Durante el examen profesional de un aspirante:
- Ahora describe la escena del crimen. Apégate sólo a los hechos. Ahórrame tus impresiones – exigió el examinador.
El aspirante contempló la escena y comenzó.
- Un hombre prietísimo y gordo, treintañero, está sentado ante un plato de leche en la que flotan cherios sabor manzana y canela. Su cara está hundida en la leche. Un foco amarillento oscurecido por pintas de moscas ilumina al gordo y al escaso mobiliario consistente en la mesa, la silla y un librero polvoriento con más huecos que libros. El gordo viste un traje claro lustrado por el uso. Apesta. Sus esfínteres se aflojaron y se ha cagado encima. Además de la cuchara de la misma madera que el plato, sobre la mesa hay mechones de su cabello largo, oscuro y desordenado. Alguien lo tomó con firmeza de su hirsuta pelambrera para hundirle la jeta en el cereal con leche. Las pocas señales de lucha consisten en los intentos del gordo por incorporarse mientras se ahogaba. Son las marcas de las patas de la silla en el suelo de barro pintado y un zapato gastado del gordo que fue a parar al pie de la pared de la que cuelga la única decoración en la diminuta habitación: un poster de un hombre con la jeta hundida en un plato de cherios con la leyenda “te morirás por probarlos”.
- Ahora sí, dime el sentimiento más notable que tengas en este momento – pidió el examinador.
- Regocijo. Quedó mejor mi cuadro que el poster que cuelga en la pared – dijo el aspirante a cerealkiller.

