Ejercicio 32: Instantes Finales

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Había sentido un leve cosquilleo en mis piernas, como si alguien me acariciara con un plumero. Pero no era éso lo que casi logra despertarme. Era un ruido. Un sonido armonioso pero en realidad molesto. ¿Qué era? El cuarto estaba todavía obscuro. Al menos ninguna luz podia sentirse a traves de mis párpados cerrados.

Otra vez el cosquilleo a lo largo de mis piernas, hasta mis pies. ¡Ya! Una de las cobijas cayó al suelo cuando me senté de golpe. Nada. Hasta que una mancha negra y muy grande se movió en el piso. Era una araña. Enorme, negra y con un montón de puntos rojos sobre su lomo. No reaccioné de inmediato. La imagen era absurda pero amenazante. Después de un momento grité, y mi grito competía con el ruido fuerte y rítmico que casi me había despertado antes. ¿Era éso el sonido de otro animal?

Volví a gritar y no dejé de hacerlo, como si de esa manera pudiera matar al bicho y acabar con el ruido. Luego, al sentir el peso de las cobijas sobre mi cuerpo, entendí todo. Abrí los ojos. El sonido extraño seguía ahí. El cuarto estaba ligeramente iluminado. No había ninguna araña y no necesitaba levantar las cobijas para comprobarlo. Me levanté para asomarme. En la base de la ventana estaba una paloma cantando. Me reí de la candidez de aquella situación. Mi mente inventó una araña para lidiar con el arrullo de la paloma.

Volví a la cama a descansar unos minutos antes de que sonara el despertador.  Cuando sentí un ligero pinchazo, lo interpreté como el último sueño de la noche. Supongo que la viuda negra que me picó debió haber espantado a la persona que encontró mi cuerpo en la cama, dos días después.

El frío en el despacho aumentó en el amanecer. Era invierno y sábado. La mañana me encontró sentado en el escritorio, frente a mi computadora y realizando el trabajo pendiente  para dejar todo arreglado en mi ausencia y viajar. Supe que su salud no era óptima, pero jamás creí que fuera tan rápido y sorpresivo su deterioro. El día anterior Berenice marcó y me dio un panorama poco alentador.

-Deja todo y ven. En estos momentos todo puede pasar y le haces falta. Apúrate. Puede que alcances…  

-Sí, no te preocupes. Vuelo en cuando pueda.

Entre papeles y el sueño, antes de las siete, sonó el teléfono.

-Librado. Es inútil. Acaban de desconectar los aparatos. No hay remedio…

-¿Está consciente?

-Pidió hablar contigo.

-Acerca la bocina…

Un silencio. Una respiración cortada.

-Quisiera abrir lentamente mis venas, mi sangre toda verterla a tus pies… Sombras nada más, entre tu vida y mi vida…- canté

-  Librado, todo fue posible. Me hiciste falta.

-Tú también a mí. Ayer me acordé de muchas cosas…

-Yo también. Te soñé…

-No he podido encontrar boleto para viajar. La Navidad…

- Yo lo sé. Yo lo sé… tengo que decirte algo…

-No hables… escúchame…

-Sé feliz, Librado. Nada es tan importante como ser feliz…

-Lo sé; claro que lo sé…

-Leí lo que publicaste en El Peregrino. Muy triste… demasiado.

- La tristeza es un sentimiento eterno, la felicidad sólo llena los huecos.

- El círculo no es cuadrado… hace rato me desperté y estaba soñando que te decía esto: encuentra al pez,  no te pierdas en colocar el cebo…

Un silencio. Una exhalación.

En la bocina se escuchó el llanto de Berenice y el golpe del teléfono en el suelo. En la ventana se veía la nieve que caía de pronto y cerré los ojos.

- Sin eufemismos, ni mentiras. Nunca.
- Hecho.
- Pacto. – Sonreí y tomé aire.- Esto es tan extraño… estar contigo ha sido… tienes razón, te vas justo a tiempo. Vas a poder decidir lo que quieres hacer con tu vida, me alegra que lo vuelvas a ver pero tengo que admitir que sentiré celos.
- Igual yo.
- Pero aún así… y pase lo que pase.
- Siempre estaremos en contacto, guarda lo que sentimos en la caja.
- Lo haré, lo prometo.
Y recordando nuestro pacto nos besamos.
- Te amo. Dije yo… y siempre estaré allí para recordarte que sigas tus sueños. – Lo abracé.
- Siempre estaré allí para protegerte, siempre. Nos volveremos a ver, no se cuándo ni en qué circunstancias… pero estoy seguro.
La noche nos alcanzó, comenzó a llover, pedimos un taxi. Mi corazón latía rápido al saber que lo extrañaría y que pronto dejaría de abrazarlo.
Bajamos del taxi y abrí la puerta, la torpe mascota de la casa en la que me hospedaba en aquél entónces quiso escapar y la detuvimos. Lo besé, me besó…. El adiós comenzaba doler, un abrazo. De nuevo ese perro trató de salir, nunca se me ocurrió que ese inmenso perro iba a acelerar la despedida, tenía que cerrar la puerta y rápido.
Nos besamos, una lágrima mía se escurrió al beso y a los labios de ambos.
- Te amo. – Le dije.
- Te amo. – Me dijo moviendo los labios y con sus hermosos y brillantes ojos mientras yo cerraba la puerta.

