Articles by Damián de Victoria

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No sé la hora exacta, todo es silencio. La penumbra se ilumina tenuemente desde los bordes de las cortinas donde relumbran las primicias de la mañana. Latas de cerveza sembradas aquí y allá y un camino húmedo, trazado sobre la alfombra recorriendo la distancia entre el cuarto de baño y la amplia cama, denuncian la euforia de la noche anterior. La transparente y estilizada botella de vodka, casi terminada, descansa inocente y mustia sobre la pequeña mesa de la anónima y sobria habitación. Su bolso y vestido negros ocupan una de las dos sillas, en la otra, tumbado desnudo, respiro tranquilamente tratando de no hacer ruido y de aminorar la taquicardia.

 Frente a mí, sobre la cama, ella duerme. Apenas siento su respiración tranquila y débil, como la de un cachorro. El cobertor bajo el que se esconde el cuerpo de la mujer más hermosa del mundo únicamente revela parte del rostro y una abundante mata de cabello rubio, derramándose como brillante cascada sobre sus hombros. Este rostro que sueña esta lejos de ser el de la mujer sabia, endurecida por el alcohol y el sufrimiento, que conocí la noche anterior. Quizás somos auténticos únicamente cuando soñamos. Con los párpados cerrados, ocultando sus profundos ojos azules, parece una niña inocente y tierna, un hada asustadiza y frágil que podría estrangular fácilmente con una sola mano si quisiera; pero no quiero.

 Levanto lentamente mis botas y pertenencias para vestirme en silencio.

 No la despierto, salgo dejándole algunos billetes extras. ¡Cuanta luz!, aun con gafas oscuras. El temblor en las manos y la garganta seca demandan atención, me encaminan hacia la primera cerveza del día. Tengo miedo, estoy confundido y paranoico. El viento helado corta el rostro y sonrío, soy el hombre más feliz del mundo. Quisiera haberle dejado más propina. No hay con que pagar el inmenso favor de ayudarnos a silenciar, por un instante, el terrible batir de alas del ángel de la muerte.

Chilaquiles podridos y crema rancia, únicos inquilinos del refrigerador; lo supe hace días al tratar, ingenuamente, de comer algo en esta pocilga. Mi cerebro, inerme ante el hambre, hizo la absurda deducción de que el tiempo podía haber mutado espontáneamente esos despojos en manjares. Y tenía razón, devoro las tortillas frías, aún no totalmente invadidas de moho, tragadas con lágrimas que caen por la cárcava formada bajo mis ojos por el llanto de la rabia.


Meditabundo, me sorprende el último recuerdo de mi padre: “¡Volverás!, ¡rogándome te acepte nuevamente!”. “¡Jamás!”, grite, largándome para siempre de esa casa de odios y miseria. ¡Por fin, libre y poderoso!, con el destino como herencia, arrancaría a la vida éxitos a mi antojo, el mundo era una confitería para mi exclusivo deleite.


No necesitabas ser un adelantado en el arte de la
quiromancia para adivinar mi futuro de desengaños y fracasos; el único que lo ignoraba era yo. “Eres fácil de emborucar”, frasecita con que mi adorable abuela me decía pendejo. Con los descalabros dudé de mi talento; ahora sé que no tengo ninguno, pero eso no impedía a los poderosos señoritos de la alta sociedad acceder a becas y honores. Una y otra vez, pasaron por encima de mis méritos esos bastardos afeminados.


Borracho y hambriento. Que sencillo es encontrar invitaciones para beber, pero imposible mendigar pan, sin sentir la bofetada infame de la vergüenza. Mi
lucidez sale de escena con afectada caravana al público de la última función del delirium tremens. Una libélula violeta revolotea entre lánguidas luces, con una sonrisa pletórica de colmillos. Tirado en el inmundo suelo, sujeto la botella de ron, productor del milagro de la alucinación tenaz, mi última compañera.


