Articles by Leon

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Un hombre cortó con su silueta el haz de luz que recién se filtraba al cuarto a través de la puerta desvencijada. Su sombra creció sobre los confines de la habitación, conectando las tinieblas en una amenaza; fija sobre la mujer y el pasaporte.

Ella reaccionó con un giro del torso hacia la puerta, constriñendo un chillido bajo su esternón y forzándose a espetarlo como gemido de angustia. Al descubrir esa mirada puesta en ella comprendió la identidad del invasor. El pasaporte le pesó entonces como una sentencia; observó sus dedos entreverados con las hojas ensangrentadas y sintió cómo éstas le acosaban la garganta repugnantemente. Tosió. Tosió desde la base del estómago y lanzó el pasaporte con el último de sus espasmos; comenzó a tallarse las manos frenéticamente contra el regazo; intentando borrarse el veneno incipiente de la violencia.

El hombre emitió un bufido osco y se lanzó sobre ella.

Monique saltó del asiento pateándolo hacia atrás, provocando que el negro trastabillara sobre éste; más no lo suficiente para caer. Tras otro impulso, el hombre la atajó a medio paso, derribándola sobre la mesa y luego al suelo, quedando encima de ella. La mujer sintió su cuello preso de las manazas de la bestia y pronto empezó a perder oxígeno. Intentó defenderse. Golpeó al agresor con cualquier resto de los objetos de la valija, pero era como integrarlos a la fuerza paquidérmica de su furia.

El negro sintió avidez por el cuerpo de su presa. Sorprendido, soltó una de sus manos para levantar las faldas de la mujer y contener sus pataletas con el tórax. Frotó sus muslos con ligereza y apenas tocó el triángulo blanco de sus bragas, eyaculó frenéticamente.

Ella también arrojó un gemido placentero, asfixiado…

Quedáronse impávidos por horas.

A lo lejos, el encendedor refulgió con el brillo de la calle; la inscripción enlució prístina: “Cuando los elefantes pelean, es el pasto el que sufre”

El hombre intentó encenderse un cigarro; sí, él: bastardo, profanador, carne de miseria. Phillippe.

Lastres

Ella se sentó de espaldas a la valija. Intentó llevarse un cigarro a la boca, pero sólo logró espaciar sus jadeos lo suficiente para acallarlos. El sudor que habíale pegado la blusa al cuerpo fue secándose, dejando tras de sí un frío salobre que, en ausencia de mantas o alguna sábana, la obligó a escudriñar entre el contenido de la maleta; en busca de suéteres o algo.

Lo primero que captó fue un olor reconocible: el tufo de la mansedumbre obrera. Todo dentro hedía a cansancio, a polvo y sudor. Nada de valor o importancia. La maleta estaba llena de basura; de recuerdos forasteros y baratijas. Había dos cajas de cartón: una con papeles anudados y otra sellada con cinta, cuyo sonido acusaba a naderías sueltas. Encontró un suéter. Dos. Remendados pero útiles. También hubo shorts doblados, unos folletos, calcetines y ropa interior. Trusas. Esta era la maleta de un hombre.

Tras sacudir los suéteres y ceñírselos encima, abrió el paquete de papeles anudados y pasó los dedos entre éste, buscando billetes o cambio escondidos. La mayoría eran recortes de periódico u hojas con escritura ininteligible, pero hubo una fotografía que le atrajo: un hombre blanco con sotana, en medio de lo que parecía una misión africana; rodeado de gente negra. Apartó la fotografía y tiró el resto al suelo.

De un tirón reventó el sello de la otra caja; su contenido quedó disperso sobre la mesa. Había varias piezas de metal y cuerda, además de vendajes; y lo único relevante, eran un encendedor de latón con una leyenda y tres iniciales, y un pasaporte de Uganda. Ella tomó el pasaporte con cuidado, pero al abrirlo descubrió que éste estaba quemado por dentro, y había manchas de sangre entre las páginas…

Entonces se oyó un gran golpe mientras alguien tiraba la puerta a sus espaldas…

Tíííía. ¿Quieres un dulce? Son de los que mi abuelo repartía. Los guarde en mi pantalón y mira, aquí estaban. Ten, toma.

-Gracias nena.

-¿Susana, aquí estas? Ven ya. Te estamos esperando y los demás empiezan a impacientarse.

-Déjame Rodrigo, que empiecen sin mí.

