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Miopía.

Abrió los ojos y reconoció de inmediato el lugar. El laboratorio.

Intentó armar el rompecabezas de su desordenada memoria. Recordó que algo había fallado… ¿pero qué? Habían repetido el experimento muchas veces, siempre con éxito. ¿Qué había salido mal?

Buscó a tientas los gruesos anteojos que encontró hechos pedazos.

-Mierda!- exclamó, pues sin ellos no veía prácticamente nada. Usando una mano como táctil guía intentó examinar el lugar.

Avanzó unos metros pero resbaló con algo líquido. Cayó de bruces sobre un bulto tibio que recorrió a tientas, reconociendo en sus formas y texturas a una persona.

Arrancó el gafete del cuerpo y acercándolo lo más que pudo a sus ojos leyó: “Dr. E. Schlösinger”

-¡Ernst!- gritó el hombre mientras movía con fuerza al doctor. “¡Que esté vivo!” rogó, pues la situación era bastante abrumadora como para enfrentarla solo.

Buscando algún pulso de vida en el cuello se detuvo al sentirlo empapado. Se acercó la mano a los ojos para verla cubierta de sangre. “¡Está herido!” pensó, sin saber como ayudarlo.

-¡No te me vayas!- chilló el hombre desesperado. Acercó su boca a la del doctor tratando de reanimarlo con respiración artificial. Súbitamente éste reaccionó, tomándolo por los hombros con una fuerza increíble mientras soltaba un gemido ronco.

El doctor lo mordió salvajemente, arrancándole por completo la nariz y parte del labio superior.

El dolor fue indescriptible. Un chorro de sangre tibia manó del destrozado rostro empapándole la camisa. Trató de liberarse pateando con todas su fuerzas, pero el doctor volvió a morderlo, ésta vez arrancándole un trozo de mejilla.

El doctor lo soltó y el hombre se desplomó sin fuerzas. Sintió como la vida se le escurría rápidamente por las heridas mientras un manchón borroso se acercaba y le hundía los dientes con fuerza, arrancándole la tráquea.