El
minutero avanza, y aquí, la nada devora la existencia de un poeta, espejo de un fantasma que pretendió atacar con polvo de hadas, las estúpidas conciencias de los monstruos sin alma, que se llaman a sí mismos “la gente decente”.

El maestro Sadr Qunyawi hizo la plegaria ante los restos del más respetado preceptor y poeta sufi.

Cientos de sus discípulos llorábamos la perdida de quien predicó que el hombre perfecto mira hacia su interior, hacia su alma intelectual buscando sabiduría. Llorábamos nuestra orfandad, nuestro dolor egoista.

Tenía 12 años cuando el persa Farid al-din Attar vaticinó que haría arder a los aspirantes espirituales del mundo. Ahora todo el Islam peregrina a su tumba aquí en Konya.

Amó a la humanidad. Deseaba que ella también se amara.

¡Ven, quienquiera que seas!
Infiel, religioso o pagano, poco importa.
Nuestra caravana no es de desilusión,
sino de esperanza!
¡Ven aunque hayas roto mil veces tus promesas!
¡A pesar de todo, ven!

Mantenía permanentemente su gran alegría interna. Libre de la pedantería del soberbio, vivió su espiritualidad como un niño, danzando, cantando.

¿Qué puedo hacer, oh musulmanes?, no me reconozco a mi mismo.
No soy cristiano, ni judío, ni mago, ni musulmán.
No soy de la mina de la Naturaleza, ni de los cielos giratorios.
No soy de este mundo, ni del próximo, ni del Paraíso, ni del Infierno.
No soy de Adán, ni de Eva, ni del Edén, ni Rizwán;
Embriagado con la copa del Amor, he visto que los dos mundos son uno;
no tengo otra cosa que hacer más que el jolgorio y la jarana.

Condenado a muerte, en virtud de haber nacido, se alegró cuando enfermó porque supo que había llegado su momento para hacerse uno con el Amado. Falleció pocos días después mientras dormía.

Recuerdo la tristeza y las palabras finales de Qunyawi durante las exequias:

“Santo, hombre imposible. Tu credo, tu lengua y tu raza fueron la humanidad. Libre, sublimada por la felicidad, por la pureza de intención, por la voluntad impecable. En ello creíste y confiaste. Quienes te amamos intentaremos imitar tu coraje para armonizar con el universo. Amigo, padre, hermano; gracias. Hasta que volvamos a vernos, hasta que volvamos a contemplar tú sonrisa al final del tiempo.”

Porque el gran día de su ira ha llegado;

¿y quién podrá sostenerse en pie?

 

La vista revienta de sol y verde, el aire fresco alegra los pulmones. Los niños se divierten persiguiendo mariposas y lanzándole ramas al perro. Les prometí que después de comer volaríamos la cometa.

Fantaseo con planes para construir una cabaña junto al lago y disfrutar permanentemente esta tranquilidad. Pero son proyectos para ricos.

Decido dar un paseo, María me pide que no tarde, comeremos en media hora. Que buena mujer, siempre apoyándome, debí estar loco cuando casi la pierdo por estupideces, por culpa de otra. Pero eso quedó atrás, ella demostró una tenaz oposición a que mi debilidad e idiotez destruyeran la familia. Ahora me liga más a ella el agradecimiento por perdonarme. Me cortaría el cuello antes de lastimarla nuevamente.

Me gustan los días de campo. La luz, los colores y el viento lo limpian a uno por dentro, como si te permitieran soñar con ser un mejor hombre.

Pero un recuerdo me asalta: un lecho y un cuerpo prohibidos al alcance de una llamada. ¡El deseo es casi doloroso!, ¡ese cuerpo perfecto y pervertido!. Solamente evocarla me ha producido una erección y miro avergonzado alrededor. ¡Señor, en que estoy pensando!, después de lo que costó restaurar la tranquilidad de mi hogar.

