Articles by danielo

Nuevo en todo esto. Lector asiduo y admirador. Desde Ciudad Juárez.

Los Justos

A su debido tiempo, la humanidad despertó: el raciocinio venció a la fe de una vez y para siempre. Así, el hombre se encaminó a una época de auténtica independencia.

Ahora libre de las cadenas religiosas, la humanidad avanzó vertiginosamente: se dejaron las diferencias, se entablaron convenios con ventaja para todos, se acordó la paz. La unión del género humano fue una realidad.

Se logró, gracias a la Ciencia, erradicar el hambre y la enfermedad, además de permitir una muerte pacífica para cualquiera; la tecnología dio un salto gigantesco y el hombre pudo alcanzar las estrellas por fin: en sólo dos siglos, colonizó mundos más allá de nuestra galaxia, y proponía internarse aun más.

Eran tiempos donde la curiosidad, investigación, y capacidad eran el esfuerzo creador de la humanidad.

Sin embargo, algunos pequeños grupos, continuaban viviendo su fe pacíficamente, empecinados en profesar un culto estéril. Trataban de convencer sin evidencias a un género humano completamente racional, cuyo respeto a las creencias descabelladas se puso de manifiesto.

Algunos cristianos predicaban La Palabra en las calles; la Iglesia, el Papa y el Vaticano se convirtieron en ornamentos caros y anacrónicos que se permitía la humanidad por su valor testimonial; de igual manera, algunos grupos musulmanes continuaban haciendo el ramadán y postrándose hacia La Meca; los judíos seguían celebrando sus festividades y haciendo el Sabbath.

Todos por igual esperaban algo: la venida del Mesías, el castigo divino, el rapto. Algo, una señal que reafirmara su fe. Oraron fervientemente por dos siglos.

Entonces sucedió.

Contra todos los pronósticos, El Rapto que vaticinaban los cristianos se llevó a cabo. Todos los “ateos”, “infieles”, “gentiles”, “laicos”, y “herejes” fueron borrados de la tierra de un plumazo. Dejando solos a los hijos de Dios en el mundo destinado para ellos desde el principio de los tiempos.

Hombres de una fe inquebrantable, en un mundo boyante, avanzado, limpio y ordenado. Ahora ellos tenían el poder.

Después de dos siglos de paz, estalló la guerra. La más cruenta, sangrienta e innecesaria: La Guerra de los Justos.

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Un paso a la vez, se interna en la espesura color olivo que la espera. Sus pasos son lentos, titubeantes, pensados: está muy borracha, pero aún lúcida, sabe bien lo que hace. Avanza, jugando a que se pierde y la vienen a buscar. Aunque sea mentira.

Amelia tiene sensaciones aumentadas: el espesor de las hojas que engullen la oscuridad, el verdor matizado y resplandeciente que se proyecta en pequeños hilos de luz, el sol incansable y blanco, la frescura a su alrededor, el callado rumor de sus pies contra la hojarasca, sus huellas en el suelo, el olor a lluvia que llena sus pulmones. Puede sentir su respiración, el hueco que llena el aire, las imágenes grabándose en su memoria, el cálido crepitar de la ebriedad en su espalda, la curvatura del planeta.

Después de avanzar cientos de pasos, llega al final del camino: al final de la espesura, un paisaje se extiende hasta donde sus ojos alcanzan. Amelia lo mira, perdida en el, y le da un trago a su botella de vodka a punto de terminarse.

Mirando al horizonte, respira profundamente y piensa en todo lo que ha dejado atrás, en como se ha ido desprendiendo de todo sin prisa, dolorosa y definitivamente, en como ha borrado a todos de su vida con total facilidad. “Brindo por ellos” piensa, y apura el último sorbo de la botella, que queda vacía ante ella.

“Así me encuentro ahora, vacía”. Reflexiona, mientras pone el vidrio de la botella contra la luz, mirando como se refracta en su interior. De pronto, sin saber por qué, lanza la botella hacia al cielo, esperando que alcance al sol en su cenit.

