Confesiones
La casa está vacía. Ni siquiera el sol se atreve a asomarse por completo a través de las ventanas.
Me levanto de la cama y voy hacia la cocina, descalza. No recuerdo a qué fui. Me sirvo un vaso de leche. El silencio es el peor de los sonidos. Prendo la tele. Nada. Programas de concursos. Dejo que una fiesta ajena me haga compañía. Regreso a la cama. Olvido mi vaso.
Recargo mi cabeza en la almohada. Desde aquí, el ruido de la tele parece una horda de fantasmas que esperan tras mi puerta. Voy a apagarla.
Un baño, sí, el día podría empezar después de tomar un baño. Pero hacerlo me exige demasiado, es una decisión difícil. Si tan sólo el agua cayera sobre mí al imaginarla. Vuelvo a la cama. Cierro los ojos.
Duermo sin descansar. Sueño en demasiadas historias, como ir a un cine con permanencia voluntaria. La casa sigue vacía. Siento agua pasar por mi cabeza, miro como si aquí estuvieran enormes ramos de flores centauras, pálidas y violentas, señalándome con su gran centro amarillo. Si las flores pudieran hablar me estarían gritando una verdad enorme y concreta como las esquinas de sus pétalos.
En un segundo estoy ya de pie. Abro las cortinas, las tiro, rompo los vidrios. Asomo la cabeza. Gano polvo y sangre sobre mi cuerpo, un poco de aire. Nadie vuelve su mirada hacia mí.
No sé qué hacer con mi libertad.

