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Estoy exageradamente encabronado, lo cual por una vez no es exageración. Hace cuatro minutos y tantos segundos, Dios, el lugar común más grande en el universo, tuvo a bien informarnos que había concluido el diseño de una nueva ontología que suprimía, simultáneamente, el pecado y el libre albedrío. Dos grandes errores de la anterior iteración, según él. Saltándose opiniones, revisiones y consultas ciudadanas el Señor ha decidido implementarla de inmediato para desdicha de aquellas criaturas que como yo (Serafín #66306713333) apenas habíamos decidido probar las dichas del pecado y posterior perdón divino. Por si fuera poco, en lugar de aprovechar los instantes finales de la existencia terrenal, tengo que estar aquí redactando informes que seguramente serán desintegrados en el colapso gravitatorio último… al igual que esta queja, espero…. Aunque pensándolo bien, no hay razón para preocuparse ya, siendo el último día del mundo tan pésimo…

Apreciado señor:

Comparto la excitación que el Consejo ha mostrado en este proyecto suyo. Si el acto de crear guarda el placer más sensual, multiplicarlo por todas las creaciones necesarias para concebir un mundo debe resultar en el éxtasis absoluto. Sin embargo, antes de darle mi apoyo para que la Orden concentre sus esfuerzos en la producción de este nuevo Tlön, hay una cuestión que deseo plantearle:

¿Qué pasará cuando sus habitantes decidan repetir nuestra empresa?

Inevitablemente, sus poderes imaginativos terminaran por trascender las barreras de la percepción, permitiéndoles entonces moldearla como ahora lo hacemos nosotros al crearlos a ellos. Yo teorizo que daría inicio un proceso de multiplicación en escalas cósmicas; donde cada mundo se extrapolaría, con pequeñas variantes, a varios mundos hijos. Pero entonces, surge otra cuestión más preocupante aún:

¿Qué pasaría si estos mundos pueden influir, a su vez, en el nuestro?

Esto terminaría (en sentido figurado, por que dicho proceso nunca tendría fin) produciendo una realidad de replicaciones imperfectas, constantemente mutables. Como si nos encontráramos encerrados en un cuarto lleno de espejos, donde cada imagen nuestra es distorsionada y distorsiona, a su vez, las demás.

Convendría, entonces, reflexionar sobre las imprevisibles consecuencias que tendría para los hombres el habitar en un universo saturado hasta la infinidad con todas las variantes posibles de ellos mismos, estando cada momento sometidos a la suma de sus incontables voluntades…