La botella describe una parábola y cae irremediablemente, perdiéndose en la penumbra. Un sonido ligero como la caída de una aguja indica que se ha roto. Sus entropías han alcanzado el nivel máximo. Todo ha terminado.

Cierra los ojos ante el mundo que se extiende ante ella. Ahora, sólo mirará hacia sí misma.

Amelía sonríe.

Llueve. Llueve a cántaros. El agua llega a los tobillos y lo coches empapados, dejan de funcionar.

Afuera todo es gris y húmedo. El rumor de la ciudad (claxons, derrapones y alguna banda floja y mojada que rechina a lo lejos), y la lluvia que cae furiosa e interminable sobre las cabezotas de los transeúntes descuidados, componen una perfecta sinfonía en la mente de algún amante de todo lo inglés. Para los demás es un contratiempo gigante. La vida en pausa.

Un par de amigos tripulan un carro, y circulan sin rumbo fijo. El carro se jalonea y se mata. Se niega a encender. Los muchachos lo empujan para sacarlo de circulación. Mientras esperan que escampe, entran a una cafetería. Toman asiento y un mozo les ofrece unas toallas de papel para secarse. Cuando terminan les toma su orden:

—¿Que les ofrezco?

—Una coca.

—¿Y para usted?

—Café, por favor.

—En un momento se los traigo.

El mozo se marcha. Uno de ellos enciende un cigarro, y después de darle el toque, se lo ofrece a su amigo, que cortésmente, lo rechaza. El humo del cigarro, iluminado por la luz de la lámpara, baila haciendo espirales en el ambiente. Entonces, dando un jalón, uno de ellos escupe una pregunta:

—Eh guey, ¿por que nunca tomas coca? —dice al mismo tiempo que exhala el humo.

—Ya te dije que no me gusta.

—Pero te he visto tomar cubas.

—Con el pisto es diferente.

—¿Por gusto no?

—No.

—¿Por qué?

—Por que acabó con la vida de mi padre.

—¿Le dio diabetes?

—No. Un día como este, salió a comprar una. Cuando regresaba, lo atropelló una pipa que transportaba precisamente el jarabe de la coca cola. Nos compensaron en grande por lo que pasó. Nadie me devolverá a mi papá.

—No mames.

—No te creas cabron. Puro paro. Nomás no me gusta. Siempre te lo he dicho.

—Pendejo.

Ayer vino mi abuelo a comer; vive solo, y casi no lo vemos porque nunca está en su casa. Obvio, no viene seguido, pero cada visita nos trae algo.

Sentados en el comedor, ya en la sobremesa, mi abuelo se acercó una mochila bastante maltratada y vieja, luego sacó dos pequeños paquetes envueltos en papel manila; se puso los lentes bifocales y leyó el nombre escrito en cada uno haciendo la cabeza un poco hacia atrás:

—Este es para ti, Gabriela, en agradecimiento a una comida deliciosa como siempre.

Mi madre rompió la envoltura, al abrir la cajita encontró un caleidoscopio muy bonito. Miró através de el y dijo con su mejor sonrisa:

—Gracias Papá, no te hubieras molestado —Luego se levantó a recoger la mesa.

Después me dio mi cajita. No me dijo nada, sólo me miraba con esos ojos enormes tras los lentes. En mi caja encontré un juguete de cuerda, al soltarlo sonaba una tonadita ligera y agradable, con la cual bailaba tap un negrito de bastón y con bombín.

—Me lo dio un amigo de Veracruz que quise mucho y al cual dejé de ver por muchos años cuando se fue a la capital. Un día vino de visita, y me regaló esto. Lo mandó hacer por una canción que me compuso. ¿Tu escuchabas a Cri-Cri no? El era ese amigo tan querido.

—Abuelo —Le dije mirándolo—, ¿Cri-cri era tu amigo?

—Si, el mismo: Francisco Gabilondo Soler.

—¿Y que canción te compuso?

