Articles by Luisz

… no soy un sapo …

El hombre de cabello blanco y piel morena entró al estudio de televisión con un semblante altivo. El periodista de cabello rizado se levantó de su silla y lo saludó con una sonrisa.

La entrevista había sido concertada la noche anterior a causa de los disturbios que el hombre y sus huestes estaban provocando en la ciudad. A pesar de la reticencia del periodista, los altos mandos de la empresa televisora sabían que él era el único con el temple capaz para llevar a cabo esta misión.

La tregua pactada entre el movimiento y los medios incluía la oportunidad de dar un mensaje de quince minutos en vivo y en directo en el noticiario estelar a cambio de un tiempo similar para preguntas y respuestas.

Los productores tomaron todas las medidas para hacer que el invitado de esa mañana estuviera incómodo. La silla que le dieron tenía el respaldo cóncavo, lo cual hacía que su abdomen se viera en pantalla más abultado de lo habitual. Con el pretexto del contraste de su piel morena, colocaron una potente luz apuntando a su rostro que lo hacía sudar sobremanera. Cuando el hombre terminó de dar su mensaje, el periodista lo increpó con preguntas de las que no obtuvo respuestas satisfactorias, después, el tiempo pactado terminó.

El floor-manager hizo una señal y la ruidosa cortinilla de salida a comerciales no permitió que en la televisión se escuchara la pistola detonando bajo el escritorio. La imagen cambió a un anuncio de telefonía justo antes de que el cuerpo del hombre de cabello blanco se desplomara. En menos de dos minutos, los eficientes miembros del staff limpiaron el set y el noticiario continuó con la información deportiva.

Del líder, sus acompañantes, sus escoltas y del movimiento, nada se volvió a saber en la ciudad.

Desde la llegada de Quique Guapo al poder, las mujeres de San Ángel de las Colonias vivían enamoradas. Las había cautivado desde la campaña. Su imagen sonriente tapizaba el pueblo. En los mítines no se escuchaban proclamas ideológicas, sino piropos del candidato y suspiros de la muchedumbre, compuesta en su inmensa mayoría por damas y no tanto. Brillante estrategia fue el pedirle a cada mujer en San Ángel, mediante una carta personalizada, convencer a cualquier costo a sus maridos, padres y/o hijos de votar por él. De pronto hubo en el pueblo una epidemia de hijos hambrientos, padres desquiciados y maridos buscando desesperadamente una prostituta, pero incluso éstas no prestaban sus servicios sin obtener a cambio una tarjeta electoral en garantía.

La diferencia de votos fue abrumadora en favor de Quique Guapo. El mismo que presumía de haber tenido que ver con al menos una mujer de cada familia. El mismo que todos sabían estaba casado con una mujer de San Pablo de las Jarillas. El único en casarse con una fuereña.

Dos meses después, el pueblo se sacudió con la llegada de los Ojiverdes. Hombres en sus veintes, altos, de facciones duras pero armoniosas. Si los angelinos ya sentían desconfianza por la continua presencia del presidente en las calles, ahora su paranoia se incrementaba considerablemente. Y no sin razón.

Las angelinas comenzaron a enamorarse de los Ojiverdes y a abandonar a sus maridos o novios. La compañía de estos hombres les hacían ver todos los defectos de sus parejas y una vez conseguido el objetivo, partían sin dejar dolor en busca de otra mujer atrapada en una relación destructiva.

Quique Guapo recordó todas las veces en que amó a una mujer, pero ésta amaba a un palurdo que no le llegaba ni a los talones. Y sonrió.

En su soberbia, ni los periódicos ni los noticiarios de radio y televisión hicieron eco de lo que se hablaba en la calle. Pero la gente lo sabía, el día había llegado, los cronistas y neoprofetas urbanos lo habían advertido tiempo atrás.

El miércoles por la noche millones intentaron conciliar el sueño fumando el que quizá sería el último cigarrillo de sus vidas. Fue imposible, la incertidumbre sobre lo que sucedería al día siguiente los rebasaba. Muchos salían a las calles y se encontraban con otros que, al igual que ellos, se preguntaban si podrían sobrevivir al fin de semana, aunque de hacerlo, seguramente nada sería igual. Todos esperaban, deseaban ya el desenlace, el que fuera. Todos menos Pedro.

Pedro conocía su destino y no podia importarle menos. Era un hombre de bien, fiel y enamorado, no gustaba del alcohol y aborrecía el hecho de que Marisol fumara en exceso. Su único pecado era la pereza. Su cruz. Y eso le impedía intervenir para que su mujer dejara el vicio.