-¡Mátala!
-¡No puedo!
-¡Que la mates te digo!
-¡No! ¡No puedo!
-No seas cobarde ¡Que lo hagas!
-¡Esta bien! ¡esta bien!.

Al otro lado del universo estaba la rosa esperando, preguntándose dónde se encontraba el ingrato, ese, que no apreciaba su belleza y su compañía, ¿dónde estaba el fanal para protegerla del viento y el agua con que la regaban cada día?.

Ella sabía que él no le creyó lo de poderse defender de los tigres con sus espinas; nada más había que ver el lugar y notar que, obviamente, allí no habian tigres.

Se negaba a admitirlo, pero era cierto, le hacía falta el principito, cada pétalo que se desprendía, llevaba un poco de tristeza, pero ella, aún en la soledad, se mantenía erguida, orgullosa.

No podía sobrevivir sola como creía, estaba anclada a la tierra, a ese pequeño mundo y no notó que el viaje sideral de su cuidador y compañero podría costarle la vida.

Cayó poco a poco su colorido traje, sus espinas se endurecieron, se fué haciendo cada vez más delgada, se fué secando, hasta que un día una fuerte brisa la partió en la base y su cuerpo se fue volando hacia el espacio exterior.

-¡Ya! ¿Feliz?- dijo dejando correr el caudal de lágrimas que no podia contener más.

-Si, ha vuelto el orden al universo, puedo descansar.

Hace unos doce o trece años estaría encantada con la noticia. Claro, si me alucinaba,  me debrayaba con toda esta parafernalia: la palidez mortal, el acechar como todo un depredador nocturno, Brad Pitt y Ann Rice, la ropa de terciopelo o de satín, el glamour y todo eso. No me molesta tanto que la poca sangre que me queda esté manchando mi bulsa de seda, lo que me molesta es que la sangre es tan difícil de limpiar, y ahora será el pan de cada día, más bien noche… 

Por dios, este ente desgraciado me destrozó la garganta, o al menos eso alcanzo a percibir con las yemas de los dedos, pero ¿debería confiar en lo que siento? muy pronto dejaré de hacerlo, o quién sabe, no recuerdo si en alguna novela se especula sobre ello… por lo pronto, empiezo a sentir el frío, ¿será que me desangraré y moriré? Se supone que cuando esas criaturas se alimentan terminan con la vida de su presa, pero ese cabrón, andaba tan borracho que luego de echarse un bloody mary a mi salud y chacualear en este inmundo charco se ha largado sin más, la sangre es tan espesa, qué asco, adios a mi dieta vegetariana…

¿Pasaré por eso del rigor mortis? No, creo que eso sólo pasa muchas horas después de la estirada de pata, aunque ¿cuánto tiempo ha pasado? Cinco, seis minutos…

Pero vaya, en realidad no me estoy quejando, (no deberían pensarlo o tomaré muy en serio la posibilidad de visitarlos un día de estos y cerciorarme que no tengan diabetes o algo así) la cuestión, lo jodido de la situación es que apenas hace tres días, le puse en la madre a mi cuenta del banco pagando el paquete avión-hospedaje-alimentos para largarme a las Bahamas.

La fila esta eterna. Mis pies se han cansado pues ya es de tarde y en la mañana estuve en lo del doctor, luego almorcé, me vi con un amigo de esos que uno ve porque se encontró y me vine acá. La fila esta eterna, mis talones parecen seres vivientes palpitantes, viscerales extremidades que de repente huirán de mi, se escabullirán por las hendijas de las baldosas, recorrerán esta impecable oficina de pisos brillantes y celadores de azul profundo como loros del amazonas y llegarán a la calle para terminar aplastadas por el bus que va al otro lado de la ciudad, que de seguro cuando salga de aquí (en un par de años) no se detendrá por mí. Así es siempre. Y seguro el que se detenga no lo hará por mi sino por la oficinista que estará detrás mío, pero yo procuraré subir primero; siempre me gusta eso de sentarme detrás del conductor, es el único sitio del bus con ventana propia, sin el ganchito de la ventana que moleste en el hombro y con suficiente espacio para las piernas del tipo promedio. De lo contrario deberé sufrir, en el mejor de los casos, un viaje de pie aferrado a esos tubos que huelen como a ácido y dejan ese olor de suciedad brillante en las manos, contorsionando cada vez que alguien pase por mi lado con su enorme cadera desproporcionada y ese bolso gigante donde sólo llevan, que valga la pena, una bolsita de kleenex de hace 3 días; es mi turno.

I

Gonzalo llegó como todos los días: ansioso, con los pantalones enlodados, su playera de Interpuesto y manejando ese horrible carro despintado. Cuando llegaba siempre hacía ese ritual que nos ha parecido, más que un misterio, una extraña maña del bastardo. Sus manos flacas y huesudas se estiraban como si fueran de goma, pinche Gonzalo, siempre sabía dónde buscar. Y el muy cabrón siempre encontraba.