—Pues el Negrito Bailarin ¿no ves?

—¿De verdad? ¿Tu bailas tap?

—Bailaba muy bien, preguntale a tu mamá.

—Abuelo…

—¿Mmm?

—No nada. Muchas Gracias. Te quiero. —Le sonreí.

Siempre pensé que el de la canción era Johnny Laboriel. No dije nada.

Increíble. No se me ocurre otra palabra para describirlo.

Incluso yo, con toda mi experiencia, con todos estos siglos a cuestas, nunca pensé que terminaría así: humillado. Reducido a esto que ahora ves.

¡Yo, que solía ser el único! ¡Era más grande que Jesús, los Beatles, Maradona y los Ilegales! Era el empresario más grande del mundo, el abogado invencible, el fiel de la balanza, el campeón de la gente, el traficante por excelencia y galán por antonomasia; el tipo más carismático, culto y divertido. El más envidiado, temido y respetado. Las mujeres me deseaban y los hombres deseaban ser como yo. Era la sal de la tierra. El Preciso ¿captas?

Todos acudían a mí, ya fuera por temor, algún favor, o pura admiración. Y siempre estuve al pie del cañón, dispuesto colaborar, ayudar al prójimo, y nunca bajé bandera: ¡Yo fui el primer filántropo! ¡Mi teléfono no paraba de sonar nunca! ¿y ahora? ahora no soy ni la sombra de lo que fui… y tengo suerte si me llaman los de telemarketing ofreciéndome pastillas milagrosas para bajar la panza.

Y no me queda nada más que el coraje para lanzar esta diatriba. Y escúchame bien por que no pienso decirlo de nuevo: nadie se acerca, ni se acercará a mí y todo lo que logré. Mira a tu alrededor: el mundo es mi obra maestra. Construí un imperio de la nada. Yo los hice y me han olvidado. Ya lo dije: es increíble lo desagradecidos que son.

Pero no importa. Ya nada importa.

Se me hace tarde para ir a trabajar. Supongo que ya sabes quien soy; probablemente no me reconozcas por la vestimenta, pero si todavía no agarras la onda te lo digo directamente: Mi nombre es Luzbel.

Pero puedes llamarme Maribel.

En el vacío del espacio el silencio es apabullante. El planeta, próspero y boyante de vida, gira tranquilo sobre sí mismo y alrededor de su sol, ignorando su destino fatal. Sin previo aviso, una descarga de energía irresistible procedente del sol cruza el vacío, cortando el silencio a velocidad inconcebible.

La energía cruda se impacta contra el planeta, que comienza a arder con el fuego absoluto e incansable del sol, concentrado y fijo sobre su faz mientras rota. El rayo, destruye cuanto toca sin que ninguno de sus habitantes, flora y fauna, puedan hacer algo. Desde las bacterias hasta los seres más complejos y avanzados alcanzan solamente a sentir el calor y la presión del centro del sol. El silencio de toda la galaxia se balancea sobre el hilo tenue de aquella descarga de muerte.

El escenario es desgarrador: la tierra se convierte en magma y el vapor nubla la vista; las complejas estructuras de aquella civilización se derriten al instante y sus habitantes explotan y se contraen al segundo sin dar tiempo a manchar algo con sus entrañas que son vaporizadas en el mismo momento que salen del cuerpo.

No hay tiempo de nada, aunque no importaba ya: desde que aquél rayo mortal hizo contacto con la superficie planetaria todo había terminado: solamente fueron necesarios cinco minutos para destruir algo que demoró eones en formarse. Daba lo mismo morir antes o después.

Cuando termina de fundirse, la masa crítica del planeta explota dando paso a escombros de metal frío en su lugar.

Después de aquel cataclismo, el causante de todo ello se mantiene inmóvil e impasible como siempre, mientras el ser que lo controla, un ente inmaterial, liviano y vaporoso que abarca años luz de distancia, sigue su camino de destrucción: El Destructor ha consumado su tarea.

Toda la galaxia guarda silencio.