La etiqueta del equipaje decía ‘Aeromexico- Terrazo / Camilo’ Y ella no era ni Terrazo, ni Camilo. Apretó los puños y azotó la maleta contra la pared.
Del otro lado de la ciudad, el viejo Camilo esculcaba sin pesos de conciencia una maleta parecida a la suya, pero con otro tufo. Los sostenes oscuros, los calzoncitos olorosos y el perfume caro de mujer barata, le hacían babear.
Así, todas las pertenencias de la extraña pasaron a revista: el osito de peluche con remiendos en la panza, un encendedor dorado con la leyenda “San Antonio” –que no dudó en embolsarse- y los retazos de un texto que, juntándolos con habilidad, resultaban ser una declaración de amor o de muerte, pero nunca un recuerdo sin importancia:
“Este tipo me mueve el tapete más de lo acostumbrado. Es sucio, grosero y mentiroso pero endiabladamente encantador. Lo que me castra es que lo escuché hablando con una pinche vieja a la que ya empiezo a odiar…”
-Pobre pendeja- musitó el curioso.
Siguió con la inspección pero al llegar al fondo de la maleta, se detuvo: había una Colt 1911 calibre .45, siete cartuchos sin percutir y cuatro paquetes de marihuana.
-aparte de pendeja, delincuente- musitó nuevamente. Y la boca se le inundó de sangre, que luego escupió junto con un trocito de carne.
De vuelta al otro lado de la ciudad, la dueña se disculpaba telefónicamente por la pérdida.
-…la tiene un riquillo amante de Ermenegildo Zegna y que tiene unos hijos bien pinches feos.
-¿y los paquetes?
-estaban en la maleta; también los perdí
-la entrega irá incompleta…
-pues sí pero tú sabes que yo te sigo, Emilio
-Lo sé, Camelia, siempre lo haces…
Ella sonrió pero el corazón comenzó a contabilizar rencores mientras el tapete dejaba de moverse. Necesitaba otra Colt 1911.