II

Éramos dos docenas. Todos uniformados, llegamos exactamente al mismo tiempo esa noche temblando de frío. A algunos ya les empezaba a doler la cabeza y su color no era muy bueno. Recuerdo que contrario a lo que nos habían dicho, no venía nadie por nosotros y ninguno habíamos salido. Hacinados en ese pequeño lugar que a cada minuto se calentaba más. Estaba oscuro, chocábamos unos con otros y sentíamos la presión, el miedo. Todos se preguntaban por qué fuimos separados de los otros. Estuvimos solos largo rato hasta que nos movieron. Afuera había voces en una extraña lengua, risas. Carcajadas.

De pronto: Silencio.

Destellos de luz. Uno tras otro. En cada destello pierdo de vista a uno de nosotros: Veinte, trece, cinco…  me aterro. Sudo.  Me toma entre sus manos, me mira con malicia, sonríe. Me sostiene por el cuello, lo acaricia. Veo alrededor y me doy cuenta que soy el último de todos. Sus ojos brillan, maldita bestia. Un tronido en mi cabeza y todo se vuelve negro. Vacío.

III

Volvimos de con las chavas, sedientos y orgullosos de ser tan chingones… merecemos una helada recompensa.

Buscamos como locos. ¡No mames! Todas en el suelo, ni una gota.

Y el Gonzalo ya no estaba.

La ultima vez que visite este bosque fue en 1961, hace años ya. Era apenas un niño. Mi padre nos trajo a cazar conejos pero no encontramos ninguno esa vez, así que finalmente cazamos un venado criado, de esos que pagas para que los suelten y sean un blanco fácil. El bosque era enorme entonces; parecía muerto en la inmensidad de su silencio pero vivo en la ilimitalidad de su pinos y cedros rojos.

Ahora que he vuelto no me encuentro tan sorprendido, el bosque esta casi muerto, tal y como me lo imaginaba. Todo cenizo, todo plano, todo desnudo. Y entonces por fin veo un conejo en el; solo, callado, mirándome como tarado, con la los dientes temblando y los ojos enormes; y entonces me pregunta.

- ¿Y el bosque?

Miro a mi alrededor y no encuentro novedad alguna que me ayude a mentirle al conejo.

- No se – respondo

- Se lo llevaron – me dice

- Pues si

Se acerca a mi, lo alzo y camino hacia la carretera. Llegamos a una carretera de cuatro carriles, en los que los autos no pasan pero cuando lo hacen es de la nada.

- Suéltame – me dice

Lo hago y el corre hacia la carretera, se detiene en medio y se recuesta.

- Vete – me grita

Y me voy; y corro entonces hacia el bosque que ya no existe, y corro entonces a perderme en el, y corro entonces a morir en el,  ante el mismo contexto injusto del conejo. Igual que el venado de la infancia e igual que el bosque.

¿En qué acabo de meterme?
No hay forma posible de salvarme de esta. ¡Qué bueno que nunca tuve hijos y que mis padres ya están muertos! No me gustaría que me vieran después de lo que está a punto de sucederme.
Acabo de cagarla, y por esa desobediencia, recibiré un nuevo tipo de recompensa: la agonía.
Aquí viene…
Una angustia incesante, un dolor indescriptible, el tiempo se ha detenido y sólo me queda la soledad y un odio enfermizo hacia la hipocresía que me ha condenado a este infierno.  Ya van varios segundos, y mi tormento aún no termina. El dolor inmisericorde del que soy presa va menguando poco a poco, mientras siento la inevitable llegada de la inconsciencia. Sé que si me desmayo no despertaré nunca; pero no puedo evitarlo. Los huesos de mi cráneo se van rompiendo poco a poco, en fracciones de segundo que para mí son eones. Mi quijada casi se desprende de mi cara al contacto con esa indescriptible fuerza. Pero al final, sé que es mi culpa; sé que yo me lo busqué. El dolor no me deja pensar en otra cosa que no sea el desear que todo termine. Al parecer pronto será así.
Todo lo que dicen es cierto: “No hay teoría de la evolución… sólo una lista de criaturas a las que Chuck Norris deja vivir”. Y él no me eligió. Su patada giratoria es letal.

Hace lo que parecen siglos, el ejercicio ocho de Metatextos les pidió que relataran en trescientas palabras o menos el fin del mundo ¿recuerdan?

En esta ocasión y respentando los múltiplos, haremos algo parecido.

Los participantes de metatextos deberan narrar en trescientas palabras o menos los ultimos minutos de una vida.

Recuerden que vidas hay muchas, pero muertes solo una.

No se vayan por la salida fácil del viejito en su cama o el incauto peatón que es atropellado de repente. ¿como narrarían la muerte de una celula atacada por un virus? ¿o una mosca al caer en la tela de una araña? ¿o la muerte de un feto abortado? (sin caer el Serranolimonismos, por favor)

Tienen hasta las 23:30 horas del Jueves veintiseis de Febrero para entregar sus textos. Como siempre, serán publicados a partir de las cero horas del Viernes veintisiete.