Siempre había querido partirle su madre a Ernesto Medel… Desde el nombre teníamos problemas, tan sudamericano, tan gran hijo de puta, según sobreviviente, según de muchos lugares, como los viajantes, como los que se apropian de lugares que no son suyos. Y este era mi lugar.
Allí estaba, tranquilo y pávido como la ceniza que hacía equilibrio en su cigarrillo. Se oyó el chillido de la ventana desgrasada, por ella se dejaba mirar el sol que pintaba sangre y repulsión, el sol estaba conmigo, mis labios rechinaban entre un mondadientes, era acercarse, acercarse más y escupir sobre sus botas, tirar su trago, jalarle los cabellos hacía atrás y obligarlo a ver mis ojos. Esperaba la oportunidad perfecta.
Adentro se escuchaba un trastero caer, eso me puso en alerta, tanteé mi colt de la sobaquera, aflojé el seguro evitando hacer el mínimo sonido, de la cocina salió despavorido un gato negro con el cadáver de un ratón en su hocico, me tranquilicé dándole un buen sorbete al sake, lo miré de reojo; Medel aplastó lo que quedaba del cigarrillo en el cenicero y se puso de pie, apresuré mi trago, salí tras de él.
Esto es Okinawa, Japón, aquí no hay zombis disfrazados, no hay niños por lo cuales escudar un culo, no hay pretextos para seguir siendo un pusilánime que se esconde entre las coladeras. Éste es un domingo en que el sol está a mi favor. Pronto descubrirá las llantas de su Harley pinchadas, creerá que se trata de una mala jugada del absurdo destino, pero el destino lo ha abandonado hace tiempo, puedo oler su miedo caminar frente a mí. Esta vez no hay a donde correr.
─¡Hey, Gusano! Te estoy hablando a ti, enano de mierda. ─Dije mientras el cañón apuntaba inconcuso a su frente.