-Sabes que no puedo hacer eso. Daniela: anda, vete a jugar con tus hermanas. Deja que tu tía y yo hablemos.

-Ay papaaá.

-¿De qué quieres hablar Rodrigo? ¿Del tiempo que llevaba sin hablar con papá? ¿O de las palabras hirientes que le dije la última vez que lo vi?

-De cuánto nos amaba; y nosotros a él, Susana. Ya no puedes seguir torturándote. El jamás te recriminó nada y, si acaso, cuando hablábamos, reía y se alegraba al referirse a ti como su chamaquita celosa, su caramelo sonriente.

-Mira Rodrigo, déjame en paz, te lo pido, por favor.

-¿Te acuerdas que nos decía que no había mejor regalo que un buen caramelo? ¿Ý que acostumbraba llevarnos cada tarde a la dulcería, después de clases? Si lo piensas, es casi un milagro que no seamos obesos.

-No seas tonto Rodrigo, jaja.

-Tú eras su favorita Suz; tienes que animarte y pensar alegremente en él. Mi papá se dedicó a mamá y a ti; nunca querría que su dulcecito esté triste. Baja ya, estamos todos esperándote.

-¿Natasha está aquí?

-El me dijo alguna vez, muy serio en sus palabras, que era hora de reencontrarse con las libaciones de su juventud…

-Entonces se separó de mamá y se fue a viajar por ahí, y cuando regresó traía del brazo a esa vieja más joven que nosotros, que además ni habla.

-Es rusa. ¿Qué esperabas?

-Es una puta.

-Es familia, y alegró los últimos días de un viejo dócil y benévolo. Ten, cómete este dulce y llévale el otro a papá.

-¡Crema de limón, sus favoritos!

-Al final, él me dijo que había descubierto unos dulces aún más excepcionales; jamás dijo cuáles, sólo que eran azules…

-¿Te gusta reír?

-¿Crees que debo reírme de ti?

Aquel hombre de blanco cayó entonces en un mutismo repentino. Su respiración se ajó desde dentro mientras un vaho agrio, casi vomitivo, le intentaba trepar desde el estómago; a manera de respuesta. Alicia advirtió la dureza de sus palabras.

-Mejor ya no hagamos más preguntas, ¿quieres? Acércate por favor.

El hombre se mantuvo inmóvil. Humillado, su único deseo era abofetearla y salir de ahí. En sus puños, encallecidos por el contacto de la goma, las uñas empezaron a hincársele al punto de hacer brotar un insigne hilacho de sangre; la gota que cayó al piso provocó en Alicia un gesto de temor.

Justo antes de lanzarse a aporrearla, un sonido en su estómago detuvo su avance; el eco del hambre es irreductible. Alicia recobró la confianza y le ordenó que terminara de desnudarse y se aprestara.

El desabrochó su ropón y reveló un cuerpo albo, hinchado de parásitos, pero de canillas muy delgadas. Tenía su pene maquillado de blanco y el glande rojo como cereza. Se acuclilló sobre ella y la penetró.

Apenas Alicia sintió la incursión en su sexo rompió a carcajearse de manera inmunda; con risotadas obscenas y ocasionales escupitajos. Inmediatamente, ella comenzó a golpearlo con todas sus fuerzas, hasta que lo redujo a una masa temblorosa y lloriqueante.

Alicia se apartó, firmó un cheque que estaba sobre la mesilla de noche y salió del cuarto sin siquiera vestirse; traía la ropa bajo el brazo.

Antes de cerrar la puerta, volteó a mirar al tipo y pronunció:

-Eres la prueba de que la risa insulta, Payaso de porquería.

Phillippe vio sus sandalias flotar desde la costa, hasta trabarse entre unas matillas de hierba algo alejadas. Advirtió que a su derredor muchas cabañas mantenían las luces prendidas y caviló un poco sobre el ensimismamiento de sus vecinos y lo terco de su resistencia; en la tierra de sus orígenes nada había cambiado.

Phillippe desvistió entonces el resto de su cuerpo. Se libró de pantalones, el saco, corbata y camisa, inclusive su reloj. Su magra desnudez avivó el ulular del viento, a manera de una venia adeudada. Regresar hacia su lecho, sin ropa ni calzado, resultó fatigoso para un anciano como él; no en balde era reputado uno de los hombres más longevos. Phillippe se tendió sobre su camastro hecho de boñiga de elefante, tal como aquellos de su juventud, de amaestrador de circo. Su textura fresca y nudosa le penetró la memoria hasta enardecer casi todos sus recuerdos: el disparo en su mano, las infecciones de un principio, las camas de mierda y los elefantes, el agujero, la sal del mar, la carne negra, la carne blanca, su hijo.

