Articles by l i l i t h

Tal vez mi consigna nunca fue un punto fijo, tal vez el movimiento es la consigna primordial…

Cerré la puerta tras él. Para ese momento todo mi cuerpo gritaba que me le fuera encima. Cosa innecesaria, pues apenas solté la perilla, sus manos aprisionaron mi rostro y me besó con vehemencia.

- ¿De qué son todas esas fotografías? -susurró mientras besaba mi cuello y me recorría por debajo de la bata.

- Strippers. Hago una selección para un calendario -dije mientras avanzábamos hechos nudo hacia el sillón.

- Fotógrafa, ¿eh? -dijo mientras le quitaba la camisa.

- Te interesaría posar para mí -pregunté mientras mi pelo mojado caía sobre su rostro.

- Suena bien, sólo que mañana tengo que viajar. Nos podemos ver más adelante ¿no?

Esas palabras verdaderamente fueron música para mis oídos. Sólo había un inconveniente. Tenía que entregar la selección final en dos días.

- Podemos tomarlas hoy, tus cosas están en la recámara.

- ¿Ahora? -respondió jadeando.

-No precisamente ahora -contesté en el momento en que me levantaba en vilo, me llevaba hacia la recámara y me tumbaba en la cama junto a la maleta. Me incorporé y lo jalé hacia mí. Giramos hasta que quedé sobre él. Tomé el sombrero de Indiana Jones de la maleta, lo sujeté con los dientes mientras poco a poco me quitaba la bata. Nos miramos a los ojos mientras me ponía el sobrero, él esculcaba a tientas la maleta buscando preservativos-

- ¿Te importa si pongo la cámara para hacer algunas tomas? -pregunté.

- En lo absoluto.

Completamente desnuda, coloqué el tripie y la cámara. Él me seguía con la mirada.

-Te sonará extraño -dijo- pero jamás había hecho algo así.

- ¿Así cómo? Con una cámara de por medio o con una perfecta desconocida.

- Sé cómo te llamas, dónde vives -dijo, mientras esbozaba esa sonrisa que me derretía de tantas formas- no eres una total desconocida. Termina ya con eso y ven acá.

Obedecí al instante. Sus manos se apoderaron de mis caderas, mientras caían sobre nosotros los primeros flashes. Cada sensación se multiplicaba con la luz. Entonces una nueva luz iluminó mi mente:

- Oye, ¿Indiana Jones tiene un látigo, no?

Abro los ojos. Con este abominable calor me quedé profundamente dormida. Ocho horas de viaje más cuatro pisos con el equipo y la pinche maleta. Por qué, Dios, no me mandas un hombre guapo que cargue todo esto y ya de pasadita, tenga trabajo, coche y sea huérfano.

Pero bah, si no creo en las coincidencias, mucho menos en los milagros.

Pongo música antes de bañarme. Al salir, voy directo a la maleta por mis menjurjes. Al abrirla, dentro de mí se crea un hoyo en el que caigo lentamente…

Smoking, sombrero de Indiana Jones, ropa color kaki, sotana, overol desgastado, zapatos, botas mineras. Trusas minúsculas, espuma de afeitar y un encendedor grabado: “Confusion will be my epitaph”.

Observo la sotana, el tipo debe ser bastante alto y seguramente no se aburre en el trabajo. De mis menjurjes, mi ropa, mis anotaciones de dos meses de investigación, nada.

Respiro profundo, en la estación de autobuses habrá algún reporte, un video, lo que sea ¡Por dios, dos meses de trabajo! Levanto el auricular y me recibe una grabación. ¡Demonios! Grito justo cuando tocan la puerta.

- Hola, no sé si te diste cuenta, pero nos equivocamos de maleta -me dice un tipo que cumple con tres de los puntos: hombre, guapo y con trabajo.
- Ajá -balbuceo.
- Tu teléfono esta…
- Suspendido, olvidé pagarlo -interrumpo.

