebrio conversaba con tres más que reían por momentos.
— ¡Coño compadre, deje de estar diciendo esa vainas del difunto, mire que se puede molestar la familia!.
— Si cámara, tiene razón Gonzalo mi vale, ahí están los hijos, deje la jodedera.

El ebrio les miró desde sus vidriosos ojos y levantando su mano como queriendo detenerlos mientras asentía. Tomó aire y luego exclamó casi siseando: — Está bien mis estimados, está bien, no diré nada más. Pero luego no estén preguntando vainas —. Miró a su alrededor para percatarse de que todos le habían escuchado para luego concluir: — Están ustedes como viejas beatas, locos por conocer el chisme, pero dándose golpes de pecho.

— Hagamos una vaina — dijo un tercero — Vamos pá’fuera y ahí nos echa el cuento. No creo que al muerto le moleste que nos enteremos de cómo murió. Todos éramos sus amigos.

Los demás asintieron a las palabras del último, más por curiosidad que por otra cosa. Pero el borracho negó con la cabeza y luego dijo:
— No hay porque salir pá’ninguna parte mi llave, no es mucho lo que hay que decir. A mi compadre lo mataron de una patada.
— ¿De una patada? — preguntaron todos al unísono.
— De una patada namás. Se la dio la María Tacón, su querida burrita. Ustedes saben como era ese Ernesto con ese animal.

Esa noche, se recuerda en el pueblo como la noche de María Tacón. Vaya usted a saber porque.

No entiendo lo que pasa, solo veo a varia gente llorando, escucho como dicen “Era tan bueno, como pudo haber muerto.”

En la mañana me despertaron, me dijeron que me bañara, me dieron un atuendo negro, y mi madre con lágrimas en los ojos me dijo “Se murió tu tío Luís.” En realidad, nunca conocí mucho a mi tío Luís, solo sabia que estaba muy viejo y que sus hijos (mis primos) eran casi de la edad de mi madre (o eso parecía); según yo no le faltaba dinero, mis padres se la llevaban hablando de la gran “inversión” que hizo cuando era joven, tenia muchas gasolineras por todo el estado o algo así, nunca les ponía mucha atención.

Mi padre no dejaba de decirme que me debería de comportar lo mejor que pudiera, mi madre no dejaba de llorar. Ya estando ahí pude ver a mucha gente conocida, mis tíos, abuelos y aquella mujer, joven, radiante, hermosa, demasiado para ser la esposa de mi tío Luís. Lo que pasó después esta un poco borroso, misa, muchas lágrimas, y mucha gente abrazándose. Solo hay una cosa que recuerdo con mucha exactitud; el momento en que llego un señor en traje que dijo que era hora de leer el testamento, vi la cara de la ahora viuda esposa de mi tío alegrarse con un resplandor, hasta ahora solo puedo identificar esto con una palabra, parásito.

Inés se detuvo en el umbral del lujoso salón que se dibujaba entre luz y penumbra. Al fondo, vio a Lucía, arrodillada frente al ataúd. Con asombro, observó en la pared un retrato conocido, cuya mirada le produjo un estremecimiento.Algunos rostros voltearon a mirarla. Lucía se levantó y caminó hacia ella.

- Qué haces aquí, qué quieres. -dijo en voz baja con un dejo de desprecio.

- Necesitaba venir. Lucía, le sonará extraño… pero quisiera recuperar algo que, en cierta forma, es mío.

- Nada que esté en mi casa es o fue alguna vez tuyo.

Inés fue hacia el fondo del salón sin mirar el ataúd y contempló el retrato.

- Esto es un recuerdo mío -le dijo.

Lucía rió acallando los murmullos. Cohibida volteó a mirar el ataúd y susurró:

- Yo mandé hacer este retrato poco después de nuestra boda.

- ¿Pagó por este cuadro?

- Por supuesto. Incluso le ofrecí a Leandro mi apoyo para el pintor, un tal Medina, aunque nunca volví a saber de él.