El viejo sabía. Miró hacia las estrellas y esperó.

Primero empezó a verse una luz muy brillante. Pronto, este destello se multiplicó por cientos, iluminando los cielos y la superficie de mil mundos.

Phillippe, anciano, sintió miedo.

Su pecho se estremeció ante la vorágine de un terror acompasado. El viejo apartó la vista y cubrió su rostro con ambas manos. Su respiración se hizo ruidosa bajo el peso de sus palmas; la oquedad entre sus dedos se llenó de lágrimas.

Pasaron instantes hasta que un halo se filtrara por el orificio del disparo -jamás cerró cabalmente-. Escrutando ese vago resplandor, Phillippe reflexionó que el fin del tiempo sería más bien plácido; así que aprestó a afinar la vista a través del agujero en su mano. Descansó su diestra sobre el abdomen y contempló el espectáculo desde su insólita trinchera de carne.

Al final, colmado por una indulgente sensación de inexistencia, Phillippe dejó salir un último respiro, y se durmió.

Era como tener el universo entero en una mano…

El señor Tlacuache dirige su negocio con peculiar soltura y altruismo. Se enorgullece de jamás haberle dicho no a un cliente, y es así que, pregonando por las calles, y a la menor tentativa, cambia, vende y compra por igual. Su filosofía es prístina: para cada anverso, un reverso. El sabe que una buena compra será una buena venta y como desconoce el concepto de una mala compra, su negocio sólo puede ir de bien en bien.

A veces le ofrecen chamacos malcriados; él acepta su suerte y paga a la comadrona cinco pesos duros por meterlos al costal. Algo adelante un sujeto pide diez pesos por su esposa regañona; él propone la misma tarifa que por comadres chismosas; paga cinco pesos, saca al niño del tambache y los pone a discutir mientras le siguen; ya sin tener que cargarlos. Así es un buen día del señor Tlacuache.

Cierta ocasión un tal señor Gabo pidió tres pesos pos su máquina de escribir. A fin de cuentas -dijo- ya ni la usa. El señor Tlacuache tanteó el enorme peso del trebejo ese y muy a su pesar, aceptó. Como en ese viaje el tiliche ese le desfondó un tambache, prefirió dejarlo en casa hasta tener un carretón.

Al señor Tlacuache lo comió la tentación. Juntó de sus papeles los que veía más limpios, y recordando sus vivencias, se sentó a tipear. Escribió tres libros, bastante gorditos y queriendo cambiarlos llegó a una editorial. Sus escritos se volvieron un suceso literario; el primero mereció referencias detalladas; el segundo, buenas críticas y entrevistas fatigosas; el tercero, así de plano, el premio nacional.

Cuando los ansiosos editores, pidieron a Don Tlacuache una cuarta entrega, el señor Tlacuache advirtió que ya no le quedaban historias ni ningún otro cachivache que contar. Sin embargo, tras pensarlo un poco, leerse unos libros y entender qué le pedían, atinó con la respuesta y aceptó. A la mañana siguiente se escuchó un pregón por las calles de ésta gran ciudad:

¡Cronopios que vendan!

¡Realismos usados!

¡Eternos borgeanos!

¡Quijotes molineros!

¡Cambio, vendo y compro por igual!

Llamada.

Está sujeto a una reja al final de la calle. Se arquea, pero sin que ambas manos se suelten del barrote. Luego comienza a abrir las piernas para deponer mejor su peso. Libera la diestra y la extiende al máximo, equilibrándose de nuevo. Respira. La sensación de arcadas le inflama poco a poco el pecho; siente el asco avecindándose, la náusea, el vómito; la repulsión. Con los ojos lagrimeantes desliza el índice por la garganta, empuja su uña henchida de sebo, y al fin expulsa un líquido macilento que baña sus zapatos. Limpia su boca en la solapa del abrigo y continúa tambaleándose hasta el teléfono, sin enderezarse del todo.

