Despertaba el día después de mi vigésimo quinto cumpleaños. Lo recuerdo muy bien, llovía, sonaban las gotas en la ventana. Era muy temprano, todavía estaba oscuro, pronto amanecería. Vi una persona de pie al lado de mi cama; No la conocía. Luego fui tomado por sorpresa. Me llevaron por la casa sin luces, me bajaron al primer piso y salimos. Había un auto esperando, me cubrieron la cabeza y tras unas dos horas de viaje el carro se detuvo.
Bajamos del auto rápidamente. Había más gente en ese lugar pero no podía ver nada, apenas las luces a través de la tela y de vez en cuando el bulto de sombra. Finalmente entramos a un salón y me pusieron en un sitio escogido: me acomodaron como a un mueble. Al rato todo el mundo calló, no había puesto atención a lo que decían. Fuimos descubiertos. Éramos cientos de personas, todas jóvenes; después supe que todos teníamos la misma edad y onomástico. Nos fue develado un decálogo de normas y secretos que deberemos guardar hasta nuestra muerte, nos está prohibido divulgarlo, comentarlo. Algún día, según una línea de sucesión dinástica tendremos que recoger a alguien una noche y llevarlo allá, cubrirlo, espantarlo y descubrirle esta verdad oscura. He estado huyendo para poder dar una pista y no perecer. Muchas veces en la vida me inquietaba hasta la enfermedad por saber cómo la gente se volvía adulta, como sobrellevaba la vida. Sí, existe un plan para cada uno, ese día lo conocí. Existe un libreto: trabajar sin chistar, ser pobre o rico, agachar la cabeza, dar ordenes y vivir “felices”. Todos debemos cumplir ese libreto con sagrado rigor. Ese es el sentido de la vida, por eso ya no alzan la voz. En el teatro todos estamos en silencio durante la función.
He estudiado ingeniería la mayor parte de mi vida. He tomado talleres de narrativa contemporánea y poesía en la Casa de Poesía Silva. Escribo con verdadero juicio desde hace 4 años, pero empecé desde el colegio. Mantengo un blog de poesía y opinión con un puñado de buenos visitantes y ahora escribo una novela que espero vea la luz algún día.
Están hablando, casi se besan de lo cerca que están sus rostros; sus manos se han encontrado hace apenas un instante. Ella baja la cabeza y murmura algo que él parece no entender, o entender y negar que lo entiende, como si quisiera con un gesto de indiferencia espantar ese murmullo como quien bate las manos para ahuyentar un bicho. Ha llegado el mesero; todos usan una especie de falda atada a la cintura, con bolsillos grandes y camisa blanca de anchas solapas. Pone en la mesa dos copas altas y gordas, una parece cerveza, la otra no sé que es, tal vez gin tonic; seguro es un coctel. El aviso parpadeante cubre de un velo amarillento el rostro de ella cuando se prende. Lleva una gorra calada de medio lado y el cabello escurre por los costados hasta sus hombros, la blusa negra prefigura un torso firme, delgado pero firme que ahora se rodea con sus propios brazos, cubriéndola de algún viento. Ahora están separados. La mirada de él se ha clavado en el reflejo de ella en el ventanal. Los ojos parecen brillarles, pero en las noches así, en las discotecas o bares, a todos nos brillan los ojos un poco más. Ella recoge su bolso y lo acomoda. Él la mira de nuevo y gesticula agresivamente, sacude las manos, apaga el cigarrillo de golpe contra el cenicero de barro. Las bebidas han bajado lentamente. Ella se incorpora y se acerca a él de pie, se inclina y besa su mejilla y sus labios. Camina vigorosamente por el pasillo flanqueado de mesas redondas de madera con ceniceros de barro, llega al portal y lo cruza sin volver la mirada hacia los ojos del que aún esperaba esa mirada del adiós, esa leve sospecha de esperanza de volverla ver.