Camino de regreso. Es temprano pero repentinamente negras nubes amenazan lluvia, relámpagos iluminan el cielo oscuro y rojizo del atardecer. Aparto el follaje que me separa del claro en donde esta mi familia y escucho un grito. Mi propio grito.

Mis hijos están tendidos en la hierba, inmóviles. Frente a mi, María cuelga entre los brazos del ser más extraño nunca visto: una gárgola de piel escamosa y tornasolada entre rojo y azul, con un hocico repleto de colmillos de donde mana sangre, sangre del cuello de María que gorgotea haciendo un ruido apagado. Cerca, un ser semejante voltea hacia mi, despliega las alas y sus grandes y malignos ojos amarrillos son la última imagen que veo antes de que una espesa capa roja caiga sobre mi, cegándome para siempre.

 

Únicamente contigo me permiten hablar, así que atención.

Lo encontré por casualidad durante una expedición. Atrapados en una tormenta de arena distinguimos entre el vendaval, como un espejismo, la pequeña ermita enclavada en un peñasco.

El ermitaño ciego estaba solo, sentado en una roca, esperándonos.

Me habló de ellos, de cómo se ocultaron hasta adquirir la última noción de lo que llamó la “dialéctica demoníaca”, de cómo se levantaron contra los antiguos dioses:

“Destruyeron sus templos y confinaron sus cultos a museos, como absurdas supersticiones. Son dioses coléricos, dementes, no creen en abolir el deseo, pues son engendrados por el deseo mismo. Pudriéndose desde su concepción, odian y temen su fragilidad, por esto no creen en sacrificios misericordiosos ni en mundos trascendentales. Destazaron el alma, no existen promesas de vida futura en su dogma, son asesinos de cristos”.

“Exigen sacrificios de sangre, regocijándose en lo obsceno del sufrimiento. Locos, egoístas, detestan cualquier noción de balance. Nada saben de visiones espirituales, su cínica percepción del mundo se limita a poseerlo y destruirlo. Despojaron los secretos ritos dionisíacos de belleza para convertirlos en perversiones falsas y sin sentido, expulsando dioses y demonios del paraíso con un simple esfuerzo de su dialéctica demoníaca”.

“Ahora marchan sobre la tierra combatiendo entre ellos, no descansaran hasta consumir y pervertirlo todo”.

Cuando el santo ciego terminó de hablar, abrió la boca y las negras cuencas de sus ojos en un desesperado grito silencioso.

Al partir le pregunté si deseaba víveres o herramientas, pero nada quería, excepto un servicio:

- ¿Tienes un cuchillo?

- Aquí, -le contesté- es suyo.

- No, -dijo estirando sus huesudos brazos hacia mí- tómalo y arranca lo que apeste a humanidad.

Desconcertado guarde el cuchillo y silenciosamente salí de la ermita.

Así lo supe, ahora lo sabes también. Por temor a estas palabras me recluyeron. Pero tú, mi sombra, infectaras con la verdad a todos allá afuera. Pronto nos levantaremos, aniquilaremos su maldita estirpe y fundaremos una nueva era, una resurrección del espíritu de la belleza y la razón.

La música es buena o mala, criticar los gustos personales me parece ridículo. 

La rola en cuestión, no es mi máximo, pero me gustó en cierto modo, la pondría si tuviera que hacer un largo viaje en elevador. 

Papaito entra; ¿qué me haces rockero?, las niñas bonitas cobran mucho más dinero.

Mi educación musical es irregular, se descubre viendo mi ipod, cumbias colombianas y ballenatos se funden con música clásica y opera, el mariachi y el son cubano se mezclan con jazz y blues. Pero sobre todo, Su Majestad el Rock.

Mujeres desnudas con hombres desnudos, ¿qué es lo que hacen cuando están todos juntos?

Hay momentos para todo, si en una fiesta platico con una vieja y ponen a todo volumen a Judas Priest o Iron Maiden, aunque me gusten, voy a proponerle irnos a otro lado.