- ¿Ofreció ser mecenas del pintor? Vaya Lucía, su generosidad no tiene límites. ¿También pensaba condicionarlo a casarse con usted para tener sus favores?

Lucía se quedó sin habla mirándola con furia.

- Por lo visto, Leandro le guardaba algunos secretos -agregó Inés. Vera, este retrato se pintó mucho antes de lo que cree. ¿Recuerda el reloj que le regaló cuando empezó a “apoyarlo”? Busque en él una inscripción, es la misma que verá alrededor de su mano en el cuadro. Le dejo mi tarjeta, por si cambia de opinión.

Al volver del cementerio, Lucía buscó la caja donde su marido guardaba aquel obsequio, en la tapa leyó unas palabras, mismas que encontró en el reverso del reloj. Agitada, fue hasta donde estaba el retrato. En una minúscula y hermosa caligrafía halló la frase. Desconcertada, sacó del bolsillo la tarjeta y la leyó mientras sentía hervir su sangre:

Inés Medina. Pintora

———————————————

“Allá en el fondo está la muerte, pero no tengas miedo” es un fragmento de Instrucciones para dar cuerda a un reloj de Julio Cortázar.

- ¿Bueno?

- ¡Hola Gatita! ¿Cómo andas?

- Mal. Estoy en el funeral de Guillermo.

- ¿Guillermo? ¿Quién es ese?

- Mi novio. Al que apodaban “El Taquero”

- Ah… No te creo. A mí se me hace que otra vez estás en una fiesta. Y no me invitaste, va culera. Yo hubiera llevado el chupe…

- Ejem… ¿no me oíste? ¡Mi novio está muerto!

- Pinche mentirosa que eres. Si en el fondo se escucha que están rapeando y todo el pedo. Seguro está bien chido el desmadre.

- ¿Cuál rapeando? ¡Están rezando, pendejo!

- Ajá, sí. Ahorita mismo le hablo al “Taquero” para que veas que eres bien chorera.

- ¿Y cómo le vas a marcar, si estás hablando conmigo?

- Neta. Deja le digo a mi mamá que le hable desde el suyo.

- …

Suena tono de celular con “La cumbia de los pajaritos”

- ¿Ya ves? Desde aquí suena su teléfono, ni modo que lo hayan enterrado con todo y celular.

- Pues así fue. El así lo señaló antes de morir. Era un pinche frívolo, ya sabes… Ash, no sé por qué te estoy dando explicaciones. Es más, no sé cómo sigo hablando contigo, chinga a tu madre, ¡Adiós!

- Espera, no me cuel…

Gatita cuelga el celular y se dirige hacia los asistentes.

- Ahora sí, sigamos con el “entierro”. ¡Wooooohoooooooo! Ice, ice, baby!

-¿Triste no?- Preguntó mientras sus ojos recorrían el ataúd y su pecho exhalaba lastimero suspiro.

-¡Sí, cuéntame!, ¿cómo se llamaba?-

-Alfonso, es español, solo que no recuerdo exactamente el nombre del lugar. De todos los que seguido velamos, este es el que con más cariño recuerdo. Es que sabes, este tipo estuvo genial, marcó una época.-

-¿Porqué?- Pregunto intrigado.

-Fue el único loco que contagió a muchos y aun así fue respetado. Tuvo grandes aventuras, unas buscadas y otras que lo encontraron. Peleó con gigantes, temibles caballeros, dueño del corazón de princesas y se rumora que hasta se dio de palos con espíritus del más allá. ¡Ya no los hacen como antes!, además, por aquella época era difícil crearse fama y aun así cruzó los siete mares. Desde el más miserable hasta el rey más acaudalado le conoció y no lo olvidó.-

-¡triste terminar así!-

-Lo se, pero no te preocupes, renacerá, ya verás.-

-¿Cómo?, explícate.-

- Bueno, si nadie abriera las portadas que lo encierran muere, nosotros velaremos su cuerpo, de ser el caso, después de un tiempo lo enterramos; pero este no es así, aunque tenga tiempo no falta quien lo descubra por primera vez, o quien vuelva a encontrársele…- súbitamente cortó la conversación y oídos atentos exclamó: - ¡espera! , ¿Oyes?-

- Sí, la caja… rechina… parece que…-

-Alguien vuelve a leerlo y creo que volverá a salir…- volvió a interrumpir. – Sí, ¡está saliendo!-.

