La multitud frente al templo crecía a un ritmo alarmante, cada minuto llegaban más fieles con la esperanza de ver el Objeto. Los de atrás empujaban desesperados, los de en medio sudaban profusamente y los de adelante sufrían las consecuencias de su temprano arribo.
Algunos sacerdotes pensaban que debían guardar con más celo el preciado objeto y no era para menos. Al fin Dios les había mandado aquello que los infieles durante siglos habían pedido: una señal tangible, la prueba irrefutable de que las historias sagradas del Viejo Libro, eran verdad. Pero el objeto era tan grande y tan duro, que era posible tenerlo ahí, frente a la multitud que lo tocaba y le rezaba y podía por fin ver frente a sus narices algo que conocían desde niños, solo de odias.
La multitud era ahora un monstruo de mil cabezas, el calor aumentaba hasta ser insoportable, los más viejos caian desmayados o asfixiados. Surgían peleas por todas partes, la desesperación se apropiaba de los que solo podían ver el brillo lejano del Objeto.
“Hermanos, hermanos, no peleemos, estamos frente a Jó-Böl ¿no se dan cuenta? Lo que cuentan los Libros es verdad, Si con él los antiguos habitantes de este mundo podían ver más allá del cielo. ¿no podemos nosotros buscar en nuestro interior la calma?.

