Amarillo… verde… violeta… azulado… naranja… rojizo…
Amorfos de color verdoso que se diluyen entre un resplandor exasperante.
Sombras que entre sus entrañas despiden, de vez en cuando, destellos áureos y de esencia diamantina…
Danzas exóticas, cada forma parecía estar viva, bailar sujeta al extraño efecto de esa barrera que le daban a sus ojos una nueva perspectiva del mundo exterior. De ese mundo aburrido que, hasta el momento, solo le ofrecía un placebo soso, una rutina impuesta que le sofocaba tanto como esa pañoleta roja en el cuello, que tanto odiaba.
Armandina siempre observó a su padre, que después de unos tragos de ron, se veía más jovial, más alegre, siempre de buen humor. Le gustaba ver que se aflojara la corbata, le gustaba que su expresión de oficinista contable cambiara, que subiera ese chistoso rubor a sus mejillas, que enmarcaban más esa amplia sonrisa. Eso era, lo que más le gustaba era que sonriera, que mostrara su dentadura casi perfecta, que soltara esa carcajada sonora y estridente que molestaba tanto a su madre. Que se acercara a ella, la abrazara, y que le dijera “Mi niña, mi única niña, mi tesoro…”, oler cada palabra disuelta en su aliento a alcohol, quedárselas para si, ya que solo eran para ella.
La magia de ese extraño elixir, su esencia, sus misterios, la habían atrapado. Siempre sintió curiosidad, siempre…
Ya había visto el mundo a través de esa botella vacía.
No podía esperar a probar el contenido.