Lo miro incrédula mientras sonríe. En ese tenso silencio, llega la música desde el fondo:

When was a night so long
Long like the notes I’m sending
She waits in the air
Matte kudasai

- Por favor espera -murmura.
- ¿Qué?
- Matte kudasai significa por favor espera…
- Sí -digo cuando por fin logro sonreír-. Pasa por favor.
- Qué bueno que tú si etiquetaste la maleta -dice mientras cierro tras él la puerta.

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Matte kudasai/ Discipline/ King Crimson/1981
Epitaph Including March For No Reason And/ In the Court of the Crimson King/King Crimson/1969

Inés se detuvo en el umbral del lujoso salón que se dibujaba entre luz y penumbra. Al fondo, vio a Lucía, arrodillada frente al ataúd. Con asombro, observó en la pared un retrato conocido, cuya mirada le produjo un estremecimiento.Algunos rostros voltearon a mirarla. Lucía se levantó y caminó hacia ella.

- Qué haces aquí, qué quieres. -dijo en voz baja con un dejo de desprecio.

- Necesitaba venir. Lucía, le sonará extraño… pero quisiera recuperar algo que, en cierta forma, es mío.

- Nada que esté en mi casa es o fue alguna vez tuyo.

Inés fue hacia el fondo del salón sin mirar el ataúd y contempló el retrato.

- Esto es un recuerdo mío -le dijo.

Lucía rió acallando los murmullos. Cohibida volteó a mirar el ataúd y susurró:

- Yo mandé hacer este retrato poco después de nuestra boda.

- ¿Pagó por este cuadro?

- Por supuesto. Incluso le ofrecí a Leandro mi apoyo para el pintor, un tal Medina, aunque nunca volví a saber de él.

- ¿Ofreció ser mecenas del pintor? Vaya Lucía, su generosidad no tiene límites. ¿También pensaba condicionarlo a casarse con usted para tener sus favores?

Lucía se quedó sin habla mirándola con furia.

- Por lo visto, Leandro le guardaba algunos secretos -agregó Inés. Vera, este retrato se pintó mucho antes de lo que cree. ¿Recuerda el reloj que le regaló cuando empezó a “apoyarlo”? Busque en él una inscripción, es la misma que verá alrededor de su mano en el cuadro. Le dejo mi tarjeta, por si cambia de opinión.

Al volver del cementerio, Lucía buscó la caja donde su marido guardaba aquel obsequio, en la tapa leyó unas palabras, mismas que encontró en el reverso del reloj. Agitada, fue hasta donde estaba el retrato. En una minúscula y hermosa caligrafía halló la frase. Desconcertada, sacó del bolsillo la tarjeta y la leyó mientras sentía hervir su sangre:

Inés Medina. Pintora

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“Allá en el fondo está la muerte, pero no tengas miedo” es un fragmento de Instrucciones para dar cuerda a un reloj de Julio Cortázar.

“En tiempos ancestrales, cuando los varones buscaban el placer en soledad, ofrecían su simiente a la tierra en nombre de la diosa de la fertilidad, que al sentirse fecundada entonaba un hermoso canto que los llevaba a un incontenible placer. Así, semilla por semilla, lograban abundantes cosechas”.

Esa leyenda persiguió a Lucrecia Albassini, pues su increíble voz de soprano y  su rostro angelical rebasaban lo terrenal. Su fama se aderezaba con diversos rumores: los mozos decían limpiar pecaminosas inmundicias en los teatros, los envidiosos aseguraban que el encanto de su voz se debía al impuro gusto de beber de sus amantes el néctar que antaño fertilizara la tierra.

Indiferente a las habladurías, el Cardenal Aguilanti, auténtico apasionado de la ópera, fue el primero ocupar su balcón en el estreno de Ariadna.

Aquella noche, Lucrecia, ataviada con una túnica de blanca seda, entregaba su voz a la melancolía del Lamento. Conmovidos hasta sus más sensibles fibras, mujeres y hombres escuchaban. Éstos, devoraban con los ojos tan hermosa visión, mientras sentían dentro de sus ropas el empuje de sus turgentes miembros. El mismo Cardenal, dejaba caer un hilo de baba.

