No era el mismo, aunque la calva disimulada con la gorra le regresaba algunos años, los pechos caídos y la panza de chelero le daban el aire de señor que tanto despreciaba cuando se miraba al espejo. Y ahí desnudo, Luis escrutaba el otrora cuerpo de deportista, daba la vuelta como bailarina en cajita de música y se miraba las nalgas escondidas debajo de la piel quemada y las estrías que no supieron borrarse ni con aquella pomada verde tan pinche cara. El blues de la calle de enfrente del hotelito se había callado por fin, y los ronquidos de un chilango y un pipope en los cuartos contiguos arrullaban la madrugada en la ciudad.
La noche fue tan larga como los dos quisieron, poco importó que aquella mujer fuera casada y que tuvieran que compartir los gemidos con un concierto de perros, de patas anudadas a la luna y brazos tejidos al nuevo sol, que vino tan puntual como siempre y tocó a la puerta que nunca pudieron cerrar; el viejo portero los vio salir a la misma hora de siempre y dar la vuelta por la misma esquina de ayer.
La señora que limpia los cuartos recogió los pedazos del espejo roto, que ya sabía que le cobrarían otra vez, como siempre, y ella y su marido, con tantos años a cuestas trabajando en aquel lugar, se guardaban sus historias para los nietos, que reían, jugueteaban, y emocionados y asustados le pedían al viejo: ándale abuelo, cuéntanos aquel cuento de fantasmas otra vez.

