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Confesiones

La casa está vacía. Ni siquiera el sol se atreve a asomarse por completo a través de las ventanas.

Me levanto de la cama y voy hacia la cocina, descalza. No recuerdo a qué fui. Me sirvo un vaso de leche. El silencio es el peor de los sonidos. Prendo la tele. Nada. Programas de concursos. Dejo que una fiesta ajena me haga compañía. Regreso a la cama. Olvido mi vaso.

Recargo mi cabeza en la almohada. Desde aquí, el ruido de la tele parece una horda de fantasmas que esperan tras mi puerta. Voy a apagarla.

Un baño, sí, el día podría empezar después de tomar un baño. Pero hacerlo me exige demasiado, es una decisión difícil. Si tan sólo el agua cayera sobre mí al imaginarla. Vuelvo a la cama. Cierro los ojos.

Duermo sin descansar. Sueño en demasiadas historias, como ir a un cine con permanencia voluntaria. La casa sigue vacía. Siento agua pasar por mi cabeza, miro como si aquí estuvieran enormes ramos de flores centauras, pálidas y violentas, señalándome con su gran centro amarillo. Si las flores pudieran hablar me estarían gritando una verdad enorme y concreta como las esquinas de sus pétalos.

En un segundo estoy ya de pie. Abro las cortinas, las tiro, rompo los vidrios. Asomo la cabeza. Gano polvo y sangre sobre mi cuerpo, un poco de aire. Nadie vuelve su mirada hacia mí.

No sé qué hacer con mi libertad.

Pasaron varios años hasta que volví a ver a Arturo Belano. Simplemente estaba ahí, con los amigos, como si nunca se hubiera ido.

Cuando entré al café no lo reconocí, me acerqué a saludar a todos y de pronto me topé con su rostro. Me sonrió a manera de saludo y dejó de verme por el resto de la noche. De alguna forma, parecía ser la única fuera de lugar, como si hubiera llegado tarde a un espectáculo y no entendiera nada ahora por no haber visto el comienzo. Yo estaba incómoda a su lado, sin atreverme a preguntar nada, a enfrentarlo, a pensar en algo ajeno a ese hombre.

Éramos nueve en la mesa. No fui consciente de eso hasta tiempo después, cuando obsesivamente repasé esas horas. No puedo recordar qué lugar ocupaban los demás, porque en ese momento eran sólo unos fantasmas sin rostro, de voces lejanas. Él estaba a mi derecha.

Cuando la reunión terminaba, Alicia, fingidamente casual, dijo que pronto nos llegaría la invitación de su boda. Alicia y Arturo. Que le daba mucho gusto compartir la noticia.

Mientras los demás se acercaban a felicitar a la pareja yo miré cómo de la tierra se levantaba un aire en fuga, tembloroso y absolutamente calcinante. Allá afuera, pensé, las piedras se derretirán; aquí, me estoy congelando.

Me despedí apresuradamente, de lejos, pero no salí del local. Me refugié en el baño. Me lavé las manos, la cara, debía encontrar algo de claridad, saber qué palabras debían salir de mi boca. No sólo era yo, estaba segura, Belano no era alguien a quien se pudiera imaginar en esa trama. Después de ensayar frente al espejo “serán muy felices”, “qué alegría”, pinté una sonrisa en mis labios y salí decidida al último abrazo.

Pero no encontré a nadie.

Trance

Él me llamó de la oficina. Algo grave estaba sucediendo. No recuerdo qué más dijo, sólo el te amo antes de colgar.

Sentí angustia. Angustia como un gusano amargo resbalando por el abismo de mi garganta. Me senté a llorar. Desde que comprendí lo que pasaba supe que no sobreviviría. No, siempre lo supe, y una resignación helada me escarchó la piel.

Zombies. No podría mirarlos siquiera. No tenía el valor. No podría gritar, correr, luchar por mi vida.

Traté de escuchar lo que sucedía afuera. Sólo la electricidad viajando por los cables.

No quise acercarme a las ventanas ni para cerrarlas. Fui a mirarme al espejo. Vi un rostro hinchado y rojo, una boca pequeña, acostumbrada a los labios apretados, unos ojos débiles y mudos. Toqué el espejo con la mano derecha mientras la izquierda la imitaba en mí. El frío era el mismo. El dolor el mismo. Lo único que reconocí fue la sed. Dejé de mirarme sin apartarme del espejo. Mis pies estaban a punto de congelarse.

Sed. Es que el gusano de la angustia había secado mi garganta, eso era.

Fui a la cocina. Al fondo de la alacena estaba la botella que guardaba para una ocasión especial. Las ocasiones especiales siempre son las que menos imaginamos, pensé.

Y ahí mismo me senté a esperar, a pensar en lo cansada que estaba, en que no me pasaría nada a mí porque hacía mucho tiempo que no estaba yo para las cosas del mundo.

Después de un rato sonó el teléfono. Después escuché algunos autos pasar por la calle. Gente correr. Gritos. Se escucharon también golpes en mi puerta.

Yo seguía en el piso de la cocina, muriéndome de frío.

Entonces se escuchó que rompieron un vidrio. Fue como si me despertaran.

Y sí, no pude gritar.