Por un misterioso infortunio, la túnica de la diva resbaló, dejando a la vista sus voluptuosas formas. La lujuria se apoderaba del teatro mientras ella, en total concentración, proseguía inocentemente su canto, elevando a los presentes al éxtasis. Dulces y salados fluidos mojaban el terciopelo de los trajes que eran arrebatados con frenesí, chorros impulsivos golpeaban los rostros y desbarataban los altos peinados de las damas.

Las beatas mujeres, sin comprender el placer experimentado, estallaron en ira contra Lucrecia, causante de toda esa depravación. La arrancaron del escenario y la martirizaron hasta el límite de sus fuerzas.

La historia se contenta diciendo que al enfermar la cantante, Monteverdi la sustituyó con una actriz. 

El Cardenal, en agradecimiento a su musa, no descansó hasta lograr que se le otorgara la gracia de la canonización, por supuesto, en nombre de la ópera.

No puedo distinguir
ningún presagio alentador
una mínima señal
alguna luz…

Luego del impacto, abro los ojos. Una lluvia atroz cae sobre nuestras indefensas cabezas, la gente gesticula y vocifera. Todo sucede tan lento que me siento en una película joligudense. Sigo sin creer que esto está pasando, aunque siempre hay signos que lo advierten, signos que no vemos, que no queremos ver. Más vale que me haga a la idea.

Entre las ruinas, pienso en el mundo que alguna vez tuvimos, el que sólo disfrutamos y no nos preocupamos por cuidar, cuestión que, ante esta devastación, se hace evidente.

Miro tus ojos y me revelan que no importa lo que haga, ya no estás ahí, conmigo. Suelto tu mano que me sujeta ya sin la fuerza con la que alguna vez lo hizo. Me tengo que ir, debo correr aunque te deje ahí, a la deriva. Más a la deriva estoy yo, que por el dolor que siento, sé que sigo viva. Balbuceo algo así como un adiós, aunque ya no hay palabras que puedas llegar a escuchar. Tengo que irme antes que todo me caiga encima.

Con la sorprendente agilidad del que corre para salvar su vida, bajo la escalera, en la calle, la penumbra lo envuelve todo. Las calles tranquilas por las que hace unos minutos caminábamos, son ahora un caos, la vorágine. Es el fin.

Transito sin rumbo y sin querer, deshago el camino andado, me pregunto si todavía me puede servir de algo el celular que tengo en las manos. Me siento desfallecer, me eclipso, me apago. Con mis últimas fuerzas, busco un número entre mis contactos, estoy temblando. Al encontrarlo, titubeo unos segundos pues lo que estoy a punto de hacer no es fácil, respiro y finalmente lo borro.

Levanto la frente y contengo las lágrimas, la llovizna sigue, la gente habla y sonríe alrededor.

Levanté las manos lo más que pude y disparé. Pero el flash de una polaroid no espanta ni a las arañas, mucho menos a los recuerdos.

Mientras la foto se revela, en la consola sigue dando vueltas el acetato. De reojo, echo una mirada al espejo. Ahí estoy, con mi vestido rojo, medias de seda, tacones altos… llego a una triste conclusión:

Yo sólo quería bailar tango contigo, una y mil noches.

Bailar por siempre contigo, como las parejas en la plaza, vestidos a la usanza de una época que no fue la mía.

Y sí, irremediablemente, salta sobre mí el recuerdo:

Abrazada a ti, mis pies descalzos sobre los tuyos, riendo mientras me cantas:

- Hay que contar
tres pasitos
arrastraditos

pa’ delante y para atrás.

- ¡No me cantes canciones de niños!

- Sos una niña. Mi niña.

¿Cuántas veces me enfadé contigo por lo mismo? Ponías el tiempo como una absurda barrera entre nosotros, que fuimos unidos para siempre por la misma pasión.

Miro varias fotos de aquel día en que me regalaste la polaroid. Nosotros, abrazados; algunas mías, con este gesto que traigo desde entonces.

¿No te das cuenta, mon petit, que traigo la tragedia atravesada? Le digo a tu retrato, tan sereno y apuesto, con el sombrero de lado.

