Venus está recostada en su cama de piedra, tratando de aquilatar sus pensamientos; y no caer en la ansiedad del recuerdo. Apartada del glamour. Encerrada en su habitación.
Mientras tanto, Eros, administra los negocios; el ciberespacio, los chats del amor: la carne y lujuria; los “teibol dance”; las casas de citas, el cine.
—¡Madre!, no has checado tu sesión.
—¿Para qué?
—Tienes varios correos e invitaciones.
—No tengo ganas de leer ni salir a fiestas.
Fastidiada de acompañar a su nuera a los malls, en su frenética carrera por estar siempre a la moda; compitiendo por la belleza; agotada de estar en sesiones de bronceado y limpiezas faciales; sin entender el encantamiento de Psique por andar de shopping.
—¿Vas a cenar?
—No.
—Tendremos visitas…
—¿Quién?
—Ares y Hefestos.
—No los quiero ver.
Hace tiempo que, también, dejó de asistir a las pasarelas de París, Milán, Londres, Nueva York, Brasil, Moscú, Tokio, Venecia, Grecia, Roma…; de modelar; firmar contratos para los grandes monopolios de ropa, lencería, perfumería y cosméticos.
Estar siempre en competencia, desde “El Juicio de París”, con Atenea, Hera, Helena, y demás modelos del Olimpo: Penélope, Mirra, Medusa. Todo por el reconocimiento, la fama, la atención de las cámaras, la portada de revista.
—Han llegado mirtos y rosas.
—¡Regrésalos!
Ya no busca la perfección corporal, siempre la tuvo, quiere algo de paz; tampoco necesita la compañía de otros, menos ahora que, sus dos amantes: Ares y Hefestos, socios en la venta de armas—ya no la excitan—.
Venus, se despide de Eros; cierra la puerta; se recuesta en su lecho, mientras observa la imagen de un cuadro en la pared, donde una mujer emerge, nace de la espuma del mar.