Como de costumbre, Pedro despertó a las 9 a.m. Acostumbrado ya a que Marisol entra al hospital a las 7, no notó la claridad del aire ni extrañó su tos matutina. Se vistió para ir al gimnasio y le sorprendió ver tan poca gente en la calle; la cortina de la tienda de don Sonrisas estaba abierta hasta la mitad. El gimnasio estaba vacío, salvo por la recepcionista mascando chicle como desesperada. Pedro, confundido, llamó a casa de su madre. Nadie respondió. Intentó llamar al celular de Marisol.

-Mari, tengo flojera de hacer ejercicio, ¿cómo estás?
-¡Ay amor! Todo está muy raro, vino muy poquita gente a trabajar, todos los ceniceros desaparecieron y como que me están dando ganas de dejar de fum…
-¿Mari? ¿Mari? ¿amor? ¿estás ahí?

Será una diosa, pero si la encuentras no se lo digas. Eso que hace y que nadie hace como ella es la causa de que a tantos hombres les interese más allá de lo obvio. Con ese cuerpo que tiene habría que ser loco o mentiroso para dejar de mirarla.

Y como es lógico, sale con tipos que mueren de amor y que terminan obsesionándose al descubrir que ella sólo juega. Pero no juega a la mala. Salir una vez con alguien a pasar el rato no es la muerte de nadie. A menos que ese alguien sea la diosa y salga con cuanto sujeto le pide una cita un viernes por la noche.

Ya me parece que lo veo. Ella muy tranquila y el tipo más al pendiente de la forma en que se toca el pelo, en las veces que inclina la cabeza hacia el lado izquierdo, en qué momentos muestra de más las muñecas o en la entonación de su voz cuando dice que no le gusta el futbol. Todo para descubrir cualquier detalle, por ínfimo que sea que le indique que ella es la mujer de su vida.

Obviamente no lo hace a propósito, es una mujer que lo único que hace es podar. Sí, poda. Poda su jardín con tijeras pequeñitas. Busca siempre la forma adecuada de hacer resaltar su flor entre tanta mala hierba que la rodea.

En la vida de todo hombre llega el día en que sin que la diosa se de cuenta, su enredadera se abre paso entre tanta maleza y logra por fin trepar en pos de tan ansiada flor.

La fiesta del 22 aniversario de la Hermandad de los Hombres Chango no pudo salir peor. Todo estaba preparado para que fuera una celebración para recordar. Pero una presencia inesperada la hizo de verdad inolvidable.

La Hermandad de los Hombres Chango nació en una Ciudad de México azotada por la crisis, el temblor y la proximidad del Campeonato Mundial de Futbol. Los varones de la capital buscaban un lugar donde expresar su orgullo masculino lejos de las miradas y reproches de sus mujeres.

Por años se reunieron en las afueras de la ciudad, entre las copas de los árboles y la oscuridad construyeron la majestuosa Casa Babún. No había requisito alguno para ser miembro de la hermandad, cualquier hombre era bienvenido y ellos solos se daban cuenta si encajaban o no. Aquí se veían desde poderosos hasta obreros, desde artistas hasta vagabundos. Todos conviviendo en masculina unidad. A últimas fechas, Casa Babún había sido el último reducto de testosterona en la urbe. Alejada de modas y visiones insensatas y (la Hermandad esperaba) pasajeras como los metrosexuales.

¿A quién se le ocurrió invitarla? Al hacer el recuento de los daños, nadie aceptó responsabilidad alguna. Era un acuerdo tácito entre los Hombres Chango el mantener el secreto con sus mujeres, esposas o novias.

Lo cierto es que Amaranta apareció en las puertas de Casa Babún y de inmediato el ambiente se perturbó. Su cuerpo ligero llegó silbando y contoneándose como un tornado, la mirada de absolutamente todos los asistentes se posaba sobre sus curvas arrebatadoras y la humedad del aire aumentaba sobremanera. Y así, cual tornado, Amaranta se fue arrasando con todo: Botellas, botanas y carteras.

Cuando los Hombres Chango recuperaron la cordura, Amaranta los veía desde abajo, sonreía y se alejaba, dejando a la Hermandad lista para enfrentar su inminente desaparición.