El acetato llega a esos versos de los que quiero huir y no puedo. Tomo la polaroid y corro hacia la plaza, tras de mí van esos versos, esa canción de niños, lo último que cantaste a mi oído, y vuelvo entonces al recuerdo, otra vez, el tiempo, el miedo, un vestido que fue blanco, la vorágine, tu sombrero cayendo lento, las barreras ahora sí, cuando lo único que se interpuso entre nosotros fueron las balas de tus enemigos, cuando el único que se interpuso, fuiste tú, ante la que llevaba mi nombre…

Levanto las manos lo más que puedo y disparo.

H ermes ¡al Inframundo y más allá! dice:

Sigo sin entender esa fijación de los mediterráneos con las alas, o son muy grandes, o son muy pequeñas…

Mikha-El who as god? dice:

¿Cuál es vuestro problema? Vuestras alas no os obligan, como las mías, a ocupar dos espacios en las naves aéreas. Desde los ataques de los impíos, no podéis cruzar el nuevo mundo al vuelo, como Dios manda. ¡Y ni pensar en llevar consigo una espada!

H ermes ¡al Inframundo y más allá! dice:

:roll:

Mikha-El who as god? dice:

Por lo menos eso os evita la sordera, el aturdimiento con todos los comunicados que inundan el aire ¿también lo sentís así, saturado de voces?

H ermes ¡al Inframundo y más allá! dice:

Son ondas electromagnéticas y definitivamente rulean, me han simplificado la vida como no tienes idea, bueno sí tienes…

Mikha-El who as god? dice:

¡Son voces malignas, El Caído domina los aires!

H ermes ¡al Inframundo y más allá! dice:

No deberías ser tan anacrónico :???: Son señales de radio, telefonía celular y así…

H ermes ¡al Inframundo y más allá! dice:

Wait, me acaba de llegar una notificación de error de Babel Fish, lo arreglo y seguimos platicando.

H ermes es Ausente y puede que no conteste.

Mikha-El ha enviado un zumbido.

Mikha-El who as god? dice:

Será mañana, debo atender un email del Señor, otra vez un manojo de descarriados amenaza con un suicidio colectivo en Youtube. JHS os envía su bendición.

Mikha-El aparece como No conectado. Recibirá los mensajes que le envíes la próxima vez que inicie sesión. Enviar un mensaje de correo electrónico a este contacto en su lugar.

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Este texto fue patrocinado por el tequila de la botellita verde cuyo nombre empieza con S y termina con auza…

- ¿Cuál es la puta diferencia Gabriela?

- Sencillísimo, a mí todo el mundo me desea, y tú nomás llegaste a “casi bonita”. No es mi pedo, reclamale a Xavier.

- ¿Y quién te crees tú para decir si entro o no entro en tu dichosa clasificación?

- ¿Qué es mi clasificación? Yo qué sé Violetta, cuando yo llegué ya estaban los géneros y todo eso. Yo no tengo la culpa de que mi mayor logro haya sido conseguir auto, departamento y una nueva vida con tan sólo un movimiento de pestañas, y tú hayas tenido que cruzar el río Bravo en una maleta, menuda ocurrencia, jajajajajaja.

- Pues fue mucho más original. En eso si es muy diferente mi Xavierito, no como otros…

- ¡Ahh, no! ¿Qué quieres decir escuincla? ¿Qué Don Oscar no es original? Dime cuando en sus ordinarias vidas mis lectores se habían orgasmeado tanto como con mi escena en los rayos equis, dime cuándo?

- ¡Noo, Gabrielita! Más bien parece que Don Oscar, era fan de The Chemical Brothers, nunca viste el video de Hey Boy, Hey Girl, jajajajajaja

- ¿A ver nenita, cómo te tengo que decir, que al menos por experiencia, te doy seis vueltas y de regreso?

- ¡No es justo! Yo estoy más in.

- Pero en astucia y arte, nadie me gana, Violetta. Mira, aquí entre nos, ¿sabes qué fue lo que me puso en dónde estoy?

- ¿La escena del trenecito con los strippers?

- No. Pues es una historia curiosa que finalmente no quedó en la trama…

-¡Cuéntame!