Los dos miraban asombrados mientras Alfonso empezaba a calzarse la armadura al tiempo que desentumía su cuerpo. Hecho esto llamó con enjundioso silbido a su caballo, al cual de un salto montó y tras de un relinchido galopó hacia el horizonte.

-¿Y cómo dices que se llama?-

- Se llama Alfonso, Alfonso Quijano, pero el nombre del lugar no puedo acordarme…-

A-Como crees??

B-Si cabron, felpo, murio, mamo, en pocas palabras .

A-Pero si apenas el domingo estuvimos platicando, ya sabes sus platicas de hombres bien cabrones.

B-Ya vez lo que pasa por andar de culero.

B-Huevos que, eso pasa por no fijarse cuando pasas la calle. Vamos por un cafecito no? Pinche frio no me deja ni rezar, jajajajajajaja

A-Ni sabes rezar que te haces pendejo.

B-Vamos antes de que se acabe.

A-Ya viste men, ahí esta el Mauro, traetelo.

B-Nel, ya vez como es de desmadroso no nos vayan a correr y luego donde cenamos? Ya sabes como es su familia. Mira, ya van a rezar otra vez, como si con eso lo fueran a salvar al muy cabron.

A-Si verdad? Pinche culero que era, te acuerdas cuando mato al gatito de Doña Concha? Y al de Don Toño? Y los perros que enveneno que? Y solo son los que le sabemos, quien sabe cuantos mas se llevo entre las patas.

B-Y miralo ahora, en su cajita, con su carita de inocente el muy cabron y hasta de traje y con corbata jajajajaja.

A-Shhhh…. Callate cabron.

B-Oye guey se puede enjuiciar a alguien por ser serial cat_dog killer?

A-Mmmm, no creo, pero dejar de usar tu pinche spanglish.

B-Se podra rezar en spanglish?

B-Father nuestro que estas en el sky, santificado sea your name…. Que mas sigue?

A-Libranos de todo mal amen, no?

B-Jajajajajajajajajaja

A-Jajajajajajajajajaja

B-Oye guey que dejo la maestra de tarea?

A-No se, ademas le decimos que venimos al velorio y con eso la libramos.

B-Cierto, es mas deberian cerrar la secu en su honor.

B-Jajajajajajajajajaja

A-Jajajajajajajajajaja

Para Joako
por su cooperación, paciencia y mamonería.

-Tío, ¿se siente bien?

-Sí, solo un poco cansado del viaje. No te preocupes Estela.

-Por favor, siéntese. ¿Le sirvo café?

-Gracias.

-Mi tía Eveli, ¿cómo está?

-Bien. Viene en camino con los chamacos.

-Ese par de latosos. ¿Qué dicen mis primos?

-Pues, Jorge se acaba de titular y Joaquina apenas va a entrar a la universidad.

-¡Qué bueno!

-…

-…

-¿Cómo te sientes?

-Mal y usted lo sabe, pero debo hacer el esfuerzo. Aunque muchas veces él me dijo que ya estaba cerca su hora, no pude hacerme a la idea. Y ahora…

-¿Y… cómo pasó sus últimos momentos tu papá?

-Siempre decía que a lo que más le temía era formar parte de la inexistencia, pero no se le veía asustado ni angustiado, estuvo sereno y atento. ¿Papá nunca le dijo como deseaba morir?

-¿Te refieres a lo de Buñuel?

-Sí, en su último suspiro dijo: me muero y estoy consciente de ello. Y esbozó una sonrisa.

-Recuerdo el día que leí el texto del funeral. Le pregunté, ¿qué onda con tu “cuento”? Me contestó: así es como quiero morir. Y además, mi hija, si es que llego a tener una, se va llamar como La Jefa.

