-Oye abuelito, en la escuela me dejaron escribir sobre el inicio de nuestra era, ¿tú sabes de eso?
-Mira hija –contesta el abuelo-, hace mucho tiempo existió un hombre extraordianario, pero le tocó vivir tiempos oscuros: cuando el oro y la religión gobernaban a la sociedad antigua. Desde niños a las personas se les enseñaba que había un dios-juez quien dictaminaba, de acuerdo a lo realizado en la vida de cada individuo, si el alma entraba en un lugar de gozo llamado “cielo” o en uno de sufrimiento llamado “infierno”. Con esas ideas se controlaba a pueblos enteros, porque sólo gente con mucho poder, a través de hombres llamados “clérigos” o “pastores”, dictaminaban de acuerdo a sus intereses qué le era grato al dios-juez y que no.
Fue en esa sociedad donde este extraordinario hombre sentó las bases de lo que hoy es nuestra ideología: el negacionismo. Él nos enseñó a imaginar un mundo sin “cielo” ni “infierno”, sin fronteras ni religiones, a imaginarnos un mundo en el que toda la gente puede vivir la vida en paz, que era realmente fácil si todos lo intentábamos.
-¿Pero cómo ese hombre cambió las cosas? –pregunta la niña.
-Bueno, él viajaba por todo el mundo acompañado de tres discípulos o apóstoles. Los cuatro reunían a multitudes en antiguos teatros y a través de la música les transmitían su mensaje de paz y libertad. Sin embargo cuando los poderosos vieron que él era una amenaza para el sistema del dios-juez, lo asesinaron. Fue cien años después de su muerte que la filosofía del negacionismo se extendió por todo el mundo transformando completamente a nuestra sociedad. Así, como él sentó las bases de nuestra filosofía, ahora en su honor contamos los años de nuestra era a partir de su vida, por eso este año es el mil quinientos catorce después de John Lennon.

