Cerró la última página del libro y lo invadió la incertidumbre. La necesidad de saber sobre el creador de esas líneas llenas de dolor, le generó una angustia que no podía contener. Aunque era bien sabido de lo peligroso que era indagar en los libros prohibidos, él no pudo evitar robar el ejemplar de la vieja librería de la escuela y comenzar a leerlo para saciar su curiosidad.
Orestes había escuchado de una pequeña librería donde podía encontrar manuscritos muy antiguos. Quizás ahí encontraría las respuestas que tanto anhelaba. Caminó por horas en el barrio viejo. Desde una esquina divisó, sobre el dintel de una puerta, un símbolo que revelaba la ubicación de la librería.
Sin reparar por la ausencia del encargado del negocio, entro de prisa; se dirigió a los estantes del fondo. Un raro instinto le decía que ahí encontraría lo que buscaba. Los lomos de cuero roído salían de forma desordenada de un estante. Orestes tomó un libro al azar y comenzó a ojearlo. Al tratar de ver en su interior, las páginas estaban en blanco. Tomó el siguiente libro y se encontró con lo mismo; después tomó otro y otro, sin éxito. Su ansiedad se volvió insoportable, su deseo por encontrar respuestas alimentaba su imaginación.
Casi al borde de la locura toma un ejemplar de apariencia similar a la del libro que lo había perturbado. Al ojearlo, en lugar de hojas en blanco, mostraba ilustraciones y párrafos como los de la copia que él tenía. A diferencia del ejemplar que había hurtado, éste en la última página mostraba el nombre del autor: Orestes Vön Demutch.
Un zumbido atraviesa sus oídos, siente como su vida se escapa del cuerpo con una extraña sensación de bienestar.
Orestes se desploma sin vida en el piso.

