Arturo sabía de las correrías erótico-amorosas de Ginebra, su reina. Sí, era cierto que Meleagant era un gran guerrero, que Mordret era mortífero en la batalla y que Lancelot, bueno, a Lancelot lo tenía en un alta estima.
Sin embargo, al principio no estaba seguro de que las habilidades bélicas de cualquiera de sus súbditos merecieran el dulce, dulce néctar del cuerpo de su esposa. Aun y cuando la tradición lo señalara, siempre sintió celos de todo lo que Ginebra representaba; si era cierto que ella encarnaba la Soberanía de todo el reino, era entonces obligatorio, en más de un sentido, entregarse a los guerreros que la defendían. Y de ser así, Arturo habría deseado no haberse casado con ella jamás.
Pero Arturo no era un improvisado, había llegado al trono con grandes esfuerzos y sacrificios, aunque ayudado por las artes de Morgana y de Merlín. Sabía cuando la gente le mentía, podía ver su alma a través de sus ojos.
No le gustaba sentarse en la mesa rectangular, al centro, frente a nadie. El carpintero real había muerto de cólera y su hijo era demasiado joven para continuar con el oficio. Su añorada mesa redonda, donde podía sentarse y mirarse frente a frente con sus caballeros no llegaría a tiempo para la deliberación previa a la batalla que se acercaba en Camlann.
Esa fue la razón por la que partió a la guerra entero, sin que nadie le rompiera el corazón. Lancelot había sido capaz de esconder su mirada de la del Rey, sabía que si Arturo tuviera conocimiento de su idilio con Ginebra, la batalla no sería más que un trámite para la muerte.
Lancelot fue muerto en combate pero Arturo volvió triunfante a Camelot. Pasado el tiempo, murió de causas naturales y fue olvidado por la historia.
