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Son alrededor de las 2 la mañana. En la barra del bar “La Pachanga” están bebiendo Santiago y Julián. No pueden evitar desviar su mirada a la hermosa Catalina, la hábil chica que hacia bailar las botellas con sus manos, haciendo de cada trago una bebida llena de magia y color. Era la preferida de entre los 3 barman del lugar, pues tenía un toque muy especial, mágico. Cada bebida que servia era diferente y divertida. Dos hechos llamaron su atención, uno era que los asistentes a dicho lugar nunca eran los mismos, pero eso ya lo sabían, y el otro, los colores tan peculiares de las bebidas. Regularmente los asistentes eran turistas que iban de paso, y a mucha de esa gente nunca se le volvía a ver. Santiago y Julián se encontraban investigando precisamente esas desapariciones por cuenta propia, pero al acumularse los tragos, se fueron olvidando del objetivo por el que estaban ahí.
En el lapso de dos horas ambos reían como idiotas de los mas estúpidos chistes que se les ocurrían. Sin saber como ni cuando, despertaron en un lugar oscuro y hediondo a putrefacción. Ahí estaban ambos, amordazados y colgados de los pies, con sus manos atadas fuertemente a unos enormes aros clavados al piso. Justo debajo de sus cabezas se encontraba una enorme bandeja.
Carolina arribo a la habitación, aun con el uniforme del bar, pero esta vez no bailaba en su mano una botella, sino una enorme sierra, con la que mutilaba las cabezas de sus victimas, para dejarlos desangrar y preparar así sus brebajes mágicos que siempre dejaban encantados a los clientes que la esperarían ansiosos al día siguiente, para que les sirvieran un trago mas…