¿Quieres ser mi novio? Yo no soy de piedra, zumo de naranja en las tetas de la negra.

 Jethro Tull, Yes, Pink Floyd: música preciosista, virtuosa, me gustan muchas de sus cosas, otras me dan hueva. 

“Puro borracho”, dijo la morenita sobre mi colección de José José, Joaquín Sabina y José Alfredo, la picara puta dijo de Sabina que no era cantante, “mas bien platicante de canciones”. Tenía razón. 

Tristeza post-coitum ; no me mires a la cara, papaíto sale pero volverá mañana.

Odio la música electrónica, es como una misma canción toda la noche, una que no me dice ni madres. Pero bueno, supongo hay exponentes buenos de esa mierda. Quizás ya estoy viejo, en los antros me sorprende el look andrógino de los cabrones y sus camisas pegadas tipo “el duende más puto del pueblo”. 

Mantenlo divertido y básico: batería brutal, guitarras como coros demoníacos, bajos lidereando el desmadre y una voz primitiva y salvaje.  

Me gustan Sex Pistols, Las Espantosas Equis y el Siniestro, al que le dedico estas palabras. Termino esto y pongo a los Ramones de una buena vez, mientras destapo la primera caguama de la noche.

Viví solo, lejos de la familia desde joven. El azar determinó que días antes de la separación ella y yo decoráramos el árbol de navidad juntos.

Ese árbol duró puesto trece años ininterrumpidos, recordándomela mucho después de su muerte. También atestiguó mi génesis etílico, revolcones, villanías y como destazaron mi corazón.

Me gusta la navidad, me acostumbré a su permanente presencia en mi vida. Aunque ahora traiga más nostalgia que alegrías y haga mis pérdidas más patentes.

Designa arbitrariamente el nacimiento de aquel en cuyo mensaje ya nadie cree y de quien no hablaré mal, por desconocerle; pero me gusta la ilusión de buena voluntad, a pesar del consumismo y la sensiblería estúpida. O quizás sólo me gustan el frío y los pretextos para beber.

Sin embargo, una época viví entre creyentes que, sin hipocresías, eran espirituales y felices. Y tuve navidades de champagne, pavos, risas, pasteles y música. Experimenté el culto solemne y quise ser bondadoso y hacer del mundo un paraíso.

Pero el mundo ya no es inocente; y este solitario que bebe whisky en la oscuridad, atenuada por las luces de un nuevo árbol cuyo valor podría alimentar a un indigente más de un mes, no es ya el niño que esperaba ansioso a Santa Claus.

Pero me gusta la navidad y el nudo que se forma en la garganta al recordar, porque han inventado una mentira de esperanza, porque a veces el dolor desahoga.

En silencioso brindis con mis fantasmas levanto el vaso y lo apuro de un trago. Limpio con la manga del abrigo una lagrima invisible y salgo al frío, rumbo a “La Yegua”, a comprarme un regalo de cuatro mil pesos.

Que quieren, los recuerdos tocaron este corazón, quizás no muerto del todo. Todavía punza cuando mezclo melancolía con licor.

Sangra pues, pequeño perverso, sangra dulce, que hoy tienes permiso. Solamente te exijo, bajo juramento solemne, que cuando la eterna noche nos abrace no atesoremos, bastardo traicionero, un último sueño que pueda, burlona, arrebatarnos.

Sentado en una roca, una pierna flexionada, la otra estirada hacia la arena. Abrió los ojos y con gesto gentil rechazó a los emisarios y sus obsequios. Para quien únicamente consume agua y alimañas del desierto, todo es superfluo.

Pero un día llegó ella. La reina Updur interrumpió la meditación del anacoreta.

