Un hombre cortó con su silueta el haz de luz que recién se filtraba al cuarto a través de la puerta desvencijada. Su sombra creció sobre los confines de la habitación, conectando las tinieblas en una amenaza; fija sobre la mujer y el pasaporte.
Ella reaccionó con un giro del torso hacia la puerta, constriñendo un chillido bajo su esternón y forzándose a espetarlo como gemido de angustia. Al descubrir esa mirada puesta en ella comprendió la identidad del invasor. El pasaporte le pesó entonces como una sentencia; observó sus dedos entreverados con las hojas ensangrentadas y sintió cómo éstas le acosaban la garganta repugnantemente. Tosió. Tosió desde la base del estómago y lanzó el pasaporte con el último de sus espasmos; comenzó a tallarse las manos frenéticamente contra el regazo; intentando borrarse el veneno incipiente de la violencia.
El hombre emitió un bufido osco y se lanzó sobre ella.
Monique saltó del asiento pateándolo hacia atrás, provocando que el negro trastabillara sobre éste; más no lo suficiente para caer. Tras otro impulso, el hombre la atajó a medio paso, derribándola sobre la mesa y luego al suelo, quedando encima de ella. La mujer sintió su cuello preso de las manazas de la bestia y pronto empezó a perder oxígeno. Intentó defenderse. Golpeó al agresor con cualquier resto de los objetos de la valija, pero era como integrarlos a la fuerza paquidérmica de su furia.
El negro sintió avidez por el cuerpo de su presa. Sorprendido, soltó una de sus manos para levantar las faldas de la mujer y contener sus pataletas con el tórax. Frotó sus muslos con ligereza y apenas tocó el triángulo blanco de sus bragas, eyaculó frenéticamente.
Ella también arrojó un gemido placentero, asfixiado…
Quedáronse impávidos por horas.
A lo lejos, el encendedor refulgió con el brillo de la calle; la inscripción enlució prístina: “Cuando los elefantes pelean, es el pasto el que sufre”
…
El hombre intentó encenderse un cigarro; sí, él: bastardo, profanador, carne de miseria. Phillippe.

