Articles by rapaquiwi

Un chilango incomprendido perdido entre la selva campechana. Gusta atormentar a más de uno con el sonido del saxo, reventar tímpanos con el clarinete, adora dibujar de forma incomprensible, lee casi todo lo que le cae en las manos, y dice que a veces escribe, sobre todo cuando lo obligan. No ha encontrado su media naranja porque como limón agrio no quiere arrejuntarse, por lo pronto. Es hetero (según él, pobre iluso) y se cree buena onda. Le gusta estar enamorado aunque sea de su perro (el que cree tener y que nadie ha visto) y siempre está dispuesto a algún viaje, sobre todo si es para echar coto a discreción. Ah, y respecto a los años está entrando en la dorada calidez de la experta juventud.

-Oye abuelito, en la escuela me dejaron escribir sobre el inicio de nuestra era, ¿tú sabes de eso?

-Mira hija –contesta el abuelo-, hace mucho tiempo existió un hombre extraordianario, pero le tocó vivir tiempos oscuros: cuando el oro y la religión gobernaban a la sociedad antigua. Desde niños a las personas se les enseñaba que había un dios-juez quien dictaminaba, de acuerdo a lo realizado en la vida de cada individuo, si el alma entraba en un lugar de gozo llamado “cielo” o en uno de sufrimiento llamado “infierno”. Con esas ideas se controlaba a pueblos enteros, porque sólo gente con mucho poder, a través de hombres llamados “clérigos” o “pastores”, dictaminaban de acuerdo a sus intereses qué le era grato al dios-juez y que no.
Fue en esa sociedad donde este extraordinario hombre sentó las bases de lo que hoy es nuestra ideología: el negacionismo. Él nos enseñó a imaginar un mundo sin “cielo” ni “infierno”, sin fronteras ni religiones, a imaginarnos un mundo en el que toda la gente puede vivir la vida en paz, que era realmente fácil si todos lo intentábamos.

-¿Pero cómo ese hombre cambió las cosas? –pregunta la niña.

-Bueno, él viajaba por todo el mundo acompañado de tres discípulos o apóstoles. Los cuatro reunían a multitudes en antiguos teatros y a través de la música les transmitían su mensaje de paz y libertad. Sin embargo cuando los poderosos vieron que él era una amenaza para el sistema del dios-juez, lo asesinaron. Fue cien años después de su muerte que la filosofía del negacionismo se extendió por todo el mundo transformando completamente a nuestra sociedad. Así, como él sentó las bases de nuestra filosofía, ahora en su honor contamos los años de nuestra era a partir de su vida, por eso este año es el mil quinientos catorce después de John Lennon.

-¡Órale, cuantos juguetes! –exclama Juanito al entrar en la feria.

-¡Sí! –responde Omar, su hermano menor, quien señalando con el dedo hacia un concurrido local le comenta: -¡Y mira, ahí están los muñecos!

Ambos niños corren para contemplar a los héroes y villanos dentro de cajas de plástico.

-¡Ah, el capitán Nemo! –detalla Juan-, ve Omar aquí están los personajes de la película que vimos la otra vez.

-Huy pero esa película está bien aburrida y además dice mi tío Carlos que esos no existen, que son inventados.

-No, mira el capitán Nemo viene con su arpón y aletas… ¡está padre!; ya sé, le pedimos a los reyes estos de aquí: Nemo, este que es Yequilmisterjai, el que se hace monstruo, y este el hombre invisible, y hacemos un ejército y que luchen contra los malos de todo el mundo.

-Bueno, ¿pero cuáles malos? –pregunta Omar.

-Ah pues los transformers, esos que los reyes nos trajeron el año pasado.

-¡Ah sí!

Pero en ese momento Juan desvía la mirada y observa el local de enfrente: lleno de pequeños luchadores de plástico en desafiante actitud.

-¡Ve Omar, los que nos llevó a ver la otra vez mi papá! ¡Los luchadores esos, que luchaban!

De inmediato los niños dejan los muñecos que tenían en las manos y corren hacia el puesto de enfrente.

-¡Órale, ve Juan, tienen sus capas, y máscaras, y un rín!-¡Mira, este es Bludemon! ¡Y el doctor Vagner! ¡El Místico! ¡Huracán! ¡El Santo!

-Mejor le pedimos estos a los reyes para que luchen contra los malos –propone Omar-, están más padres y además a estos sí podemos ir con mi papá a verlos luchar en el rín.

-¡Sí mejor, estos si son de adeveras!

Rapaquiwi.

-La encontré mi señor –dijo Guntermato al bajar de su caballo e inclinarse ante Rodocronte, el gran mago. Por fin, después de mucho recorrer ruinas semienterradas por densos bosques, la he encontrado. La saqué de entre lo que parecían los restos de una choza, aquí la tiene mi señor –desató un bulto de la espalda de su caballo y se lo dio al mago. –Coincide perfectamente con la descripción que me hizo: un cubo gris, del tamaño de una cabeza de oso, con un lado hecho de cristal; bueno, señor, lamento que el cristal esté roto pero espero que con su sabia magia sepa hacerlo funcionar. Tome, la envolví en pieles para protegerla del viaje.
Al recibir el objeto y quitarle las pieles, la cara del mago se transformó en un gesto de admiración, alegría y codicia.
-¡Oh, por todos los dioses! –dijo. Éste es el objeto señalado en las antiguas crónicas, el instrumento del culto más poderoso jamás practicado. ¡Con esto Guntermato, seremos más que reyes!
-¿Pero cómo es eso mi señor?, ¿qué dioses favorecen a esta cosa?
-Antaño, mi querido amigo -señaló el mago sin dejar de ver el objeto gris- los antiguos reinos utilizaban estas cosas para crear zombies. En cada choza se instalaba un cubo de estos y diariamente todos los miembros de la choza eran hipnotizados por el cristal del cubo. Así poco a poco sus mentes iban siendo controladas por los sumos sacerdotes que a través del cristal y con la ayuda del dios Teve les enviaban mensajes a los hipnotizados. Así se creaban y se destruían imperios a conveniencia de los sacerdotes del dios; los que controlaban el cubo se convertían en los amos de todo.

Ahora nos toca a nosotros invocar al dios Teve, ¡y empezar a regir al mundo!