En los años treinta, México tenía aún muchas cuestiones que resolver y que venían de los rezagos de la Revolución. En ese estado de cosas, ¿quién iba a encargarse de una situación tan absurda y aparentemente ridícula? El problema era que los testimonios sobre la presencia de ciertos seres horrendos que atacaban a los animales en las zonas rurales aumentaban peligrosamente. De no hallar una discreta solución a esta latente amenaza, el país se vería enfrascado en otro desorden público que traería de nuevo el caos.
Si el asunto fuera solamente de valentía y un pequeño ejército, Victor Sanchez Chagollan ya habría mostrado de quien era descendiente, pero dadas las características del enemigo, se necesitaba añadir elementos “especiales”. Si la causa era justa, o mejor dicho, si la causa era su amado México, Victor no dudaría en encontrar los medios para hacerle frente a lo que fuera; con este espíritu fue como logró reclutar a tres extraños personajes a su selecto grupo: Juan Preciado, un joven que tenía el raro habito de hablar solo; Dolores, la melancolía encarnada en una mujer de no muy buen aspecto, siempre vestida de blanco. El último hombre no quiso revelar su verdadero nombre, aunque en las lujosas mancornas de su traje se alcanzaban a notar las iniciales A. C.
Hoy en día suele hablarse de los “chupacabras” como misteriosos casos aislados de poca credibilidad. Si no fuera por el hombre que tenía la percepción de la dimensión de los muertos, el sujeto anónimo que buscaba redención por su corrupto pasado (quizás después de saber que era incapaz de morir) y la mujer espectro que vencía el hechizo de estas siniestras criaturas, Victor Sanchez Chagollan no habría podido evitar la propagación de una aterradora plaga.

