Bajó las persianas como cada noche antes de dormir, sin embargo antes de alejarse de la ventana alcanzó a ver su silueta. La luz que emanaba del farol de la esquina iluminaba la escena. Se quedo ahí, al pie de la ventana, observándolo, memorizando cada movimiento. A los pocos días esta actividad se había convertido en parte de su rutina.
Caminaba de prisa, el trabajo había estado horrible, ansiaba llegar a su casa para darse un baño. Al doblar la esquina se percató de su presencia, no pudo contener la sonrisa, rápidamente ideó algo para acercase.
-¡Hola! ¿Te ayudo?- dijo nerviosa.
-Gracias, está bien- respondió él.
-Ok, si necesitas algo me avisas, vivo en el 305B- agregó María emocionada.
Subió de prisa mientras repasaba mentalmente lo ocurrido, sonreía. Al entrar se dirigió hacia la ventana esperando poder contemplarlo de nuevo, no tuvo mucha suerte, Juan había desaparecido. Desilusionada fue a encender la ducha para tomar el baño que tanto necesitaba.
Entró a la habitación y poco a poco fue deshaciéndose de la ropa, llegó a la tina y se sumergió. La sangre comenzaba a fluir con mayor rapidez dentro de su torrente sanguíneo, gotas de sudor resbalaban de su frente, empezó a gemir. La humedad se hizo presente dentro de su interior, lo único en que podía pensar era en él, en sus movimientos, en sus manos torpes, en sus piernas inertes, en la dificultad que expresaba su cuerpo para desplazarse. Por un lado sentía una gran admiración por él, por el otro lo compadecía, le tenía lástima, se sentía superior a él y por tanto con la capacidad y el derecho de ofrecerle su ayuda, de cuidarlo, de protejerlo.
El teléfono sonó repentinamente sacando a Maria de su trance, era de la oficina, había llegado un nuevo paciente, contusiones múltiples, accidente automovilístico, cuadraplejía completa. María sonrió ilusionada.

