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…que Clío no me condene por intentar siquiera imitar la pluma de Borges…

La música en Tlön, también es considerada un objeto único; sin embargo, al contrario de la literatura, tiene un carácter efímero pero a la vez continuo. Se piensa —de la misma forma que lo hacía Schopenhauer— que está separada de las demás artes. No existe un concepto de música como interpretación independiente con ciertas características de ritmo y tiempo, de hecho en Tlön la música alguna vez tuvo un principio pero no se espera que tenga un final.
Se tiene la idea que la música es producto de un solo autor intemporal, que ya está escrita y que tan solo está esperando a ser interpretada a manera de improvisación. Se piensa que es una especie de pulso universal y que es el trabajo de los músicos encontrarlo de la manera correcta.
El único conjunto musical de Tlön ha estado interpretado desde tiempos inmemoriales de manera continua, sin descanso y sin partituras. Los músicos son reemplazados periódicamente para mantener la calidad y la composición ideal de la banda. Por supuesto que el tono y el ritmo varia según el ánimo del grupo.
La música en Tlön es irrepetible e irrecuperable. No existe una notación musical y no hay forma de guardar para la posteridad los grandes momentos musicales. Tan solo existe el recuerdo colectivo de las antiguas interpretaciones y la esperanza de estar ahí justo en el momento en que los anónimos músicos alcancen un momento de gloria.

Cuando se dio la noticia ya todo mundo lo sabía, sin embargo sonaba como si hubiésemos estado en una de esas películas de los años años cincuenta:”Regresan los muertos“.

He de confesar que hubiera preferido a los zombis que caminan renqueando y que se alimentan de los sesos de los vivos. Cualquier pútrido cadáver hubiese sido mejor a la pesadilla que estamos viviendo.

En un principio fue muy agradable poder intercambiar impresiones con el padre muerto, el amigo que había perecido durante la adolescencia o con el abuelo que dejamos de ver en la niñez.

Pero una vez que terminaron las escenas de alegría comenzaron los reclamos y las órdenes; por suerte, en mi caso, fue más sencillo. Mi padre se apersonó para luego regañarnos por la venta de la casa de Peralvillo. De nada valieron las explicaciones de mi mamá.

Afortunadamente atrás de mi papá llegó mi abuelo para reclamar la falta de atención que le había puesto al negocio familiar, que de no ser por eso, aún seguiríamos gritándonos con el difuntito.

Los verdaderos problemas se dieron a nivel de los grandes corporativos y del gobierno. ¿Quién iba a ponerse a discutir con Benito Juárez o con Lázaro Cárdenas sobre la mejor forma de llevar a cabo los asuntos de estado?

Y aunque los muertos no pueden interactuar con el mundo físico, sus voces son muy estridentes y son capaces de meterse hasta la recámara a dar sus órdenes; al fin al cabo ellos son los “mayores” y como tales están reclamando sus fueros.

Desde entonces todo ha sido un problema. ¿Ya dije que tampoco duermen?