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Pasaron varios años hasta que volví a ver a Arturo Belano. Estaba más jodido que cuando lo perdoné aquel día. De por sí era un hombre triste, de semblante rígido y un aura de soledad que lo caracterizaba. La guerra había pasado por su pequeño pueblo y él, junto con otros hombres, se fueron a refugiar de la bola y la leva a las montañas. Ahí lo conocí. Intentando morder un mango podrido que a duras penas hubiera podido medio silenciar el hambre que se cargaba desde hacía casi tres días.

Su alma fatigada se movía de un lado a otro. Nerviosa. Impaciente.

—Hora de irnos— le susurré.

Se negaba. Se negaba a dejar atrás el jodido pueblo. Quería esperar a la parada de cruz. Quería esa prorroga. “No”, le respondí, pero él insistía, me rogaba, me pedía de rodillas por favor y al final acepté. Dejé su alma penante durante toda aquella semana. El domingo, domingo de ramos, volví por él a la media noche. En el pequeño cuarto, donde una mesita en una esquina con un cirio prendido y una foto de un Arturo Belano de tiempos mejores, dormitaba una anciana bastante carcomida por el tiempo. Junto a ella, el alma de Arturo Belano la consolaba en silencio, susurrándole mensajes de amor al oído sordo por la edad.

—Hora de irnos— le dije.

Besó la mejilla cuarteada de su anciana madre y me siguió hacia la puerta. Antes de salir del lugar, volví la mirada rápidamente para volver a ver el lugar del velorio. Tal como lo vi cuando llegué, salvo la anciana y solitaria madre, no encontré nadie ahí.

— ¡Te digo que si fuéramos capitalistas habría más felicidad!

— ¿Qué, la venden del otro lado?

— ¡No! ¿Nunca has oído hablar de la Coca-Cola?

— No… ¿Qué es?

— Es una bebida. Un tío que vive en la frontera la consigue el otro lado. Sabe re-sabrosa.

— ¿Y eso nos haría felices?

— Pos… namas para la comida, sí. Tendríamos variedad… ¿No te choca el agua de horchata o jamaica?

— Yo tomo simple. Es mejor, y gratis.

— Entonces, tampoco conoces las pizzas, o la hamburguesa, o…

— No.

— Compa, ¿No te cansas de los tacos y el arroz y los frijoles?

— A veces… por eso luego le digo a mi vieja que me prepare unos huevos rancheros, con su salsita borracha o unos chilaquiles, o…

— ¡Ya vez! ¡Eres un ignorante! Si conocieras todo lo que te digo, sabrías lo que es vivir y ser feliz.

— ¿Y tú ya lo has probado?

— ¡Claro! El año pasado cuando me fuí pa’l norte, a trabajar una temporada con el tío que te digo, ahí conocí todo lo que te cuento… Pero no namas comida, también ropa, programas de televisión, y un montón de cosas más… Ya hasta estoy pensando pasarme pa’l otro lado…

— ¿A qué? ¿A subir más de peso? (risas)… Desde que regresaste, tu mujer tuvo que pegarle más tela a tu ropa para que te quedara. Mirate nomas… ¡Tas’ bien pinche gordo!

— Es el precio de la felicidad

— ¡Felicidad tu madre! Yo mejor le sigo con mis frijolitos y mis tortillas…

— Ah qué contigo compadre… ¡Tas como los de la revolución!

— Pos tú, nada más de que viste por encimita el otro lado ya andas como pinchi guajolote, todo inflado…

Los volcanes nos vomitan su rabia y la tierra nos traga con enojo. Muchos sufren, lloran y mueren. Y los benditos son llevados hasta los pies de su Dios (al que todavía me niego a reconocer como tal).

Nosotros. Los malditos. Los no-cristianos. Los endemoniados “hijos” de Dios, esperamos con lágrimas en la cara el fin de este mundo.

Lágrimas de felicidad.

No más hambrunas. No más guerras. No más niños africanos muertos de hambre. No más políticos ineptos. Solo nosotros, bastardos legítimos del Árbol de la Ciencia del Bien y el Mal. Nosotros que cambiamos la fé por la razón, esperamos aquí, junto a nuestros libros el fin.

Se vieron profundamente a los ojos. El comal se acercó y la olla le besó.

Odín

Se levantó perezosamente de la cama, metida a duras penas en un pequeño departamente de 4×7 m. Se rascó la axila derecha, parado ahí en el cuarto lleno solo por su cama, Gungnir (¡oh! ¡Hace cuanto que no ve acción esa noble arma!) en una esquina y en la única silla del lugar, estaba botado un traje rojo, con su cinturon de hebilla gigante, con todo y su gorrito, con esa molesta bolita blanca en la punta. Estaba nevando afuera y su turno en el Mall empezaba en tres horas. Maldijo por lo bajo viendo con enojo el traje rojo y se volvio a meter a la cama, intentando recobrar esos 5 minutos desperdiciados en ese terrible traje rojo.

Canek es libertad. Estaba él en algún donde dormitaba cuando a lo lejos, en el horizonte se dibujaba la figura de un niño que venía hacia él.

Canek se levantó, y esperó a que el niño lo alcanzara; traía un pequeño pajarillo en sus manos.

— ¡Ha muerto! — dijo el niño entre sollozos

Y Canek dijo:

— Tranquilo, niño Guy, que no pasa nada, porque las avecillas muertas son como los niños y solo despiertan, para poder volar majestuosamente hasta las manos de Itzamna quien les acoge con gran dulzura y los lleva a su hermoso jardín.

En la pequeña hacienda esperaba callada y solemne la señora Sofía, la tía Chofi, quien desde hacía años esperaba poder morir de verdad para poder ver a su amada madre, a quien se consagró lo que le quedaba de vida.

Sirvió los platos de comida a Canek y al niño Guy, se sirvió ella y comieron los tres callados mientras empezaba a llover afuera.

Los tres vivos, tan vivos que comían sin dejar sobras.

Tan muertos, los tres tan muertos.

Tan llorados por los indios mayas como por el buen Sabines. Tan imaginarios como aquel pequeño duende que nadie ve en Cuba llamado Fidel Castro. Tan reales que comían en la misma mesa aquella tarde en una hacienda en algún lugar de la península de Yucatán.