-¿Escogió mi nombre sin siquiera saber si yo llegaría?

-Ya sabes. Sus iris.

-¿Cómo el día de mis XV?

-Y que lo digas. Cuando me dijo que en lugar de darte tu última muñeca, te regalaría su libro de cuentos de Asimov, le dijé “¿Qué quieres?”.

-¿Qué le contestó?

-Nunca le he regalado una muñeca, para qué lo haré ahora que ya no juega con ellas. Este libro es un tesoro para mí.

-Y lo cuido como tal.

-Eso lo hacía feliz…

La oscuridad es total, no oigo nada. No puedo moverme, me supongo que eso pasa cuando uno muere, pero no veo la dichosa luz. ¿Será esto todo, quedarse así en la nada? ¿Será el infierno?

¿Qué es lo que suena? Parece como si fuera un arroyo, todo está tan oscuro, ni siquiera puedo sentir mi cuerpo solo oigo y pienso.

¡Dios, perdona mis pecados y déjame ir a tu reino o al infierno, pero no me dejes aquí!

-Parece que duerme, se ve tan calmado. Ya dejo de sufrir…

Esa voz, es de mi hija, puedo oírla, aunque muy quedo pero se entiende Se oye mucha gente. ¿Por qué no oigo a los mariachis que pedí que tocaran? ¡Maldición, les dije que quería que lo tocaran en mi funeral!

-Tan bueno que era y tan rápido se nos fue
-Si, así es esto ¿ya trajeron el café con piquete?
-¡A la salud del compadre, que en paz descanse!
-Tan pedote que era, ¡salud!
-Te acuerdas de la semana pasada, fue la última vez que chupamos…

Las voces se apagan otra vez ¿que esta pasando? No entiendo nada. ¡Maldición! Otra vez el vacío. ¿Cuanto tiempo ha pasado? Oigo oraciones y llantos, cada vez son más claros los sonidos. Son mis hijos y parientes llorando y un sacerdote rezando.

Ese sonido es… ¡Son palas y tierra cayendo! ¡Han puesto la losa!

¿Qué sucede? ¡Siento mi cuerpo, tengo frío! ¡Oh Dios mío, estoy vivo!…

Tíííía. ¿Quieres un dulce? Son de los que mi abuelo repartía. Los guarde en mi pantalón y mira, aquí estaban. Ten, toma.

-Gracias nena.

-¿Susana, aquí estas? Ven ya. Te estamos esperando y los demás empiezan a impacientarse.

-Déjame Rodrigo, que empiecen sin mí.

-Sabes que no puedo hacer eso. Daniela: anda, vete a jugar con tus hermanas. Deja que tu tía y yo hablemos.

-Ay papaaá.

-¿De qué quieres hablar Rodrigo? ¿Del tiempo que llevaba sin hablar con papá? ¿O de las palabras hirientes que le dije la última vez que lo vi?

-De cuánto nos amaba; y nosotros a él, Susana. Ya no puedes seguir torturándote. El jamás te recriminó nada y, si acaso, cuando hablábamos, reía y se alegraba al referirse a ti como su chamaquita celosa, su caramelo sonriente.

-Mira Rodrigo, déjame en paz, te lo pido, por favor.

-¿Te acuerdas que nos decía que no había mejor regalo que un buen caramelo? ¿Ý que acostumbraba llevarnos cada tarde a la dulcería, después de clases? Si lo piensas, es casi un milagro que no seamos obesos.

-No seas tonto Rodrigo, jaja.

-Tú eras su favorita Suz; tienes que animarte y pensar alegremente en él. Mi papá se dedicó a mamá y a ti; nunca querría que su dulcecito esté triste. Baja ya, estamos todos esperándote.

-¿Natasha está aquí?

-El me dijo alguna vez, muy serio en sus palabras, que era hora de reencontrarse con las libaciones de su juventud…

-Entonces se separó de mamá y se fue a viajar por ahí, y cuando regresó traía del brazo a esa vieja más joven que nosotros, que además ni habla.

