¿¿Y porqué??

Paciente: Llevo dos años, todos los jueves en este diván mirando mi vida, mirando esa blanca pared de enfrente, mirándome a mí. Dos años en que inicié pagándole 300 pesos la sesión y ahora le pago 400. ¿Es el precio de mis temores? O ¿el costo de saber-me?

Psicoanalista: -Se escucha el respiro sordo proveniente de sus abiertas fosas nasales.-

Paciente: Y usted, sin responderme, sin una palabra, un aliento, un algo… una pastillita o un mejoralito

Psicoanalista: -ligeramente una mueca le convulsiona en los labios que sonríen-

Paciente: En ocasiones creo que se queda dormido, o que está leyendo… O simplemente que no tiene algo que comentarme.

-se plasma un silencio de unos pocos segundos-

Paciente: En un principio fueron esos artilugios que conversaban casi por si solos. Mientras, usted y yo éramos simple espectadores. Como si todos los que me hablaron en algún momento, hubieran dejado un poco de su léxico en mi piel. Simple escritura, simple gramática reduccionista.
Como si el sentido del sentido fuera el sentir… Leyendo cada letra que este mundo colocó. Justo así, ley-endo, una “ley dentro”, una ley en la que estoy metido y la función continúa, conmigo.

Quizás sea que estoy dando una lectura a todas esas voces, a esas ventanas. A mi madre, a su hermana. A Dios. . . . . .

-El paciente, sorprendido de su despedida homófona, o de su homofonía eclesiástica, recoge sus respectivos clavos, su tortuosa corona, se coloca su manta roja ensangrentada y se crucifica nuevamente en la pared blanca del consultorio.-

No creo haber entendido el texto, pero el annominatio me gustó.

Me encanta. Amo las acotaciones de gestos del psicoanalista, que se crucifique, amo las palabras partidas. Tómala.

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