Ernesto Medel en su estado más contemplativo, antes de los zombies, Tlön y Santa Claus, sabía que pasaban dos cosas: Su panza se sentía más cómoda y algún cabrón se atrevería a buscarlo. Medel no estaba dispuesto a explicarles a sus perseguidores su vida complicada y su duro entrenamiento que habían desembocado en un sexto sentido que le prevenía.
Antes de matar a alguien, una de sus historia preferidas era de como cazaba ballenas y que un animal como el ser humano, claramente en desventaja en proporción peso e inteligencia, no era lo más apto para cazarlo a él.
Estaba tranquilo, como los jardines zen de Okinawa que tanto le gustaban, era el momento en que algún desconocido le confrontara por un muertito: que mataste a mi hermano, que mataste a mi capitán, que mataste a mi amante. Faltaba sólo que el gato viniera a quejarse con él por la muerte del ratón que llevaba en el hocico.
¿Qué la gente no sabía otra cosa que buscar venganza o cómo desplazar su envidia? En el reflejo de su vaso ya había visto al muchachito nervioso, con la colt temblándole en las manos, buscando la entrada. El primer pensamiento fue-. ¿Me tomaré la molestia? -el segundo fue-. Ohayo gosaimazu, deme más cerveza.
Se acarició el bigote. Tenía dos armas: la de puto escondida y otra en el abrigo. Como en el ajedrez, ya había visualizado todos los movimientos y finales posibles. Se acarició el bigote. Medel esperó paciente. No sabía que años más tarde, estaría disparando su lanzacohetes sobre Japón matando zombies y la vida era mejor.

