Articles by Bajo Presupuesto

Torreonero exhiliado en el DF y Santista de coraza, no hay mas…
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La mañana trajo consigo visitas inesperadas, después de algunos años de reclamo, Dios mando a algunas de sus embajadoras a dialogar, en principio era de esperarse, sabía que Dios no daría la cara pero igual me conformo con su gesto de educación.

El desayuno acompañado del santoral, Santa Muerte, Santa Puta y Santa Maria a la mesa, degustando panes con mermelada mientras charlan de las noticias cotidianas, y yo preparo café para las damas.

¿Porque mandar a tres mujeres?, hubiera preferido dialogar con el diablo en alguna montaña de Gibraltar mientras monos lanzando bolas de fuego reclamaran mi cuerpo como banquete.

-He estado muy ocupada últimamente, recogiendo los cadáveres putrefactos de amor, corrompidos por Santa Puta,- profirió Santa Muerte, mientras clavaba su mirada en el escote de Santa Maria.

Interrumpí el delirio, les hable de ti, dije que construimos un castillo indestructible, fuerte, tanto, que ni el mismo Dios podría echar abajo; pero que el infeliz siempre se las arreglaba para consumir cada vez más lo que queda en mí de humanidad.

Pero las dos santas no escuchaban, sus gemidos eran más fuertes que mis gritos, Santa Muerte mordía el pezón derecho de Santa Maria mientras tocaba entre sus piernas.

-No se porque se preocupan tanto por el amor y la trascendencia- dijo Santa Puta, ni se porque se ocupan en pensar en un Dios que es sordo y ciego, y las figuras que vez a tu alrededor son tan falsas como tus aspiraciones, la pequeñez disfrazada de soberbia, después de morir no hay nada, es como cuando te duermes y no sueñas.

Tomo mi mano y me llevo a la habitación, y estuvimos haciendo un bello coro de gemidos Santa Muerte, Santa Maria, Santa Puta y yo, por más de tres días.

Después resucité, tres días en las fauces de la muerte, donde conocí a Lord Byron, él murió de malaria y fue quien me contó esta historia.

Reencontré el camino, descubrí las tres tazas sobre la mesa, pertenecientes a las tres Santas, y una jeringa con restos de heroína, fue cuando entendí que en verdad existe Dios, aun había restos para un nuevo viaje.

Pasaron varios años hasta que volví a ver a Arturo Belano, nos separamos un día por diferencias irreconciliables.

Recién había presentado su nueva obra, causando gran expectación, foros, teatros, universidades y medios solo hablaban de ella, aunque mas allá de la critica, lo que le importaba era saber si su obra realmente transmitía lo que en un principio el había deseado. Algo que hasta para un artista de su nivel es imposible.

En el la calle algunos tocaban su brazo y algunos otros solo murmuraban: ahí va el artista. Otro tanto ocurría en el mercado, mientras seleccionaba las frutas para el cóctel matutino, eso solo acrecentaba el vacío.

Salí a caminar, a buscarle sentido a lo que hago, y solo descubrí que al mundo le importa un pito, a quien le puede importar quien pinta, quien escribe, quien crea; el oficio de artista se encuentra a la vez sobrevalorado y devaluado, dicotomías simples para un estudioso de la estética, no para mi, que solo soy un mortal intentando vivir de lo que ama.

Pero cual es el sentido si no hay quien ame lo que hago.

Dialogamos al espejo esas y otras cosas, su trabajo de alter ego se tornaba difícil, por eso me dejo hace tiempo.

Seres taladran mi cerebro, con pequeñas herramientas que hacen juego con sus pequeños overoles azules, mi escape ya no tiene escape.

Salio a la calle y encontró a la gente estaba molesta con el, por no ser perfecto, por las fallas en su anterior creación.

En el mercado ya no tocaban mi brazo, ni murmuraban mi nombre, y aunque la critica nunca me importo, después de varios años busque en el espejo a Roberto Bolaño, pero no encontré a nadie.