Articles by Agustín Fest

Agustín Fest. Tiene 25 años y es residente de la Ciudad de México. Ha trabajado como editor de videos en postproductoras y casas de casting. También ha escrito artículos para Penthouse México y VG! Estudió y desertó la Licenciatura en Sistemas Computacionales y medio estudia la carrera de Letras y Lenguas Modernas Inglesas en la UNAM. Al parecer, es una de esas personas que no tienen idea de lo que son en la vida. Lo único que tiene seguro, es que devora libros desde los seis años y escribe desde los diez.

Ernesto Medel en su estado más contemplativo, antes de los zombies, Tlön y Santa Claus, sabía que pasaban dos cosas: Su panza se sentía más cómoda y algún cabrón se atrevería a buscarlo. Medel no estaba dispuesto a explicarles a sus perseguidores su vida complicada y su duro entrenamiento que habían desembocado en un sexto sentido que le prevenía.

Antes de matar a alguien, una de sus historia preferidas era de como cazaba ballenas y que un animal como el ser humano, claramente en desventaja en proporción peso e inteligencia, no era lo más apto para cazarlo a él.

Estaba tranquilo, como los jardines zen de Okinawa que tanto le gustaban, era el momento en que algún desconocido le confrontara por un muertito: que mataste a mi hermano, que mataste a mi capitán, que mataste a mi amante. Faltaba sólo que el gato viniera a quejarse con él por la muerte del ratón que llevaba en el hocico.

¿Qué la gente no sabía otra cosa que buscar venganza o cómo desplazar su envidia? En el reflejo de su vaso ya había visto al muchachito nervioso, con la colt temblándole en las manos, buscando la entrada. El primer pensamiento fue-. ¿Me tomaré la molestia? -el segundo fue-. Ohayo gosaimazu, deme más cerveza.

Se acarició el bigote. Tenía dos armas: la de puto escondida y otra en el abrigo. Como en el ajedrez, ya había visualizado todos los movimientos y finales posibles. Se acarició el bigote. Medel esperó paciente. No sabía que años más tarde, estaría disparando su lanzacohetes sobre Japón matando zombies y la vida era mejor.

Erneso Medel y su viaje, caminando con las botas ya gastadas, lo llevaron al Polo Norte. Una escopeta recortada, pocas municiones y un cuchillo, eran lo único que lo habían defendido. Esperaba que los zombies no atravesaran los campos de hielo, que su piel se rompiera tan pronto entraran al frío, pero incluso él con su chamarra, bufanda y gorro sentíase que estaba muriendo. El desierto helado significaba para él una cosa: Muerte. Ya no había más. Había llegado a su límite, había peleado mucho y bien, pero ya no había de otra. Quedaban menos de nueve balas y su reflejo azul, frío, muerto, le perseguía a donde quiera que fuera.

Cuando escuchó villancicos a la distancia, enfocó la visa al norte, una casa roja estaba a unos metros. Atravesando la tormenta de nieve encontró un trineo. Medel alzó las cejas, imposibilitado de decir palabra, se acercó al trineo y fue cuando lo vio. Un gordo enorme, de abrigo rojo, barbón y qué musitaba “CEREBROJO CEREBREJO Y CEREBROJO” se le aventó encima. Ocurrieron varios milagros. Pudo levantar el brazo con el frío que hacía, pudo accionar el gatillo de su escopeta y esta disparó directo a la cabeza. Ernesto Medel había matado a Zombie Santa Claus. Sonrió.

Se subió al trineo. No era como la Harley, pero el trineo parecía leer sus pensamientos. El trineo alzó vuelo. No se preguntó por los renos. Seguro el zombie gordo aún los tenía en el estómago. La improvisada alfombra mágica agarró su camino, y Medel buscó en los sacos a ver si encontraba algo de buen uso. Un lanza cohetes seminuevo estaba adentro.

-…bueno -pensó Medel-. Esto no puede ser tan malo.

El martes, Ernesto Medel atravesó el camino desierto. La gasolina de la Harley se acabó hace mucho. Su escopeta yacía tres estados atrás. De dieciocho balas, había perdido nueve. El jueves encontró tres balas en el bolsillo del cadaver de un policía. El viernes, Medel descubrió tres balas más en la guantera de un Dart. Se miró al espejo. Medel estaba en Tlön. Guardó las tres balas en su bolsillo. Ni siquiera prendió la radio. No le interesaban los sobrevivientes. No existía el futuro, sólo la esperanza presente. Si Ernesto Medel fuera una entrada en la enciclopedia de Tlön, sería clasificado como el único hombre: aquel cuyo reflejo no se multiplica en el espejo como sus dientes cuando sonríe. El único hombre que encuentra nueve balas de plomo cuando pierde nueve, cuyo viaje es continuar al sur hasta la perpetuidad de sus días. Ernesto “Pistolas” Medel, es el sofista de las nueve balas de plomo.

Cuando escuchó por televisión al reportero exclamar-. ¡Ya valió madre! -lo apagó. La transmisión fue en vivo desde Tijuana. Guardó en una maleta las armas que había reservado de su armería. Se acarició el bigote, luego la panza. Sabía que hacer. Al parecer los zombies ya habían transformado toda Norteamérica y caminaban lento, pero seguro, a México. “Como testigos de Jehová, pero sin tocar la puerta”, pensó. Poco le duró el gusto: “ARMAS CONTRA ZOMBIES. LLEVE LLEVE BARA BARA” y se vendió la mayoría a buen precio. Ahora no servía el dinero. Suspiró… tendría que desempolvar la Harley e irse de noche, que no lo vieran en su barrio.

-o-o-

Ernesto “Pistolas” Medel, a tres meses de la invasión zombie en México, era seguido por un escuincle que lloraba por su madre. La Harley duró poco sin gasolina y por incidentes tuvo que abandonarla. Atada estaba la escopeta a su espalda. No era su mejor arma. Habían caminado por la carretera a Puebla, buscando entre los coches abandonados provisiones. El niño trataba de platicar pero le ignoraba.

Cuando llegaron a la primera gasolinera, y les recibió el encargado zombie, Ernesto empujó rapidamente al niño hacia el zombie y disparó. El escudo humano. Comprobaba su efectividad cada tanto que algún pendejo le seguía. La mejor arma.

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Caminando más, balas menos, encontró una Harley. Casi idéntica. Sintió nostalgia y se montó en ella. Aún quedaba gasolina. Arrancó. No se había divertido tanto desde que fue parte de la guerrilla y mató gringos en Uruguay. Empezó a cantar una vieja canción a falta de radio: “El rey Satán va en su cadillac rojo, no me esperes despierto mamá, tú tampoco mujer, que me invitó a viajar. Voy de viaje al sur y presiento que no voy a regresar”.

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