Previo a la cabina telefónica hay un quiosco de periódicos. La vista de éste le estremece, pues no quiere pasar frente ahí. Sabe que no podrá soportarle la mirada; ni siquiera impresa en una revista. Pero necesita su ayuda y le avergüenza que no haya nadie más a quién recurrir. Sólo él no lo ha abandonado.

Unos bamboleos más y entonces lo ve; su único leal, un semidios del mundo antiguo: Príapo; el nuevo e indiscutible dios del porno, con su descomunal miembro. Por todo el puesto hay películas y revistas con su imagen, y con su claro epíteto: Thirty Inches Pleasure.

Ello lo asquea aún más. Ese ser era un semidios; ahora se exhibe como cualquier otro entretenimiento obsceno. Cierto, él es un nadie, pero ser el Dios del porno debe ser indigno también. Saber que la ayuda que pretende proviene de tan impúdico origen tampoco satisface.

Al llegar a la cabina descuelga la bocina y pide por la operadora. Da instrucciones a ésta para una llamada por cobrar a Los Angeles y espera. Su cuerpo tiembla mientras marcan, y al cabo de tres tonos se oye una voz en inglés por el auricular:

-Hello.

-¿Príapo?

-¡Papá! ¡Gracias a Zeus que estás vivo! ¿Dónde estás? ¿Quieres que vaya por tí?

-Hola hijo. No gracias, la verdad. Sólo necesito dinero, la verdad. Tu viejo padre Dioniso tiene sed.

YO estaba, como todos, ya en últimas de la revolución. Los jefes habíanse vuelto buitres y comido entre ellos y cada quién había de verse para sí mismo y por sus avances. No todos quisimos entrarle a la bola así, tan despatarradamente, pero lo que eran Demetrio y su vieja esa insoportable Pintada, “El Plateado” y Don Juan Manuel saqueaban y daban bulla tan meco que costaba faenas mantenernos secretos; sólo el Jolote se limitaba a obedecerme, trago por medio, por supuesto. Seguíamos la traza de la sierra más allá de los carranclanes para topar el convoy de Porfirio Díaz…….

ÉL conocía bien la fuente de su temor: Porfirio Díaz. Griffin le había contado, a la salida del Mesón Veracruzano y valiéndose de su invisibilidad, cómo el General Díaz reclutó científicos afamados de La Gran Exposición Parisina de 1900 para proveerse de fuerzas militares tecnológicamente capaces de retomar el país. También dijo haber presenciado al ingeniero Gustave Eiffel y al Dr. Viktor Frankenstein modificar el cuerpo de Díaz, complementándolo con maquinaria y armas; haciendo del General un monstruo mecanizado, muy alto y peligroso y tal vez, hasta inmatable.

Fue cosa de Artemio reunir al grupo. Al Zarco sólo tuvo que bajarlo de la horca y azuzar su cuerpo plateado hasta regresarle la vida; Don Juan Manuel venía huido por sus homicidios y a Juan Pérez Jolote simplemente se lo apeó del brazo. El General Demetrio Macías fue difícil de hallar así que primero tuvo que liarse de amores con la Pintada y luego de unos ungüentos en el rabo, convencerla de buscar a Su Generalito, allá en el monte.

La noche del ataque se planeó que Juan Manuel asesinara a los guardias sin tumulto alguno, Zarco inhabilitara las baterías enemigas y el Jolote, con la losa del Pípila, protegiera a Demetrio hasta posicionarlo a un disparo; certero sobre la cabeza de Díaz.

Esa noche, el General Macías, borracho a tutiplén, no pudo aguantar sus nervios y a media emboscada prorrumpió: -Arriba muchachos-…

  -¿A dónde vas a ir Phillippe?Preguntó su novia, sin dejarse mostrar evidencia del cariño que teníanse uno por el otro.

Phillippe enterró los pies en la tierra marismeña del Lago Victoria y encogió sus dedos intentando enredarlos entre las raíces frescas bajo el agua.

-Al menos, tras las colinas que vimos cuando cruzamos el río; las que podían verse desde el peaje. Voy a robarme un caballo para llegar. ¡Y luego volar! ¡Quiero volar; romper los cascarones, votar mi nido, mi madre que ya no está, y saltar, planear, y volar como águila y nunca más volver a bajar!-

-Estás loco. ¿Sí sabes que no puedes huir de lo que pasó; ni de tu tambor?-

-Luego voy a conseguir trabajo con los elefantes, aunque sea de levantar mierda. ¡Tú sabes que me encantan los elefantes! ¿Y sí son de circo? ¡Mejor entrenar elefantes y hacer acrobacias con fuego! ¿Te imaginas cuando callen los tambores, anunciando mi acto?-

Kimani venció sus hombros señalándo derrota y se encaminó hacia la aldea, enjugándose lágrimas mientras Phillippe aún soñaba trapecios y piruetas inconcebibles.

