Miró sin creer la lista de ciudades que habían desaparecido y era difícil de creer que estuviera en la última, en la que se resistía a caer. La última ciudad en sucumbir a los cuatro jinetes que desde hace más de dos mil años habían sido llamados a gritos según los fanáticos religiosos.
Paradójicamente la ciudad sagrada fue la primera en caer. Donde esta su Dios -pensó- mientras miraba las imágenes en televisión de un aparador del centro comercial que ardia en llamas. Le siguieron muchas más al azar. Como si no hubiera un orden en el fin.
La buscó afanosamente mientras corría entre los ríos de lava y las piedras que caían como disparadas por cañones invisibles del cielo. Nunca fue creyente así que sabia que era el final. Ni por un momento le pasó por la mente el sentarse a implorar como lo hacían la mayoría de las personas.
Los veía rezar y no veía a ningún Dios venir a recoger a nadie, solo el azar parecía escoger quien si y quien no sucumbía bajo una gran roca salida de quien sabe donde o perecía quemado bajo la lava que brotaba de las entrañas de la tierra.
Solo quería encontrarla, el mundo tenía días que se acababa y él quería verla por ultima vez. Pensó en su deseo de siempre. Morir con su nombre en los labios y si a eso le podía anexar su imagen en sus ojos, mucho mejor.
Y cuando al fin la miró ahí sentada en los columpios del viejo parque, viendo el espectáculo que se rendía a sus pies, no pudo entender porque Isabel cantaba mientras el mundo se caía a pedazos. Ella ni cuenta se dio de su llegada, cantaba mientras una gran roca los aplastaba a los dos.

