A su debido tiempo, la humanidad despertó: el raciocinio venció a la fe de una vez y para siempre. Así, el hombre se encaminó a una época de auténtica independencia.
Ahora libre de las cadenas religiosas, la humanidad avanzó vertiginosamente: se dejaron las diferencias, se entablaron convenios con ventaja para todos, se acordó la paz. La unión del género humano fue una realidad.
Se logró, gracias a la Ciencia, erradicar el hambre y la enfermedad, además de permitir una muerte pacífica para cualquiera; la tecnología dio un salto gigantesco y el hombre pudo alcanzar las estrellas por fin: en sólo dos siglos, colonizó mundos más allá de nuestra galaxia, y proponía internarse aun más.
Eran tiempos donde la curiosidad, investigación, y capacidad eran el esfuerzo creador de la humanidad.
Sin embargo, algunos pequeños grupos, continuaban viviendo su fe pacíficamente, empecinados en profesar un culto estéril. Trataban de convencer sin evidencias a un género humano completamente racional, cuyo respeto a las creencias descabelladas se puso de manifiesto.
Algunos cristianos predicaban La Palabra en las calles; la Iglesia, el Papa y el Vaticano se convirtieron en ornamentos caros y anacrónicos que se permitía la humanidad por su valor testimonial; de igual manera, algunos grupos musulmanes continuaban haciendo el ramadán y postrándose hacia La Meca; los judíos seguían celebrando sus festividades y haciendo el Sabbath.
Todos por igual esperaban algo: la venida del Mesías, el castigo divino, el rapto. Algo, una señal que reafirmara su fe. Oraron fervientemente por dos siglos.
Entonces sucedió.
Contra todos los pronósticos, El Rapto que vaticinaban los cristianos se llevó a cabo. Todos los “ateos”, “infieles”, “gentiles”, “laicos”, y “herejes” fueron borrados de la tierra de un plumazo. Dejando solos a los hijos de Dios en el mundo destinado para ellos desde el principio de los tiempos.
Hombres de una fe inquebrantable, en un mundo boyante, avanzado, limpio y ordenado. Ahora ellos tenían el poder.
Después de dos siglos de paz, estalló la guerra. La más cruenta, sangrienta e innecesaria: La Guerra de los Justos.

