Articles by Buba

Mi sensación favorita es la euforia, creo que supera por mucho a la felicidad y a la ira. Tiendo a creer en el horóscopo ultimamente porque anda muy atinado, será porque estoy viviendo en un lugar común. Le tengo miedo a las cucarachas (no asco, literalmente miedo) y siempre busco el sentido de la vida en lugares que me demuestran que realmente no existe.

“Para que todo sea consumado,
para que me sienta menos solo,
me quedaba esperar que el día
de mi ejecución haya muchos espectadores
y que me reciban con gritos de odio”.

El extranjero, Albert Camus.

En el funeral, todos platicaban de cómo Meursault era un cínico y que se fue impune al infierno (sea lo que eso signifique). Todos los presentes, ante el ataúd cerrado (nadie quería ver al cuerpo con una cabeza pegada, cual muñeca de trapo reparada), sólo recordaban cómo iba con la cabeza en alto, con aire de magnanimidad, camino a la guillotina. “Dicen que ni a Robespierre se le había visto con tanta calma”, decían las señoras, con los aperitivos y el mal gusto en la sonrisa. Pese a que eran pocos, la verdad es que nadie conocía a Meursault. Todos los que estaban presentes, sólo lo hacían por los aperitivos gratis. Mientras las señoras reían grotescamente y los hombres platicaban sobre las nuevas buenas de la vida cotidiana al otro extremo del cuarto, María, la mujer-alucinación de Meursault, permanecía inmóvil, ante la caja grande, color café y olor a muerte. Después de permanecer unos minutos así, una lágrima, enorme y pura, brotó de su ojo y cayó, sin dar sonido alguno, sobre su pecho. Después, tomó asiento y puso su mano sobre el ataúd. Una de las señoras vio ese momento y advirtió a las demás. El chisme, como es su naturaleza en sí, recorrió todo el lugar. Las personas, dándose cuenta del mal gusto de ir a un funeral simplemente a reírse, decidieron marcharse. María permaneció, sola, con la mano en el ataúd, llorando, no desconsoladamente, sino reflejando una sensación de indiferencia, justo como Meursault lo hubiera tenido que hacer, para que los demás vieran que sí, era humano.

El metro estaba lentísimo y yo tenía mucha prisa por llegar a la escuela. Estúpido examen. La estación se llenaba de gente y el metro no abría las puertas. Era la ironía hecha vida: los vagones vacíos y afuera todos moríamos aplastados, como un chicle debajo de alguna banca.

Magia: se abrieron las puertas y todos entramos para ganar lugar. Me quedé de pie pues sólo recorrería dos estaciones. Se cerraron las puertas y mucha gente se quedó afuera. “Se llama suerte, perras”, dije con los labios, mientras muchos ojos me veían a través de las ventanillas.

De súbito, noté que alguien se me estaba acercando demasiado, más de lo legal. Pensé ir a otro lado, pero ya no había espacio. Me moví en señal de disgusto, pero él puso sus manos en mis caderas y me acercó –violentamente- hacia él. Mi moral retrógrada me decía que esto no estaba bien. Puso sus labios junto a mi oído y empezó a respirar profundamente. Me sentía como líquido en sus manos; como si el aire que emanaba de su boca entrara a mi oído, viajara en espiral hasta conectar mi cerebro con lo que había estado muerto, durante mucho tiempo. Primera estación: se cerraron las jodidas puertas y yo me deshacía en el extraño que me fulminaba poco a poco. Puso su mano en mi cuello y, mientras susurraba palabras, me asfixiaba un poco. Éramos dos átomos a punto de explotar. Justo cuando empezó a acariciar mi cartílago con su lengua, llegamos a la siguiente estación y salí corriendo de ahí. Se me hacía tarde… aunque no fui al examen. No entregué mis tareas, no hice el papeleo que debía ni levanté la mano en las clases: la mano la ocupé, todo el día, encerrada en el baño de la escuela.

Todo era como un sueño, muy difuso pero a la vez muy vívido. Recuerdo que caminaba por una calle bastante concurrida, sin saber con claridad a dónde iba. La gente, como siempre, con sus caras de bulto y su característico color gris, sólo pululaba.

Entonces, pasó: El cielo se tornó color turquesa (muy brillante) y el piso se transformó en nubes. Con inseguridad, levanté la mirada al cielo y vi una enorme luz, a la cual no sé si podía denominar como Dios, Caos o Naturaleza; pero algo en mí… más bien algo en todos nosotros los que presenciábamos eso, nos decía que sí le podíamos llamar Fin.

La gente empezó a correr con desesperación, como se hace en cualquier momento exagerado de crisis. Yo, seguramente como muchos otros, sólo me dedicaba a ver todo el alboroto, sabía que no había nada más que hacer.

Aún sabiendo de qué se trataba, la quimérica imagen era muy hermosa: el piso hecho de nubes, la pantalla turquesa que representaba el cielo, la gente corriendo como hormigas a punto de ser aplastadas, mientras que otros eran atropellados por los coches fuera de control: todo era caos y La Luz no hacía nada, ya no era nuestra luz. Yo opté por sentarme en el lugar en el que estaba, que en esos momentos ya era como mi espacio personal, mi trinchera, mi eje de rotación. La gente ni siquiera me volteaba a ver, como si respetaran mi sitio. O como si me respetaran a mí.
Silencio repentino.
Todos volteamos al cielo y vimos cómo la luz se hacía cada vez más grande. La gente abría la boca pero ya no existía el sonido. Tampoco había movimiento ni oscuridad: silencio y miedo.

Y de repente, nada.
No desperté.