Mr. Pavlov era un genio. De entre todos los científicos del universo, sólo él pudo descifrar los Libros Terrestres. Dicen que para obtenerlos, los exploradores del tercer planeta del sol soportaron temperaturas extremas y un ambiente desolador; claro, eso fue antes del colapso de su estrella. La extinción de la vida en la Tierra fue un misterio en nuestro mundo hasta antes de Mr. Pavlov.

Yo estuve a su lado cuando trabajaba. Todo el tiempo. Como el día en que descubríó la Clave Terráquea, y así pudo encontrar un patrón en la escritura de los humanos.

Estuve ahí cuando esos textos, aunque incomprensibles para mí, transmitían la desesperación de una raza que enfrenta su irremediable destrucción. Mr. Pavlov transcribía frenéticamente:

“Año 2089. Nunca pensamos que el fin sería pronto, logramos sobrevivir a la hambruna, al cambio climático y sus consecuencias: huracanes, temblores y sequías. Las contiendas por el petróleo, y el agotamiento de las reservas de hidrocarburos en un lustro. La pandemia de cáncer de piel y La Gran Guerra del Agua. Pero siempre se erguía orgullosa la sociedad global. Éramos mejores que todo eso y nos fortalecíamos con cada catástrofe. Desde principios de siglo estábamos preparados para todo.

Listos para todo menos para la llegada del doctor. Ese viejo Jesús Pavlov que llegó prometiendo el paraíso y lo único que logró fue que nos destruyéramos uno a uno. Cada persona debía cometer un asesinato diario . ¿Cómo lo logró? Jamás lo sabré. Pero estoy seguro que lo hará de nuevo, en otros mundos.”

Mr. Pavlov sonreía y un instante después yacía frente a mí con un lápiz clavado en la garganta. Las palabras de ese hombre lograron conmoverme y no quería ver mi planeta destruido. A fin de cuentas, aunque evolucionado, yo también soy humano.

No saldría jamás con el cuento ese de que me volví invisible. Más bien dejé de ser yo para convertirme en un espectro que no hacía más que molestar. Que si dale de comer a tu abuelo, que si hay que bañarlo, que si cámbiale el pañal. Hubiera preferido morirme rápido y sin molestias como mi flaca.

Mi rutina comenzaba cuando mi nieta venía por mí a la cama, me ponía sobre la silla de ruedas y me llevaba a la mesa donde todos desayunaban. ¿Yo lo hacía? Claro, si es que puede llamársele desayuno a ese pegoste verde que meten en mi boca. Si alguien era lo suficientemente valiente se ofrecía a darme un baño, si no, había que esperar hasta después de medio día que llegaba mi enfermera. Me bañaba los martes y los sábados, me ponía frente al televisor hasta que era hora de dormir y me acostaba antes de irse.

¡Cómo me habría gustado decirles que ya estaba harto! Que dejaran de alimentarme y de bañarme. Que me arrojaran a la calle o a un asilo. Pero desde que se fue mi flaca perdí la voz y las ganas de moverme.

Era de noche y oí un chisporroteo. Ví un destello y olí a cables quemados. Al parecer nadie estaba en casa, porque cuando volví a abrir los ojos, las luces intensas y el calor de las llamas me rodeaban. Agradecí a Dios que por fin iba a librarme de esta vida que era todo menos vida. Ni siquiera sentía dolor, sólo calor.

Cerré los ojos esperando el final. Ya veía la luz, veía a mi flaca sonriéndome, pero desperté y una voz dijo:

-Hacemos todo lo posible por mantenerlo vivo. Pero él debe luchar.

¿Luchar? ¡Carajo! Este cuerpo es mi prisión. ¡Quiero salir!

Güey, ¡son un chingo!

Vienen todos vestidos de blanco y se ve que hay gente hasta dos cuadras más allá. Bueno, hasta ahí alcanzo a ver porque me tapan los árboles. ¡Uf! Hasta adelante van cinco señoras ya grandes, se miran chistosas con sus pants blancos aguados, ¡aaaaaah! los tenis Panam, güey ¡Panam! como los que usábamos en la primaria, de esos de pura tela blanca con una suela bien dura ¿te acuerdas?