-Es rusa. ¿Qué esperabas?

-Es una puta.

-Es familia, y alegró los últimos días de un viejo dócil y benévolo. Ten, cómete este dulce y llévale el otro a papá.

-¡Crema de limón, sus favoritos!

-Al final, él me dijo que había descubierto unos dulces aún más excepcionales; jamás dijo cuáles, sólo que eran azules…

Sabía que de mis gusanos no habrán mariposas pero escuchar esto era mucho peor. Imaginaba algo diferente que estas frases de esa gente. Quería ver de nuevo todos mis mecheros perdidos, pensaba vivir otra vez cada momento de mi vida. La he convertido en una película que estaba planeando ver alguna vez más, pues me convertí en un dvix, me metí en un agujero estrecho, me aplasté y ahora tengo que oír en directo que se dice sobre mi existencia aquí, aunque no ahora. Y yo soñaba con el silencio. Y yo deseaba desaparecer desapercibido. Y yo no necesitaba sus comentarios. Y yo sabía que sí que me lo merecía. Y yo me sentía por fin natural. Como un trozo del universo cualquiera. Y ellos no hablaban de nada que fuera relacionado conmigo. Y a mí me daba igual. Y yo sola mente sentía que no me dejan ni morir sin participar en la puta sociedad. Y yo sólo había pedido que me dejen en paz. Y ellos no, decían que esto no se puede, decían que descanse en paz y no oían que ruido estaban produciendo. Y yo me dije a tomar por culo, que se joda lo normal y lo real y la vida entera, pues salí de repente de la tumba y pregunté al cura si no tiene un pitillo y él tenía y luego dije a una amiga que fumaba mucho después de mi muerte, no tienes fuego, A, yo tuvo que perder los mios en alguna parte, y ella tenía, y luego alquién gritó un vampiro, matadlo, un vampiro hay que eliminarlo y enterrar en seguida, un vampiro y yo dije y qué, joder, y me fui vivir una vida nocturna fuera de la sociedad y de la realidad y tal. Y me daba igual que no soy una mariposa. Y no tengo ni idea como se acabó aquel funeral mio, es que ya no estaba allí.

Puedo ver la escena, mis padres y mi hermana lloran… me siento mareada, el incienso siempre me ha mareado, y no consigo entender como es que todavía me afecta…

- … pero sobre todo, una gran amiga – Marco termina de hablar, su voz suena triste…

¡Lucca! de repente reparo en él, una lagrima escurre por su mejilla… planeábamos casarnos en mayo… ¡pero si ya estamos en mayo!… ¿por qué no me case?

- ¡TODO ES TU MALDITA CULPA! -

El grito de Eduardo sobresalta a todos, y entonces le veo, apartado en un rincón, llorando… ah ya recordé

Eduardo se acerca al féretro

- Si no me hubieras engañado… ¡ESTO NO TENDRÍA QUE HABER PASADO¡ -

Comienza a golpear el ataúd aunque esta esposado y custodiado… logran por fin aquietarlo… y yo me doy cuenta que Enrique se encuentra junto a mi familia

- Perdónenme – susurra…

Observo como mi padre le ayuda a levantar y como mi hermana lo abraza…

Te perdonamos, de todo corazón te perdonamos – le dice mi madre – Prude solo estuvo en el momento equivocado en el lugar equivocado… Dios ya la tiene con él

Enrique comienza a llorar y yo también… lloro de tristeza al ver el ataúd de mi mejor amiga junto al mío… el cristal hecho trizas por los golpes de Eduardo…¡ay amiga! ¿nunca pudiste dejar de amar a Enrique verdad?… nunca, ni aunque el estuviese casado y tu casada también… sigo llorando… pero ahora de alegría, porque veo la luz y mientras me dirijo hacia ella pienso: “¿pero eso es lo que hacen los amigos verdad? ayudarse unos a otros, aunque eso involucre perder la vida a manos de tu esposo”… entro a la luz, me fundo en ella.

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