Por fin todo el esfuerzo daba fruto ahora que Samuel había muerto.
Desde su nacimiento y durante quince años, Ventradel el demonio se había posesionado del cuerpo de Samuel, y lejos de llevarlo por los caminos del mal, el demonio había puesto en marcha su plan y llendo contra su esencia diabólica había sido la conciencia del muchacho.
Y Samuel creció comiéndose las verduras, asistiendo a misa los domingos, ayudando a los ancianos y respetando a sus padres hasta el día de hoy cuando “accidentalmente” lo arrollo el tranvía camino de la iglesia.
Para Ventradel el ser conciencia de Samuel y hacerlo obrar bien aun en contra de la naturaleza humana y demoníaca se ha visto recompensado cuando se ha parado Samuel frente a las puertas del cielo y las ha atravesado con todo y demonio dentro.
Para Ventradel llegar al cielo era la parte culmen del plan, significaba tener la oportunidad de destruir esa maquina de felicidad eterna desde adentro, sembrar el caos en las fértiles tierras del paraíso, ser como un cáncer que poco a poco se extendería y pudriría el etéreo resplandor celeste como un cáncer hasta que no quedase nada.
El plan era teóricamente perfecto, y mientras en la tierra se prepara la beatificación de Samuel el niño santo, Ventradel, azote de los Ángeles, enemigo de dios y conciencia ficticia se debate en disyuntiva entre buscar a Yawhe y escupir en su cara, acabar con el cielo y reinar el nuevo infierno que crearía, o por otro lado, dejarse envolver por la hermosura y resplandor que le rodeaba y disfrutar de aquel paraíso que con todas las de ley había vuelto a ganar.

