Lo recuerdo bien. En aquella época yo tendría unos dieciséis años. En medio de la calle, una mujer gritaba tan fuerte que parecía que las venas del cuello le reventarían: ¡Es Él, es Él! ¡El Hijo del hombre ha llegado! ¡Mira al cielo! ¡Contémplalo en su Santa Gloria! ¡Teme su furia, porque como lo profetizó en Apocalipsis 3:3, hoy viene como un ladrón, montado en su carro de fuego! ¡Mateo 24:44! ¡Reyes 2:11! ¡Viene por nosotros, los elegidos! ¡Oremos! ¡Arrepintámonos! ¡Pidamos piedad y roguemos por nuestras almas! ¡Dejémonos guiar al Paraíso!… Quienes nos habíamos aglutinado a su alrededor mirábamos sorprendidos cómo detrás de las nubes comenzaba a vislumbrarse algo que no sé describir sino como la aparición de un segundo sol, que descendía en caída libre sobre nosotros. Conforme el inmenso objeto se acercaba, la mujer intensificaba sus chillidos. Parecía estar en éxtasis. No me avergüenza decir que, como muchos de los que estábamos ahí, casi me infarto del miedo. Igual que ella y el resto de la multitud, caí de rodillas, no sé bien por qué. El objeto dejó de preocuparme; mi mirada estaba fija en ella, quien repetía, ya sin gritar, con voz temblorosa: “el rapto, el rapto”. El objeto se detuvo un momento antes de aplastarnos. Emitió un sonido ensordecedor. La mujer estaba en el piso, como desmayada. Instantes después, aquella cosa se alejó, o más bien, debería decir que desapareció de nuestras miradas, como si se hubiera esfumado. Atónitos, nos levantamos, sacudiendo nuestras ropas, mirándonos entre sí, extrañados. La muchedumbre comenzó a dispersarse. Yo esperé unos segundos, hasta que la mujer se levantó. Miraba al cielo, extrañada, como buscando una explicación. En su rostro había duda y decepción. Se alejó caminando aprisa. No lloraba. Seguía aquí, como todos, pero ya no lloraba…
Lee poco y escribe cada vez menos. Aparte de eso, no hay mucho qué decir.
[Traducido del arameo antiguo]
—No, mamá. Yo no puedo tener este bebé. Imagínate lo que dirían en el pueblo: “¡Mira nada más! María le puso el cuerno a don Pepe el carpintero”. Porque nadie se tragaría el cuento que el chamaco es de él. ¿Sabes lo que me pasaría? Sería mi ruina. Seguro me matan. Y a pedradas, mamá. Horrible, horrible. No puedo creer lo estúpida que soy. Me lo merezco por andar de caliente. Y por casarme con un anciano. No es por justificarme, pero es que… Ángel está buenísimo: alto, rubio, guapo, varonil, ¡joven! Y Pepe… bueno, tú sabes, a su edad ya no… nada. Se me queda dormido, mamá. Me da pena decírtelo, pero es así. Y yo con este temperamento tan fogoso. Ay no. No sé qué hacer, mamá. Lo único que sé es que no puedo tener este chiquillo.
—Ay, m’jita. Qué pendeja eres. Ya lo traes adentro, así que te chingas. Pero en fin, no llores. Todo en esta vida tiene solución, menos la muerte. Acuérdate que José no es muy avispado, que digamos. Mira, aprovechémonos de lo supersticioso que es tu marido para montarle un teatrito y tan tan. Asunto arreglado. Tú dile que una noche se te apareció un ángel, y que te anunció que tu hijo sería un hacedor de maravillas; un profeta. Al cabo que tu bisabuelo fue adivino y tu linaje es de esos. Segurito que la idea se le mete hasta en el sueño a tu marido. Logrando eso, lo demás vendrá por añadidura. Tú encárgate de que José crea que tu hijo es producto de un milagro del espíritu santo y ya está. No es fácil. Pero tampoco imposible. Ya verás que sí se puede. Como que me llamo Ana, con una chingada.
—A ver, Donchuy. Platíquenos lo que le pasó con aquel compita suyo, que dizque ya se había muerto. Yo le invito su mezcal si nos lo cuenta.
—¿Para qué? ¿Para burlarse? —El ebrio agachó el rostro y volvió a hundirse en sus pensamientos. El joven le ordenó entonces a la mesera que le llevara dos copas de mezcal a aquel sujeto.
Luego del primer sorbo, el ebrio comenzó a balbucear: —Andaba fuera del pueblo, cuando me avisaron que mi amigo había muerto. Llegué tres días después. Cuando me vio en la puerta, la hermana de mi amigo me abrazó, gritando: “¡está muerto, Jesús, está muerto!”. Me acerqué hasta donde estaba él, y lo contemplé un rato largo. Parecía dormido. Para entonces yo ya tenía algo de fama como mago/adivinador. “Hacedor de maravillas”, me decían. Así que me pareció normal gritarle que se levantara. Llorando, le grité una vez más. Abrió los ojos. Intentó erguirse. ¡Lázaro!, gritó una de sus hermanas. Ella se desmayó. Casi me cago del susto. No terminaba de acostumbrarme a lo que podía hacer. Ya ves, a eso me dedicaba yo en aquellos tiempos. Pero ahora…
La burla del grupo no se hizo esperar: “¿Entonces se levantó y andó?”, preguntó el joven. “¡Anduvo, pendejo!”, le contestó otro, siguiendo el juego. “Bueno, sí anduvo pendejo un rato, pero ya después se compuso”, contestó éste, completando la broma. El estallido de risas fue generalizado. El joven sacó un billete de 50 pesos de su cartera. Lo arrugó y lo lanzó al piso. Todos reían a carcajadas. —A ver Donchuy. ¡Ahora baile! —El ebrio, terriblemente humillado, recogió el dinero. Éste era el precio de la inmortalidad, la insignificancia de ser dios.
Le dio un sorbo a su mezcal, cerró los ojos y —sin llorar, casi— se puso a bailar.