Phillippe quedó sin moverse por horas; hasta que la quietud de la noche lo encubrió todo con su manto benevolente. Escuchó una fiesta no muy lejos, sobre la costa, y recordó su promesa; sacó una pistola del alforja.

Con sus latidos a máximo volumen, sólo podía dar cuenta del impulso generalizado en su cuerpo; retumbándole en las sienes, oídos, el cuello, sus manos y claro, en su pecho. Sintió cómo su piel se retraía ante el tacto frío del cañón que él mismo se apuntaba. Tiró entonces del gatillo y todo se silenció.

—–

Phillippe vio verterse sangre desde el agujero en su mano, tomó un trapo para envolverse la herida y consideró pagada su deuda con la memoria de su padre. Besó otra vez el suelo bajo el que enterró la piel de su tambor, sonrió como nunca antes en su vida y marchó sin rumbo; feliz y lejos del horror. Sólo podía verse su blanca sonrisa mientras caminaba danzando al son de tambores.

Después de todo, sí estaba loco…

Por León.

EL NIÑO DEL TAMBOR.

Rrrrrrrrrrrrrropopompom. Ropopompom.

-Se aproxima ya. ¿Lo oyes? Viene marcando pasos peregrinos. Camina, toca, y hace la manda y sólo pide por su padre; que regrese.-

Phillippe retumba la piel de su tambor. Ropopompom. Va camino a la ermita católica de Kampala; la que queda. Tocará en la representación navideña de la Capilla de los Santos Conversos; donde pertenecía Dalmar: el músico, el revolucionario, más negro que todos los otros pobladores juntos, su padre.

Ropopompom.

Mientras camina, algunos -muy pocos- lo reconocen. Le observan, escuchan. Sollozan. El mismo Idi Amin Dada puso ese pandero entre sus manos y ordenó nadie se lo arrebatara. Tras una década nadie tiene corazón para pedírselo. Su mamá sólo dijo que el tambor era el legado de su padre pues éste habíalos abandonado y partido lejos; sus vecinos, ellos eligieron abrazarlo en silencio; y abrazarlo, y abrazarlo.

Ropopompom. Rrrrrrrrrrrrrropopompom.

Por voz del General Máximo, Dalmar fue muerto por traidor. Nueve días antes de la navidad. Despellejado vivo, mutilaron sus pies, sus manos, su lengua y sus genitales. Y la piel de su espalda -la traición- se hizo tensar sobre un tambor de latón y maderamen; el propio General lo entregó como regalo para la primer navidad de Phillippe.

-A ver si así siguen cantando contra el régimen.-

Ropopompom. Ropopompom.

Phillippe es pobre pero de muy buen oído. Su viejo tambor negro, es el génesis de su pasión por la música, y metáfora de su amor por a quienes lleva su sonido. Cree que al menos durante la navidad los hombres deben tratarse con amor, piedad y regocijo; igual a la manera con que cuida su tambor. Todo lo que siente por su prójimo lo siente por su tambor. Algo siente por él, pero no sabe qué es.

Phillippe ofrece el ronco acento de su tambor para volver a ver a su padre.

Ropopompom. Ropopompom.

……

Suena el tambor. Suene el repique de una época de fe y esperanza para los hombres de bien. Toque el niño la navidad de los justos; de las víctimas…

Rrrrrrrrrrrrrropopompom. Ropopompom.

Si, si, ya sé. Que pinche cliché, pero de todas formas:

¡¡¡FELIZ NAVIDAD!!!

Les desea: el León.

XIII

Beinecke Rare Book Library, Yale, New Haven. Año Sexagésimo Noveno de Tlön.

