-Sabes bien que esto no es justo.- Su voz sonaba tranquila, envuelta en la seguridad de quien se sabe inocente del crimen que se le imputa. Caminaban juntos con paso lento, a través de los largos pasillos de la fortaleza enclavada en lo alto de una montaña.
-Mi papel no es juzgar- contestó su acompañante- sólo ver que se cumplan las leyes. Tú las rompiste y mi deber es detener la rebelión, para llevarte junto con tus seguidores, ante el Alto Consejo.
-Pero ¿Seré juzgado por buscar la libertad? ¿Por apelar a la razón?- Ahora su voz sonaba un poco más elevada. Sus brillantes ojos color miel, contrastantes con el negro de su cabello, parecían casi dorados mientras defendía su postura con vehemencia.
-Por rebelarte contra el orden establecido.
-¿Orden? ¿No quisiste decir “régimen”, Hermano?
Su interlocutor giró lentamente la cabeza para ver el rostro de su otrora compañero. ¿De verdad lo seguía considerando así? Eso parecía.
-Tú sabes que no…- y por un momento dudó. Finalmente no lo llamó de ninguna otra manera.
-Así que seré juzgado. Qué ironía, yo, que fui uno de los primeros…
-El orgullo no es algo que debas cultivar en estos momentos.
-El orgullo parece ser lo único que me queda en estos momentos. Tengo entendido que me quitarás lo que he creado. ¿Quién se hará cargo de mi reino, Hermano? ¿Tú, acaso? O será Gabriel a quien he visto dentro de tu séquito?
-Ninguno de los dos. El Príncipe en persona se hará cargo.
Lucifer se detuvo de repente y encaró a Miguel:
-¿Qué? ¡Pero este planeta es mío! Yo lo creé, yo les dí libertad a sus habitantes. ¡Les di la capacidad de decidir!
-Hasta aquí llega tu rebelión- dijo Miguel.
-¿De verdad? Creo que la rebelión apenas comienza- contestó confiado Lucifer.


