–¡Ay, no sé! –dijo Baltazar Reginaldo.
–Ándale. Participa ¡a ver si es cierto! –espetó Marcial Pereira.
Baltazar Reginaldo ajustó sus viejos anteojos sobre el puente de su nariz, mientras leía la convocatoria emitida por el Ministerio de Cultura esa mañana: “Premio Nacional de Primera Novela”.
Desde su infancia, escondido entre las ruinosas paredes de la Biblioteca Central, refugio mohoso de su timidez y fragilidad, soñó en ser el autor de uno de esos libros, cargados de ensueño y sabiduría. Quizá era su oportunidad, saldría de su gris despacho y diría a muchos lo que sentía; dejaría de ser invisible para el mundo. También cejarían sus quejas por el poco respeto al lenguaje y a las palabras. Enfocando su vista sobre los detalles de participación, sintió la voz de Pereira como la voz matinal con que su madre lo despertaba para ir a la escuela, y los elogios sobre la manufactura de sus composiciones infantiles. No importaba que lo hiciera con manotazos bruscos y torpes de hombre mal educado, pero la franqueza y calidez de Pereira, lo habían casi arrojado hacia la publicación de sus escritos nunca mostrados a nadie y que Pereira, en su afán invasivo habitual, había descubierto en un arrugado folder en el fondo de un cajón de su recóndito escritorio burocrático.
Así comenzaron las conversaciones la literatura toda; Pereira no había leído mucho, pero era un escucha respetuoso y poseía una sensibilidad extraña para reconocer el sonido de las letras y las palabras y amaba los artificios posibles de construir con ellas, reuniéndolas en complicidades incomprensibles y esplendorosas.
–Ándale Regi. Manda tu libro –oyó, el casi ruego de su mejor, único amigo…
Lo miró y pensó en la razón de su amistad: las palabras, y la osadía de hacerlas, quizá, algún día, obedientes.

