El Sr R, es feliz en su trabajo, ama verdaderamente a su esposa y sabe que ella lo ama a él, porque estas son emociones programadas. Hasta hace 10 años, más o menos en el año 2241, los humanos empezaron a dejar sus emociones en laboratorios, y las cambiaron por un regulador de baterías solares. Cada día se programan acorde a la situación, son alegres y productivos en el trabajo, despreocupados y graciosos en las fiestas y nunca están tristes, deprimidos o enojados, ya perdieron estas emociones negativas que tanto los habían afectado. Y se empezaron a llamar “Alegros”
Cuando los homobots (robots con figuras humanoides) empezaron a caminar en las calles e interactuar con los humanos, estos empezaron a desear ser como ellos, ser dueños de sus vidas sin dejarse dominar por impulsos viscerales .Los primeros en cambiar lo hicieron porque la vida había perdido significado, ya sea por una novia infiel, dolor ante la muerte de familiares, o sencillamente una vida ya sin significado.
El odio no existe en ellos, son libres para ser felices y amar, pues ahora es más fácil, una vez que ingresas en el programa, tus datos son capturados y se te empareja un individuo del sexo opuesto, (se les programa un enamoramiento mutuo) para asegurar la procreación del mejor individuo posible. Si aparece alguien mejor, se deshace la programación y se crea una nueva con la nueva pareja, y nadie sufre.
Los “Emos” como ahora se les llama a los no se han sometido al cambio, aprovechan la situación y someten a burlas y vejaciones a los “Alegros”, pero ellos ni se inmutan, no saben que es ser rechazado, no saben que es ser un paria, solo saben que son libres de ser felices, productivos y sin importar lo que pase nunca más sentirán dolor.
26 años, con todos los sintomas y desvarios que años y años de lectura pueden generar
La escena era contemplada por una pareja de ancianos con lágrimas en los ojos. Una pareja de niñas pequeñas jugando con su madre en el jardín de la vieja casa. La mayor de las niñas no podría tener más de 5 años, y su lacio cabello castaño le tapaba la cara, pues la diadema que debía detenerlo, había caído al piso hace mucho. La más pequeña había aprendido a caminar hace poco, se notaba por sus movimientos torpes, y su insistencia de hacerlo sin ayuda. La madre perseguía y hasta atrapar y derribar a cosquillas a la mayor, sin perder de vista a la pequeña. Los gritos y las risas de la niña se oían por toda la calle, y los vecinos que pasaban por ahí no podían evitar voltear la vista y retomar su camino con una sonrisa.
El sol se estaba poniendo, así que los lentes oscuros de la madre ya no era necesarios para disimular sus los ojos rojos y llorosos. Ya no tendría que portar el suéter para cubrir los moretones provocados hace ya varios días por su esposo al golpearle los brazos con el viejo cinto destinado para los castigos. Hasta ayer había estado sometida a su voluntad, pero ahora intentaba disfrutaba la tarde con sus hijas, al menos hasta que vinieran a buscarla a casa de sus padres, preguntando por la desaparición de él.
Esa hermosa casa de teja roja, y muros de tabique al clásico estilo colonial, con el hermoso jardín lleno de rosas y claveles fué y sería siempre su casa. El jardín sería la última morada de su esposo, y ella nunca se iria de ahí, no con ese secreto enterrado cerca del abeto.
El nuevo milagro del Vaticano es un éxito de ventas en Ebay: La Santa Bolsa de la Sabiduría y la Arena de los, una delgada bolsita de celofán del tamaño de una funda de CD llena de arenas de los desiertos de Tierra Santa que promete ayudarte y concederte milagros.
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Pasaron varios años hasta que volví a ver a Arturo Belano, y no fue en el puesto de jugos de naranja donde se ganaba la vida desde hace muchos años. En ese tiempo yo vivía solo en un pequeño cuarto de alquiler, mi familia había muerto en un incendio, causa de un cigarrillo mal cuidado en la cama de mis padres y mi pequeña hermana. Yo me había quedado ese día jugando hasta tarde y muy tarde fue cuando los vecinos se dieron cuenta del fuego.
A pesar de mis doce años, Arturo me enseño a ganarme la vida cuando quede solo, primero entregaba paquetes y recogía el dinero, luego me enseño a armar los paquetes con las blancas píldoras, “Píldoras de Olvidar” decía.
Pronto creció el negocio, y mientras yo crecía más cosas aprendía a hacer, el puesto de naranjas siempre fue el más concurrido del mercado gracias al “Toque mágico”. Yo las hacía y repartía pero no me deban probarlas, decían que era muy chico para esas cosas.
Cuando todo acabo, yo pude salir del problema porque estaba limpio y era menor de edad, pero a pesar de mis 16 años mi lista de crímenes no solo era trafico de drogas. Por lo mismo fue fácil encontrar un trabajo parecido, y mi nuevo jefe no erá como Arturo, al contrario yo mismo debía probar la mercancía para saber que era de calidad, y yo con gusto lo hacía, ellas no eran pastillas de olvidar, por el contrario me hacían recordar esa época donde tenia familia y un hogar, poco a poco empecé a tomar más píldoras y más drogas diferentes, tanto asi que el día que volví a ver a Arturo, pase de largo pues sencillamente miraba al vacio y mire el espacio que el ocupaba, pero no encontré a nadie.
Es increíble que hallamos llegado hasta este punto, con el mundo lleno de zombis, pero no son como los de las leyendas y los videojuegos, no van por el mundo matando y comiendo, no hacen nada, absolutamente nada, ese el problema.
Entre el botox, yoga, comida orgánica y esa famosa vacuna, ya es imposible morir, pero eso no evita que el cuerpo llegue a un estado cual asíntota que nunca toca a la muerte.
El mundo se lleno los últimos 200 años de viejos con piel acartonada y seca, tan delgada que se ven los pocos músculos cubriendo los huesos. Primero cede la memoria, luego el habla y después las funciones motoras. Es una muerte en vida, bajo promesa de vida eterna.
Poco a poco las familias se han llenado de familiares que no mueren, pero no sirven para nada, antes eran uno o dos y un asilo era la respuesta temporal ante lo inevitable, ahora son 5 o 7, padres, tíos abuelos, tatarabuelos. Sanos y sin arrugas en la cara, pero atrapados en sus cuerpos.
Son pocos los que mueren en accidentes o por enfermedades, la mayoría están condenados a ser la eterna carga, no muertos, pero sin vida.
Mañana cumplo 145 años, fui de las primeras que obtuvo esta condición, aún conservo el movimientos de dos dedos y la conciencia de saber que esta no es vida, si mañana mi tataranieta se acobarda como ayer y y no desconecta mi respirador, yo misma lo haré.

