El hombre de cabello blanco y piel morena entró al estudio de televisión con un semblante altivo. El periodista de cabello rizado se levantó de su silla y lo saludó con una sonrisa.
La entrevista había sido concertada la noche anterior a causa de los disturbios que el hombre y sus huestes estaban provocando en la ciudad. A pesar de la reticencia del periodista, los altos mandos de la empresa televisora sabían que él era el único con el temple capaz para llevar a cabo esta misión.
La tregua pactada entre el movimiento y los medios incluía la oportunidad de dar un mensaje de quince minutos en vivo y en directo en el noticiario estelar a cambio de un tiempo similar para preguntas y respuestas.
Los productores tomaron todas las medidas para hacer que el invitado de esa mañana estuviera incómodo. La silla que le dieron tenía el respaldo cóncavo, lo cual hacía que su abdomen se viera en pantalla más abultado de lo habitual. Con el pretexto del contraste de su piel morena, colocaron una potente luz apuntando a su rostro que lo hacía sudar sobremanera. Cuando el hombre terminó de dar su mensaje, el periodista lo increpó con preguntas de las que no obtuvo respuestas satisfactorias, después, el tiempo pactado terminó.
El floor-manager hizo una señal y la ruidosa cortinilla de salida a comerciales no permitió que en la televisión se escuchara la pistola detonando bajo el escritorio. La imagen cambió a un anuncio de telefonía justo antes de que el cuerpo del hombre de cabello blanco se desplomara. En menos de dos minutos, los eficientes miembros del staff limpiaron el set y el noticiario continuó con la información deportiva.
Del líder, sus acompañantes, sus escoltas y del movimiento, nada se volvió a saber en la ciudad.

