Junto al fuego, tratando de calentar sus piernas flacas, estaba la abuela, una tierna viejecita olvidada que odiaba la nieve y desvariaba a causa de su soledad. El calor y el chisporroteo le recordaban tiempos mejores, y entonces hablaba sola como era su costumbre:
-Esos tiempos eran mejores. Tú no tenías tantas tareas, yo no tenía tantos años encima. Yo lucía hermosos vestidos, porque tenía con qué sustentarlos, en cambio, eso ahora lo tienes de sobra. Te podía besar cuantas veces quisiera; aun hoy quisiera seguir haciéndolo, pero tu decidiste dejarte esa horrible barba, que solo te dignas a arreglar cuando estás por ausentarte. ¿Cuándo fue que cambiaste mi compañía, por tu soledad, en aras de alimentar tu generosidad compulsiva? Me dolió mucho cuando decidiste utilizar nuestro garaje para guardar esas bestias peludas y en lugar de comprarme el auto que tanto te pedí de navidad, te gastaste los ahorros en un estúpido trineo tal vez para divertir a unos hijos que nunca llegaron. Tus salidas nocturnas me preocupaban al principio, luego de unos cuantos años terminé por acostumbrarme a estar sola en navidad, acostumbrada, pero cada día odiándote más.
Él, que había escuchado todo, no quiso hacerlo más, cerró la puerta y se marchó. -Te odio- gritó ella, -a ti y a tu estúpido traje rojo, a tus renos del demonio, y a tu risita artificial-.