¡Ay! Que ternurita con las señoras, no sé a quién se le ocurre traer esas camisetotas de Bugs Bunny, o sea, ¡es 2008 güey! Que risa, seguramente las sacaron del clóset de cosas arrumbadas. ¡Mmmm, así! ¿Crees que todavía vendan de esas cangureras? ¿O las han tenido ya desde hace mucho? Se me hace que las traen para que les tape la pancita, pero ni así eeeeh. ¡Uy! Traen una como bandera o no se qué es. Me recuerda a esos banderines de las escuelas que marchaban hasta adelante en los desfiles. También es blanca y en letras azules grandototas dice: “Comité Estatal para la Defensa de las Buenas Costumbres”. ¡Aaaah! Güey, nadie hace una manifestación a esta hora y en domingo. Aunque el cielo está muy lindo, de un azul hermoso y con cero nubes. Al rato no van a aguantar el calor estás doñas.

¡Uy que rico!  Todas las señoras se parece a tu abuelita güey. Quien sabe, a lo mejor todas las ruquitas son como iguales ¿no? Pelitos blancos y con chinos. De las cinco, nada más tres usan lentecitos, pero las otras dos traen viseras, jajaja, te digo que la gente tiene ya su atuendo cliché para todo. Este es como el típico para salir en domingo.

Bueno, levántate y asómate, ‘Ora te la chupo yo.

La manta favorita de Emmanuel estaba sobre la banca del equipo local y mostraba a los grandes ídolos dibujados: Hugo, Cabinho, Beltrán, Campos, etc. Desde el otro lado del estadio la miraba e incluso le gustaba más que ver el juego.

El 2 de octubre, México ganaba el Campeonato Mundial y el domingo siguiente, Emmanuel vio una nueva figura en su manta preferida. Una que no estaba antes y que lo hacía soñar con grandes logros, de su equipo y de su Selección Nacional.

Emmanuel sabía que su nombre era el de Jesús. Parecía que lo conocía desde siempre, lo llevaba en el corazón tanto como los colores de su equipo. Se veía a sí mismo gritando en el Ángel el nombre del nuevo refuerzo, el nuevo ídolo.

¿Es que nadie más se daba cuenta? Era un milagro y solo él lo sabía. Era la revelación de que vendrían tiempos de bonanza. Quiso gritar “¡Jesús es mi pastor!”, pero un estruendoso Goya no permitió que nadie lo escuchara.

Pasaron casi dos años en los que Emmanuel esperaba con más ansia ir al estadio que a la iglesia cada dos domingos. Se había resignado a que lo tacharan de loco y fantasioso, pero no le importaba. El sólo ver la imagen de Jesús en aquella manta valía las burlas.

Un día la manta desapareció. Habían prohibido el ingreso de cualquier tipo de pancarta a los estadios de futbol en México. Emmanuel no sabía que hacer, de pronto todos sus sueños de gloria deportiva se esfumaban. Salió del estadio y encontró su manta colgada sobre un puente peatonal. La recorrió con la vista varias veces y la realidad lo golpeó al confirmar lo que todos decían: Jesús Ramírez nunca estuvo en la manta. Nunca fue ídolo en Pumas.

“Pasaron varios años hasta que volví a ver a Arturo Belano. O bueno, una parte de él. Al principio no lo reconocí, pero la forma de ese pene erecto en la fotografía me hizo recordar tantas tardes en su oficina. En algo ayudó que a Arturo siempre le haya gustado hacerlo con las luces encendidas.

Pequeño, quizá, un poco curvado hacia la izquierda y con ese lunar en forma de grano de arroz que es inconfundible. Mi subconsciente me había forzado a borrarlo de la mente. Por eso me costó trabajo saber quién era.

Le cuento esto porque sé que usted jamás le diría a mi marido. Pedro es un buen hombre y nos hemos acoplado muy bien juntos. Es todo lo que habría podido pedir en un hombre. Sin embargo esa fotografía y esa carta citándome en un hotel bien conocido habían logrado que me humedeciera sobremanera.

Hace dos días perdí el sobre. Pedro había estado en mi estudio y le pregunté si no había tomado mis documentos. Temí lo peor. ¿Y si se enteraba? Unas horas después encontré el sobre en un cajón y noté a Pedro un poco extraño pero no le di importancia. Debo confesar que mis pensamientos estaban lejos de casa. Arturo había prometido esperarme en la habitación 417 del Hotel La Isla.

Ayer fue el día. No vi a Pedro en toda la mañana, A medio dia entró despacito al estudio y me dio un beso en la frente. Me dijo que no lo esperara para cenar.

A las siete en punto entraba con mi auto en el Hotel. Me parecía extraño no ver nada de gente. Y eso que era quincena.

La puerta de la habitación estaba abierta. Había manchas de sangre, entré y la recorrí completita, pero no encontré a nadie.”