“Para que todo sea consumado,
para que me sienta menos solo,
me quedaba esperar que el día
de mi ejecución haya muchos espectadores
y que me reciban con gritos de odio”.
El extranjero, Albert Camus.
En el funeral, todos platicaban de cómo Meursault era un cínico y que se fue impune al infierno (sea lo que eso signifique). Todos los presentes, ante el ataúd cerrado (nadie quería ver al cuerpo con una cabeza pegada, cual muñeca de trapo reparada), sólo recordaban cómo iba con la cabeza en alto, con aire de magnanimidad, camino a la guillotina. “Dicen que ni a Robespierre se le había visto con tanta calma”, decían las señoras, con los aperitivos y el mal gusto en la sonrisa. Pese a que eran pocos, la verdad es que nadie conocía a Meursault. Todos los que estaban presentes, sólo lo hacían por los aperitivos gratis. Mientras las señoras reían grotescamente y los hombres platicaban sobre las nuevas buenas de la vida cotidiana al otro extremo del cuarto, María, la mujer-alucinación de Meursault, permanecía inmóvil, ante la caja grande, color café y olor a muerte. Después de permanecer unos minutos así, una lágrima, enorme y pura, brotó de su ojo y cayó, sin dar sonido alguno, sobre su pecho. Después, tomó asiento y puso su mano sobre el ataúd. Una de las señoras vio ese momento y advirtió a las demás. El chisme, como es su naturaleza en sí, recorrió todo el lugar. Las personas, dándose cuenta del mal gusto de ir a un funeral simplemente a reírse, decidieron marcharse. María permaneció, sola, con la mano en el ataúd, llorando, no desconsoladamente, sino reflejando una sensación de indiferencia, justo como Meursault lo hubiera tenido que hacer, para que los demás vieran que sí, era humano.

