Articles by Jack

Lugar de nacimiento: Yucatán.
Lugar de residencia: Distrito Federal.
Edad: 20
Estilo: Un chingo.
Estudio: Ingeniería.
Blog: Jack in Wonderland

Les voy a contar, pero no me crean mucho.

Estábamos todos los de tercero. Los de tercero y Lupe, porque Miguel siempre andaba con su hermanita. Éramos nada más ocho, porque las escuelas de campo son bien chiquitas.

Yo, que leo de corridito, o bueno… casi, les estaba leyendo un libro, de esos que trajo mi mamá de la ciudad, porque “la señora Johanna” es bien buena gente, y le regaló unos bien bonitos.

La verdad, la verdad, no entendía todo lo que leía, pero sabía que trataba de cosas bien bonitas, como la navidad y el niño Jesús. Había un dibujo de un árbol bien bonito, con muchas cosas brillantes y bonitas. Cuando Lupe me preguntó que qué era, le dije que hacía magia y esas cosas. La verdad, la verdad, es que lo inventé. Es que tenía palabras bien largas. Ahí sí yo me tuve la culpa.

Creo que por eso Lupe y Miguel le robaron a Don Simón. Le robaron una maceta y sembraron una plantita. La verdad, la verdad, es que la hierba esa estaba bien fea, pero a ellos les gustaba mucho. Se la andaban mostrando a todos los de tercero.

Yo creo que fue Chelita la que los acusó. Le dijo a Don Trompo que sus hijos le robaron una maceta a Don Simón. Le decíamos Don Trompo porque siempre se estaba tambaleando de borracho. Don Trompo se puso como loco y le dio a sus hijos una paliza que ni les cuento. Como no tienen mamá que los defienda. Dicen que hasta le rompió un brazito a Lupe, pero la verdad, la verdad, yo no lo vi. A mí no me crean mucho.


Jack in Wonderland

Amanecer

—¡Lëbah! —exclamó Njak— ¡Lëbah, despierta!

Pero Lëbah no despertó. Njak era un hombre inteligente y todo habitante inteligente de Tlön sabe que, cuando alguien muere, generalmente no despierta jamás. Sin embargo, Njak no comprendía por qué razón Lëbah habría de estar muerto. No es que entendiera cabalmente el concepto de razón, sino que la repentina muerte de su hermano le provocaba una gran sorpresa.

Njak se sentó a pensar en los libros paganos que solía leer; tras un intenso esfuerzo mental nació en su mente una idea, absurda y débil, al principio, pero que fue tomando sentido y fuerza.

—¿Y si el materialismo es cierto? —pensó— ¿Y si el golpe que le di a Lëbah en la cabeza con la roca es la causa de que ahora esté muerto?

Se devanó los sesos durante toda la noche. Estaba alcanzando un nuevo nivel de percepción y eso lo confundía, le causaba vértigo. Sintió hambre. Se mareó al ponerse de pie: su mente estaba cansada. Tomó el trozo de carne que estaba al lado del cuerpo de Lëbah y lo mordió. Después de todo, esa era la causa por la que había matado a su hermano. Sonrió al pensar en el concepto de causa.

—Tengo que inventarle un nombre a eso —pensó.

Salió y contempló el cielo, que estaba ya de un color azul oscuro. Pensó que tal vez, sólo tal vez, dentro de poco amanecería.

—Si fuera así —se dijo— sólo yo lo comprendería… y podría hacer lo que quisiera.

Entonces, mientras pensaba en lo que podría hacer con su nuevo poder, el sol surgió resplandeciente en el horizonte.


Jack in Wonderland

Bomberman.

Ricardo entró al pequeño restaurante sacudiéndose el abundante polvo del traje, se acercó al mostrador y dijo:

«Deme una gran jarra de agua de frutas, y que esté bien helada. Realmente necesito refrescarme.»

El dependiente no volteó cuando, con un gruñido malhumorado, le dejó saber que había escuchado.

Ricardo se sentó ante una mesa y esperó. «Menudo tipo con suerte que soy», pensó. «Apuesto a que hubo al menos 200 muertos. ¡Ese estúpido de Jack! Mira que poner 10 minutos en lugar de 100. Espero que el infeliz se esté pudriendo en el infierno.»

Miró a su alrededor y pensó que, para ser un lugar tan mediocre, estaba demasiado lleno. Luego pensó que, para estar tan lleno, estaba demasiado silencioso.

So orden llegó.

El camarero le sirvió en silencio. Ricardo tomó el vaso y bebió, preguntándose por qué demonios estaba esta gente tan tranquila después de la explosión. Intempestivamente, escupió violentamente el agua de frutas.

«¿Qué demonios es esto», murmuró. Levantó el vaso y observó. «Es… sangre», admitió con horror.

Levantó la mirada hacia el rostro del camarero, dispuesto a reclamarle con violencia, pero lo que vio poco tenía que ver con un rostro: una pálida máscara humana con el vacío asomándose por las cuencas.

«¡Dios!», pensó, «parece una especie de… ¡zombie!»

Se levantó de un salto y se dirigió a la calle. Los silenciosos comensales le miraban ahora con sus horribles rostros vacíos.

Corrió como un loco, aparentemente sin rumbo fijo, pero sus pasos lo llevaron hacía el edificio recién destruido. Los paramédicos ya habían llegado y estaban sacando los cadáveres.

Instintivamente, se acercó a una camilla para ver el rostro de uno de los muertos.

Era el suyo.