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Antes de dar otra arbitraria vuelta al Sol, ocurre uno de los rituales humanos más pintorescos: El cumpleaños de uno de sus personajes más importantes. Uno pensaría que lo adoran, pero en realidad los humanos tienden a adorar a ciertas coníferas. Otros rituales incluyen: el intercambio de regalos inútiles, el consumo de alcohol y animales galliformes, y el ataviado de sus refugios con luces y colores.

-Pinche viejita, ahora si va a ver, llevo once meses preparando esto.

-Ya cálmate, a ella ni le importa, está sola, deja que se divierta adornando su casa, es más, yo creo que este año no va a hacer nada, ni lucesitas ha puesto.

-¡La dejo! pero el chiste es compartir la navidad ¿no? La comparto adornando mejor la casa, para que todos vean que somos más buenos.

-¡Pero el pavo ya es mucho!

-¡Ya te lo expliqué!, los pavos que te venden están bien chiquitos, parecen pollos. Es mejor comprar uno y engordarlo hasta que esté como Dios manda.

-¡Pero es demasiado! me da miedo salir al patio de atrás, se come todo, te apuesto a que si le traemos uno de esos pavitos que dices, se lo come.

-Cállate y ve por el pino. Y que sea natural.

El placer de la pelea no sólo es dado por vencer, sino por ver humillado al contrincante.

-Despiértate, ¡rápido!

-…¿eh? ¡¿Qué tienes?! ¿Qué pasó?

-¡Nos robaron!

-No la chingues, ¿qué se llevaron?

-¿Pues qué más? ¡El pavo!

-Ay, que bueno que pudieron venir. Si vieran que me paso la navidad sola. Por eso la cena, para invitar a todos los vecinos, compartir la navidad y este pavo tan grandote.

Corre

-¿Estás lista?

-Sí.

-¿Segura que llevas todo?

-Sí, está muy pesada –dijo la niña, sujetando la mochila.

-No te preocupes, no está tan lejos, ¿recuerdas dónde es, verdad?

-La casa donde se ven luces en la noche.

-Sí… esa.

Quería llorar, pero no se lo permitió. Si él comenzaba a llorar, ella también lo haría, necesitaba que fuera valiente y la única forma de hacerlo es no dándose cuenta de la situación.

-Tenemos que irnos, no hay tiempo.

Se limpió el sudor de la frente.

-Pero tú no vas a poder correr, papi. Uno te mordió en la pierna.

-Estoy bien, recuerda lo que tienes que hacer. Cuando te diga, agarras la escopeta y te vas corriendo ¿ok? ¿también llevas los cartuchos?

-Sí, todo.

Fueron juntos a la puerta. Sabía que esta era la última vez que la vería, pero tenía que hacer todo lo posible para salvarla, debía protegerla. De él mismo si era preciso.

Abrió la puerta de golpe. El viento helado y unos gemidos guturales los golpearon en la cara.

-¡Corre!

Aparecían de la nada, entre las sombras, dentro de su imaginación llena de miedo y adrenalina.

Se detuvo al final de un callejón. Era el lugar perfecto, un cuello de botella. Volteó, y advirtió que ella seguía corriendo.

-¡Espera!, dame la escopeta.

Ella lo obedeció, con los ojos llenos de lágrimas.

-¿Lista?

-Lista.

-No mires.

Esperó a que la distancia fuera suficiente. Apretó los dientes lo poco que pudo… y también el gatillo.

Unas pequeñas manos arrebataron la escopeta del cuerpo inmóvil.

-Gracias papi.

Se fue caminando, no era necesario correr, esas cosas estarían comiendo por un buen rato.