- Santo varón, traigo reposo de tú carga, el conocimiento de la otra inteligencia debe usarse con benevolencia y sabiduría para beneficio de todo Tlön.
- Mujer, contestó, cuando no comamos los frutos arrancados a la tierra con esfuerzo, ni vistamos la creación del artesano o reconozcamos en cada utensilio el ingenio del orfebre, comenzaremos a perder nuestra alma. Todo carecería de valor, Tlön se convertiría en un infierno sin sentido. La otra inteligencia, como la llamas, es una maldición que morirá conmigo.
- ¡Necio!, seriamos dioses, dueños de la creación.
- ¡Anatema!, grito él, ¡Lárgate!, ¡jamás será tuya!. Tortúrame si quieres, sabes que nada diré. Puedes buscar después lo que deseas entre mi carne muerta.

Cuando Updur se retiraba enfurecida, seguida de su sequito; Bálmina volteó hacia el anciano mientras seguía a su madre, encontrando por un instante sus ojos y bajando después la mirada tímidamente. Estaba destruido y la bruja sonriendo demoníacamente, lo supo.

Angustiado por el deseo, derrotado por una visión en su senectud. No era lujuria. Era algo más simple. La contemplación de la belleza de la niña, perecedera, ilógica; pero rebosante de perfección, pureza y verdad. Cuando la reina volviera, daría todo para admirarla por siempre.

Al siguiente día, Updur marchó acompañada por Bálmina ataviada como una princesa celestial. Se colocó un toldo especial en el palanquín imperial, para evitar que el sol se deslumbrara con su belleza.

Al entrar en la ermita, la reina rugió como una bestia herida. Lo encontró sentado como de costumbre, a sus pies, en la arena, yacían dos esferas ensangrentadas y sobre su apacible sonrisa, dentro de las cuencas vacías, se vislumbraba la infinita tranquilidad del universo.

 

Comenzó hace una década. Sin razón conocida los despojos caminaron sobre la tierra, con hambre infinita. Los gobiernos dimensionaron el problema muy tarde. Cuando intentaron unirse contra la amenaza, ya no hubo tiempo para coordinar acciones de investigación y contraataque.

Lentos, aparentemente frágiles, carentes de organización y propósito; sin embargo, su fortaleza radicaba en otra parte. Los muertos a lo largo de la historia eran demasiados comparados con los vivos, su ejercito constaba de incontables soldados. Carecían de líder o proclama, no se podía minar su voluntad destruyendo a un individuo o desalentar su acción de manera política. Su ubicación era cualquiera en que existieran asentamientos humanos, por lo que a pesar de trasladarse lentamente se encontraban en todas partes y no discriminaban entre objetivos militarse y civiles. A pesar de aparentemente carecer de propósito, avanzaban como una enfermedad, como langostas destruyendo cosechas, constantemente, sin descanso, en perfecta coordinación, como conectados por un vínculo telepático.

Una respuesta nuclear era impensable. Diseminados por el mundo en grupos de diversos tamaños, resultaba imposible e ineficaz concentrar tal ataque en un punto. Los ejércitos tuvieron que combatir cuerpo a cuerpo. No era poco común llegar a defender una población y que ésta ya se encontrara infectada; sus habitantes terminaban siendo el enemigo.

La raza humana ha desaparecido, entre los restos de su civilización, un nuevo ser se arrastra como único dueño del planeta, y en los escombros de una pequeña casa de las afueras tiene lugar la siguiente escalofriante escena:

Pedro Zombi: ¿Argh esto llaaargmas calificaciones?, ¡son unaaarg vergüenzaaahh!. ¡Y laaarg colegiatura cuestaaarhg el ojo de la caaaragh que me quedaaarghh!.

Peter Zombi Junior: PeRdóhhn daddýy, NoH mÉ puedHo KonzenTTraR, téngho muchízizizimoz provlémaz ¿vézzz?. HávlándohtÉ lÁ netA netiiíziimáH……, zoiií Emo-Gay Zombiií.

Pedro Zombi (sosteniéndose las mejillas carcomidas y jalándose el cabello podrido): ¡¡NoooooorrgghhhHaaaaarrrggggggrrgggggggg!!.