- Hay un personaje que fue muy cuestionado en las correciones del libro. Era un escritor, medio bocón con el que me topé en el Club. Como desde el principio a Don Oscar le cayó gordo, pues decidió jugarle una bromita. Así que un día, me hizo salir en topless de la piscina y caminar directamente hacia él, ya sabes… desbordando sensualidad, el agua resbalando entre mis nenas y todo eso… Don Oscar terminó quitándolo, porque la acción, le pareció excesiva, faltaba a la verosimilitud…

- ¡No mames! ¿Con verte las tetas qué pudo pasarle?

- Pues mira, como Don Oscar no escribe precisamente realismo mágico, quién le iba a creer que nomás por verme así, el pendejo ese se volvería estrábico.

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Todo está permitido, Oscar de la Borbolla

Diablo Guardián, Xavier Velasco

Tengo un frío tremendo y una sensación de miedo que van desde el esófago hasta la parte más infinita de mi sexo. Mis ideas, mis dudas, mi cuerpo erizado, todo esto que soy ahora se ha convertido en la punta del iceberg.

Mi consigna es no mirar más que hacia delante. [tal vez el movimiento es la consigna primordial]

En lontananza, veo la línea imaginaria del silencioso mar que nos separa. Debajo, en la transparencia veo la razón de todo esto: el iceberg en sí, el monstruo colosal que me sostiene. Mi desobediencia, desata su furia y empieza a extenderse sobre mí, cristalizándome por completo.

Mi misión es conservar la semilla, la esencia vital que armoniza la conciencia de todos los seres, que los pone en contacto consigo mismos. Y he fallado.

Antes de sucumbir, dentro de mi mente encapsulo con el poco calor que me queda, mi último recuerdo: la canción que escucho en mi mente.

Quedará para la posteridad, preservada en el hielo junto con mi cuerpo. Ella estará intacta, mi carne en cambio se ha corrompido.

En el futuro, espero, esa canción-semilla continuará avanzando por caminos no conocidos, fiel a su instinto, al impulso que la ha creado.

Abandono ese recuerdo, ese fragmento de conciencia y me des-enajeno.

Mientras el resto de mi conciencia se precipita hacia el universo, alcanzo a mirar en perspectiva el iceberg, la razón de todo esto y comprendo esa verdad colosal y transparente:

Todo, lo que he sido, lo que he vivido, lo que he sentido, TODO se desvanece.

Inexplicablemente, mientras me interno en la oscuridad absoluta, ya sin ninguna esperanza, comprendo mi soberbia y percibo nuevamente la melodía.

La semilla sigue ahí, transmitiendo con su lenguaje universal, ella sigue, ella permanece.

Hace años, mientras celebrábamos mi cumpleaños y fumábamos las que serían sus últimas notas de hachís, pregunté a mi madre el porqué de mi nombre. Ella confesó que el día de mi concepción había tenido uno de los mejores viajes de su vida, aunque apenas recordaba a mi padre, pues luego de que él se esfumara, tuvo una visión en la que algo así como un ángel, tal vez un pollo, le anunció que sería la madre del salvador de los hombres. Aún en éxtasis, contestó que le parecía una buenísima onda tener una niña. El ángel o lo que fuera, dando un respingo se elevó gritándole que tendría un varón y otras cosas que por echarse a reír ya no escuchó. Ella, tan acostumbrada a los viajes, no le dio importancia, tampoco cuando supo que efectivamente estaba embarazada, sino hasta la noche misma de mi nacimiento y sus extrañas circunstancias.

De ella aprendí dos cosas fundamentales: lo que salva a los hombres es lo mismo que los pierde. Pero sobre todo que el sacrificio no es una opción. Al menos no para mí, que con los dones que “Dios” me dio, puedo conseguir lo que quiera.

Toda una vida de viajes por oriente y occidente, conociendo personas interesantes y extrañas, aprendiendo diferentes idiomas y por supuesto las artes de seducción y persuasión, fue el legado de mi santa madre.
Ahora, ciertas agencias se creen dueñas de mi destino, creen que están sobre mi voluntad. Este trabajo a veces me hace desear un poco de estabilidad, pero no puedo negar que es terriblemente excitante jugar al encubierto y saber que, en innumerables ocasiones, el destino de la humanidad depende de las palabras que yo susurre en los oídos de ciertos hombres y hasta de algunas mujeres.