 

Cuaderno tercero,

 

Mis indagaciones recientes demostraron la existencia del manuscrito perdido del Libre del Mustaçaf siglo XIV; detallando métodos para ejecutar a cualquier llamado “uqbarense” que violara territorio peninsular. Aparentemente, otros manuscritos de la Biblioteca Casanatense también concurren referencias de seres provenientes de alguna nación del Asia Menor fonéticamente similar a Uqbar. Además, el tomo Onceno-Tercero de la Segunda Enciclopædia de Tlön corrige la importancia de los hrön, hrönir y ur; autentificando su existencia y prevalencia en la historia Tlöniense y la filosofía de los heresiarcas.

 

Acorde al filósofo Izraącxex puede haber sólo doce generaciones de hrönires provenientes de un mismo pensamiento. Las virtudes de quintos y onceavos son célebres por su belleza; los novenos-segundos poseen poderes terribles y apariencias morbosas; esto casi nadie lo sabe. Un noveno-segundo se materializa cuando el metafísico produce un hrönir a partir de un noveno habiéndolo confundido con un segundo; el fruto tiene la potencia creadora del décimo pero de apariencia aberrante extremadamente exagerada1, como un tercero. Los tlönienses, disgustando de estos productos y temiendo sus poderes -no podemos destruirlos pues sería un desperdicio de hrönires de tercera generación-, aprovechan un vórtice hacia la tierra de Uqbar para desterrarlos de Orbius Tertius.

 

Uqbar perdura sólo cuando un hrönir es forzado a cruzar por él; dicho sea de paso, es por ello que las enciclopedias citadas en un tal libro Ficciones, un anónimo de hace dos siglos (288 años), solamente lo mencionan cuando fueron impresos en el instante mismo de un cruce. En Uqbar, estos hrönires cobran vida por propio deseo y surgen de las tierras debajo de los caballos salvajes para deambular un mundo nuevo.

 

Los metafísicos están de acuerdo que los hrönires que partan hacia el hemisferio boreal -antitético de Tlön-, una vez restauradas sus memorias de hombres y juntados doce de ellos, tendrán propiedades demiurgas; accediendo así a la Primer Gran Estadia de Tlön.

 

Como indagador del Gremio Filosófico Buckley de Orbius Tertius, es mi deber hallarlos…

 

1 Muchos de ellos han sido descritos en los tomos Pantheon Babylonicum, de DEIMEL A., Roma 1914; Die Dschinn, Teufel und Engel im Koram de EICHLER, P.A., Leipzig 1928; y Dämonenglaube im Lande der Bibel, de CANAAN T., Leipzig 1929.

-Este sí que no baila, pero tampoco se detiene-.

Un instante para reposar el cuerpo, buscar provisiones, tal vez armas; una alternativa. Alguien -no importa quién- aprovecha sus últimas horas para masturbarse en una esquina; nuestro fin es inminente, nuestra locación, idónea. Escondidos en una Sexshop tenemos la ventaja de las luces neon; le veremos venir. Le frenaremos para que al menos algunos escapen nuevamente. No quedamos ya ni diez metatexteros y empero, siendo francos, los posibles sobrevivientes son todavía menos. En la retaguardia, Cazador y Triquis comienzan a evidenciar indicios de la mordida y en cuanto a mí, desde mi caída del autobús cada vez camino con mayor dificultad; pronto no podré mantener el paso y tendrán que decidir entre abandonarme o cargar conmigo y sacrificar velocidad.

¡Mierda! ¿Cómo podíamos adivinar que él no permitiría que este mundo siguiera su marcha sin su presencia? De todas formas era obvio que ninguna caja le contendría del día o de la noche. Ahora somos objetivos, simples squares que cometieron el error de jugar un ejercicio metatextual demasiado cercano a su muerte; tentando al ego probablemente más ambicioso que haya pulsado un teclado. Llevamos días huyendo. No tuvimos tiempo ni de enterrar el cadáver del Árbol; él, que decidió suicidarse antes de traer la muerte al resto.

Hemos intentado todo pero no sucumbe. Hipster nos persigue todo el camino a Ptown. Ahí veremos si el hechizo que Lilith compró a un bokor haitiano valía tanto como lo que ella tuvo que ofrecer. Aún nos queda un hálito de esperanza.

Oigo un grito y un cristal rompiéndose. Todos corren al otro lado de la tienda, pasándome hacia la salida trasera. El último rostro que veo desfilar es del buen Semidiós -me despide con mirada sincera-. Luego sólo un par de ojos fulgurantes y dientes rechinando. Le vacío toda la munición pero es inútil. Norman Mailer Zombi está sobre nosotros.

León