Me gusta jugar con mi nombre diciendo que yo les garantizo más que una segunda venida.

Lo curioso del negocio funerario aquí, es la meticulosidad que lo caracteriza, siendo que cuando en otros lados o puntos fronterizos, uno se muere y ya, no hay más tu tía, aquí tal evento tiene una gran relevancia.

Pero en el hemisferio boreal la labor de planeación es más detallada que en el austral. En aquél, se puede ver a esos destellantes seres formando corrillos y discutiendo a grandes voces sus minuciosos planes: que si la corbata de seda del bisabuelo o la corona de acelgas para la cena, que si decorar las madreselvas con jitanjáforas o la procesión en carroza a las siete cincuenta y nueve de la tarde de dicho hemisferio, aunque los más excéntricos usan la hora de las estaciones espaciales y prefieren los domingos.

El origen de esta costumbre es ciertamente nebuloso, pero eso sí, desprovisto de toda mistificación innecesaria. Posiblemente provenga de ciertas aficiones intelectuales del Gran Maestre de La Enciclopedia (el mejor prosista de todos los tiempos según dijera el mejor prosista) y todo aquello se haya tergiversado en moda por seguir la costumbre de un pueblo más imaginario, si es que tal cosa es posible. Dicho pueblo postulaba el “cuidar de sí” (epiméleia heautoû) como la más fantástica y deliciosa de las ocupaciones vespertinas. Lo que verdaderamente los distingue de esa gran civilización, es el caracter completamente inútil de semejante tarea.

Más que otra cosa, lo que hacen es desvestir seductoramente el aburrimiento para ponerle el flamante traje del ocio y así, saborear con una gran sonrisa, un millon de planes y una inacabable montaña de guantes y calcetines por surcir, la eternidad que transparente y clara les aguarda.

Anoche la recogí en el aeropuerto. Cinco minutos después ya la quería matar. ¿Estudiante de intercambio? ¡Mis ovarios! Todo el camino de regreso balbuceando estupideces para subnormales.

- ¿Verdad que canto como Mía, la de RBD?

- No sé quien chingados es esa pero definitivamente no estabas cantando ¿te hizo daño la comida del avión? -le dije francamente harta.

No volvió a abrir la bocota.

En la mañana, cuando sacó su huesudo trasero del dormitorio, no pude reprimir una carcajada:

- Güey, en esta universidad no necesitas uniforme. Te me regresas en chinga a cambiarte.

Puso su cara de perrito atropellado. Ternurita, pensé, le voy a bajar a mi mamonez, esta pendeja necesita que la oriente.

La boté para que arreglara su ingreso. Dije que le hablaba para dar el rol en la noche. A las nueve pasé por ella.

- Hay un super concierto, ¡vamos! - me dijo.

- Bueh… ¿dónde es?

- En el Auditorio Nacional.

Cerca del estacionamiento, vi la fauna reunida, tratando de mantener la calma pregunté:

- ¿Concierto de qué?

- De RBD, ¡qué emoción! ¿no?

Moví la cabeza. Me lo merezco por confiar en los subnormales.

- Güey, esa “música” no me late - dije. Aquí tienes para el taxi, le das esta dirección. Voy a estar en el Circo Volador, cualquier cosa, me llamas. Ora, bájate que ya me está dando urticaria.

Bajó. Emprendí la huída pero al oir el alboroto voltee: la señalaban, una horda de subnormales avanzaba torpemente hacia ella, estiraban los brazos, gimiendo, babeando. La asquerosa masa, la rodeaba. Ella, fascinada, reía estúpidamente, posaba. Empezaron a jalonearla, pude ver el gesto de terror en su cara de french puddle. Intentó correr pero los tacones se lo impidieron. Cayó de bruces. Cual zombis ávidos de cerebros se amontonaron sobre ella. Doble chasco se van a llevar.

¡Es Mía! ¡Es Mía! balbuceaban.

Por mí que se la queden.